15 de marzo de 2014     Número 78

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

Chiapas

Aprendiendo la autonomía
desde las mujeres indígenas


ILUSTRACIÓN: Mujeres grabando resistencias

Francesca Gargallo

“Compañeeera”, la dulce dicción del tzeltal, que arrastra ligeramente las e, suena puntual a las 5:00 de la mañana. Mi guardiana, Elisa, con el bebé ya fajado en el rebozo, me despierta. Primera lección zapatista: la puntualidad no es una obsesión capitalista tendiente al control. Más bien no es sólo eso, en comunidad es también una buena costumbre que ayuda a la organización para hacer cosas en común.

Nuestras familias y nuestras guardianas son nuestras maestras de autonomía en este cuarto ciclo del primer grado de la Escuelita Zapatista al que fui invitada. A los alumnos hombres también les han tocado guardianes. En la organización zapatista el estricto respeto del 50 por ciento de participación de compañeros y compañeras se extiende a todas las funciones políticas, incluidas la educación y la salud, para incidir desde el ámbito público en la transformación de los roles de género, que parecen intocados en la vida familiar.

El primer grado de la Escuelita Zapatista se estableció a los diez años de la organización de los Caracoles y sus Juntas de Buen Gobierno, esto es a los 20 años de la aparición pública del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y a más de 30 de su conformación en la clandestinidad. Mujeres y hombres de base, muchas y muchos de ellos nacidos durante las tres décadas de formación y presencia del neo-zapatismo en Chiapas, se han preparado para referirnos sus conocimientos prácticos acerca de los temas principales de la organización civil del zapatismo: el gobierno autónomo, la participación que en éste tienen las mujeres y la resistencia.


FOTO: Natarén

Del dos al ocho de enero, maestras y maestros zapatistas, haciendo pan o mostrándonos la organización de su vida colectiva, desde la ganadería en tierras comunales hasta la pisca de café, el funcionamiento de las escuelas secundarias y los turnos en la atención de salud, nos han explicado en los tiempos lentos de la vida diurna el trabajo de autonomía que el EZLN ha realizado en sus comunidades desde hace dos décadas. No se bebe alcohol en los territorios autónomos y la drogadicción está prohibida. No obstante, nadie vive estos límites como restricciones, sino como prácticas para evitar la violencia, en particular la doméstica, que no es considerada un problema privado sino de la colectividad. En cuanto a la sexualidad, en teoría no hay discriminación, en la práctica sólo nos encontramos con familias heterosexuales, organizadas en función de roles de género tradicionales.

Cuatro libros, llamados Cuadernos de texto de primer gradodel curso de “La libertad según [email protected] zapatistas”, fueron nuestra lectura indispensable, a realizar durante los días de aprendizaje: Gobierno autónomo I y II, Participación de las mujeres en el gobierno autónomo y Resistencia autónoma. En ellos aprendimos qué es el mal gobierno, qué son las autoridades que se autonombran para enfrentar las necesidades que toda comunidad tiene, qué es la resistencia, qué es la voluntad política de una práctica de superación de la marginación de y por género.

Debido a la decisión política de las Juntas de Buen Gobierno, los cambios en la participación política de las mujeres tzeltales, tsotsiles y tojolabales son evidentes, pero no así los cambios en las obligaciones laborales y afectivas ligadas a los roles de género en el ámbito de la economía y las querencias domésticas. Aún hoy las mujeres son las primeras en levantarse y las últimas en acostarse en cada casa de sus comunidades, debido a su responsabilidad con la alimentación del grupo y la cantidad de tareas no socialmente reconocidas que realizan. Las tareas que implican convivencia nunca son mixtas, sino siempre separadas (aunque equivalentes) entre grupos de mujeres y grupos de hombres (por ejemplo, en la atención de las clínicas los turnos son de 15 días por dos hombres y 15 días por dos mujeres, sucesivamente), como si la enseñanza de la heterosexualidad y sus normas implicara una total falta de dudas acerca de la “natural” atracción entre mujeres y hombres.


FOTO: Vientos de abajo

Paralelamente, el gobierno autónomo sólo asume que las mujeres trabajan cuando tienen una actividad económicamente equivalente a la de los hombres en los trabajos colectivos, como la cría de pollos que corresponde a las faenas masculinas en la ganadería. El trabajo propiamente femenino de subsistencia colectiva, que tiene que ver con la afectividad, el cuidado y la presencia, aun entre las y los zapatistas no está totalmente entendido en su importancia. Por supuesto, y de ello como feminista estoy convencida, eso tiene que ver con la diferencia que hay entre participar de una comunidad y construir la propia autonomía de mujer dentro de un colectivo mixto de mujeres y hombres.

La participación de las mujeres zapatistas en la construcción de su gobierno y economía autónomas alimenta las esperanzas de muchas organizaciones de mujeres de comunidades autónomas de Abya Yala. De hecho, aunque las zapatistas no son feministas, algunos colectivos de mujeres que acompañan como mujeres los procesos de defensa del territorio y de la ley propia de su comunidad, toman la experiencia zapatista, como antes tomaron la del Quintin Lame, como ejemplo. La reducción de la violencia intrafamiliar contra las mujeres que participan de las tareas comunitarias es notoria y representa una meta a alcanzar para muchas mujeres de nacionalidades muy distintas. Las mujeres comunitarias que sí se reivindican feministas, sin embargo, analizan las prácticas de las mujeres zapatistas como un compromiso que no les termina de convencer como ejemplo de liberación. Sobre todo les preocupa que no cuestionen el patriarcado de su cultura y expresión social y religiosa ancestral, no pudiendo por lo tanto destejer las redes que se han extendido desde el entronque entre los patriarcados originales y el patriarcado colonialista católico. Igualmente critican que las zapatistas no vean la estructura hetero normativa de todo patriarcado y persistan en reproducir la familia como núcleo de producción social para la comunidad.


