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Ver día anteriorMartes 11 de marzo de 2014Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El crimen del cácaro Gumaro: un homenaje al cine
D

ebe haber sido a principios de 1986 cuando Andrés Bustamante se subió al escenario de El Hijo del Cuervo, en Coyoacán, para suplir a su hermana en una función de acompañamiento en el espectáculo de Alejandro Aura. Desde aquel día, luego de vencer su renuencia inicial a enfrentarse al público, no se ha bajado de los proscenios; para nuestra fortuna.

El jueves pasado, 6 de marzo, Andrés y los realizadores ofrecieron a los amigos y la prensa el estreno de una obra fílmica, la primera de Bustamante: El crimen del cácaro Gumaro. Es sin duda un episodio fundamental en la trayectoria del Güiri-Güiri, porque se demuestra en su realización una profunda comprensión de la mecánica cinematográfica, de los gustos del público, de la historia de la comedia, de la fantasía en el imaginario nacional y de su enorme capacidad de integrar e integrarse con un gran equipo.

Confieso que soy muy lábil ante el humor de Andrés; recuerdo cuando Carlos Payán me decía que en cuanto salía a escena su amigo Héctor Suárez, empezaba a reírse, aunque no hubiera dicho nada todavía. No es tanta mi incondicionalidad hacia Bustamante, pero casi. Nada más que esta película me reveló a un Andrés nuevo, sorprendente, en una dimensión en la que no había incursionado y que demostró dominar en todas sus coordenadas.

Mi primera visión de Bustamante fue en un programa producido para Imevisión por Alejandro Aura, que se llamó Entre amigos. Recuerdo las entrevistas que Andrés hacía a la gente por la calle preguntando sobre el partido entre Checoslovaquia y Hungría que se había celebrado, según el entrevistador, en el recién acaecido mundial del fut en México, y la indefectible respuesta afirmativa de la gente quien decía haber visto el encuentro no acontecido y hasta cómo se había movido el portero al cobrarse un injusto penalti. Y recuerdo haberme reído hasta la incontinencia porque Aura entrevistaba a José Luis Cuevas, quien aparecía en un recuadro de la pantalla al mismo tiempo que Andrés requería a la gente de la calle para ver si conocían al pintor; éste era confundido en la mayoría de los casos con el boxeador Pipino Cuevas, lo que le provocaba contracciones musculares en el rostro del que por aquellos años, corría la voz, se fotografiaba cada día.

Vi de cerca a Bustamante en las Olimpiadas de Barcelona, en 1992, comprobando que la gente de todos lados tiene idéntica compulsión por contestar a la cámara, aunque no entienda de qué va la cosa; turistas y catalanes respondían al reportero Frustrado Alcántara que estaban de acuerdo en que las Olimpiadas del año 2000 se celebraran en Tejupilco, y aprobaban el emblema de un guajolote que había dibujado Trino y se llamaba Guajobi 2000. “Ostia, cómo no, Tegu… Tejupolco, tiene unas istalaciones maníficas”, llegó a responderle un súbdito de Juan Carlos I. Desde ese momento, fue indispensable seguir al Güiri-Güiri en Olimpiadas y mundiales del futbol, aunque saliera con José Ramón Fernández.

La serie de entrevistas que hizo a notables comediantes mexicanos para su interrumpido canal del tele Ponchivisión, son insuperables: Las de Piporro y Beto el Boticario me parecen las mejores. Sin embargo, la charla que hizo con el subcomandante Marcos en el poblado de La Realidad, en enero de 2001, es mi preferida. Carmen Aristegui y Javier Solórzano habían convenido una entrevista con el mediático dirigente, y tuvieron el acierto de invitar a Bustamante, y lo hicieron también a quien estas líneas escribe. Pero Marcos no sabía que llegaría alguien más que quienes le pidieron el encuentro. Nos hizo esperar 18 horas en la barraca de las reuniones comunitarias, y luego confesó a Solórzano que estaba temeroso de que Bustamante le hiciera proyectar una imagen diferente a la que él deseaba. Javier tranquilizó al entrevistado y se hizo la sesión. Por supuesto, el producto de la entrevista del hombre de la camisa floreada y chimuelo, obnubiló a los demás. Conocí entonces a un Andrés en una de sus más significativas demostraciones de inteligencia y agilidad mental.

Tengo la sensación de que Bustamante está por abrir una nueva etapa de su vida; lo imagino. Su conocimiento de la historia del cinematógrafo mundial y nacional, su sensibilidad ante lo que el público le demanda y su capacidad productiva e histriónica no dejan lugar a dudas.

Uno se engancha a la película irremediablemente, no hay tiempo para la distracción. La risa se mezcla con el deleite de la crítica social que allí se lleva a cabo, del finísimo y hasta imperceptible, para muchos, albur de los guionistas. Según se aprecia en el filme, la intención es hacer farsa, parodia del cine y de la vida misma, comedia, sobre todo comedia. Hilvanan y entrelazan el romance, la acción, la ciencia ficción y el terror; de repente recuerda a una película japonesa de los 80, o a La nave de los monstruos, del Piporro y las hermanitas Velázquez. Hay un juego con las estampas de Cinema Paradiso instalado en el pueblo de Güépez, malabareando con el nombre de aquel cine localizado en la esquina de Periférico y San Jerónimo.

El productor es Daniel Birman, quien en 2009 propuso a Bustamante hacer una película. Este aceptó y propuso al incombustible creador Armando Vega Gil acompañarlo en esta aventura para construir el argumento final. Emilio Portes se incorporó ya para dirigir la película; todo el proyecto ocupó cinco años de sus vidas. Lo primero que hicieron el director y el productor fue convencer a Bustamante de que hiciera uno de los papeles centrales, Kuino, que es el malo de la película. Un gran equipo, en número y calidad, se aventó el riesgo de realizar esta obra, con efectos especiales sorprendentes, que a decir de sus participantes es, en primer lugar, un homenaje al cine mismo, una creación sin concesiones, una parodia del la filmografía y de cada uno de los participantes.

Destacan las actuaciones de Ana de la Reguera, que a su muy destacada figura agrega un talento que no se le había visto antes; Alejandro Calva, el niño Óscar Iván González, Jesús Ochoa –brillante como siempre–, Carlos Corona y el polivoz, Eduardo Manzano, que está tan genial en esta película como en su papel de Gordolfo Gelatino.

Las pasitas, las chispas de chocolate del filme lo constituyen sin duda las entradas de personajes en papeles que, de alguna manera, son parodias de sí mismos; ahí están Jorge Rivero, Carmen Salinas, Chabelo, María Rojo, Kate del Castillo y hasta Jis y Trino.

Yo quisiera seguir haciendo cine, dice Andrés Bustamante como remate a la nueva presentación de la película –making of– que se hará la semana entrante. Y