Chiapas

Lecciones de la escuelita zapatista
para la emancipación de las mujeres

Mariana Favela Red de Feminismos Descoloniales

Ella jugaba con unas ramitas mientras yo miraba sus manos y escuchaba las palabras que escapaban de sus ojos. “El hombre es como el gobierno, las mujeres tenemos dos gobiernos”, dijo. Ahora tiene casi 60 años y durante más de la mitad de su vida ha formado parte de “la organización”, como se refiere al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Entró cuando a su esposo se le acabaron las excusas para llegar tarde a casa. No era sólo que llegara tarde –me confesó-, había dejado de beber y también de pegarle. Ella prometió no decir una palabra y él accedió a contarle qué hacía en la montaña. “Así es la lucha”, me dijo, “se te clava en el corazón, sabes que es tuya cuando la sientes”. Desde entonces, además de ser pareja se hicieron cómplices.

Por la radio supo que el EZLN había logrado tomar Ocosingo y San Cristóbal, pero fue difícil festejar porque había muchos muertos y heridos. Pasaron varios días hasta que le avisaron que su esposo estaba a salvo. “Los priistas corrieron a la montaña, pensaron que éramos como ellos”, me dijo mientras disimulaba una sonrisa, “pensaron que los íbamos a matar”. Muchas mujeres participaron en los combates pero otras, como ella, se encargaron de resguardar sus comunidades. En la huída, los priistas, dejaron casas y terrenos vacíos. Las mujeres decidieron usar una de las casas abandonadas para construir un horno y hacer pan. No quisieron pedir ayuda a los hombres que por entonces estaban ocupados resistiendo al ejército. Aunque nunca lo habían hecho, construyeron el horno y con la venta del pan juntaron un poco de dinero para comprar unos pollos. De la venta del huevo sacaron suficiente para un becerrito y así, con mucho trabajo y paciencia, armaron una cooperativa de mujeres.

Un día los militares entraron a la comunidad. Era 1995 y Zedillo había ordenado la ocupación del territorio zapatista y la captura de los mandos del EZLN. Detuvieron a su esposo y a uno de sus hijos. Logró arrebatarles al niño de seis años pero se llevaron a su pareja. La comunidad entera tuvo que resguardarse en la montaña durante meses, sin agua y sin comida. Cargaron lo que pudieron: cobijas que se mojaron en el camino y algunos trastes para cocinar. Ella decidió quedarse. Convenció a su suegro de acompañarla al cuartel donde los militares le aseguraron que su esposo volvería pronto. Esperó durante 15 días hasta que escuchó un consejo: “Compañera, súbete a la montaña, si te quedas aquí, los militares te van a violar”. Subió sola, aunque sus ojos lloraban más que las lluvias torrenciales que caen por esas tierras. Meses después él la alcanzó. Llegó sangrando, lo habían torturado; metieron una y otra vez su cabeza en el río preguntándole dónde estaba el Sub. “No contó nada”, me dijo con orgullo.


FOTO: Federico Zuvire Cruz

Unos años después decidieron moverse a las tierras recuperadas. Ahí, una “sociedad civil” les regaló una máquina de coser y las mujeres empezaron a hacer vestidos. En la finca en que nació no se usaban trajes tradicionales pero era lo que más se vendía en la Ciudad de México, así es que aprendieron a hacerlos. Dejó la cooperativa de costura cuando le asignaron un cargo y se convirtió en agenta de su zona. Fue agenta antes que su esposo y eso trajo celos y discusiones, hasta que un día, los hijos llamaron al padre y le dijeron: “Tú eres un viejo zapatista y tienes que entender que es su responsabilidad”. Durante un buen tiempo ambos ocuparon cargo en el municipio autónomo, pero no pudieron mantener los gastos de transporte y ella tuvo que dejarlo para que él pudiera seguir yendo. Se le mojan los ojos cuando lo cuenta.

En 1997 llegó a la Ciudad de México con la Marcha de los Mil 111. Se ríe mientras cuenta cómo antes de salir algunos hombres tuvieron miedo y prefirieron quedarse. Ella tuvo que dejar a una de sus hijas con menos de un año y al volver, la bebé que antes de partir amamantaba, rechazó su pecho. Hoy esa niña es promotora de agroecología. En tan sólo dos generaciones el zapatismo ha logrado lo que el feminismo –ese que se enuncia en singular- no logró en dos siglos: entender que la revolución de las mujeres, o es de hombres y de mujeres, o no es revolución.

¿Escucharon? Quienes se llenan la boca de emancipación cuando están frente al micrófono y las plumas pero lo olvidan en la cama y en las asambleas. Quienes participan en pláticas sobre zapatismo donde sólo los hombres tienen la palabra pero se inflan la lengua con expresiones como “micro machismos”. ¿Escucharon? Quienes se dan golpes de pecho por “la lucha” pero terminando “las clases” celebran con un brindis por los penes y ridiculizan a los feminismos. El hombre que no escucha es como el gobierno, y la izquierda tiene dos gobiernos. En la escuelita aprendimos que el camino es largo y requiere mucho trabajo, pero sobre todo, que empieza sólo a partir de que aceptamos que es posible y necesario tumbar al gobierno que traemos dentro.

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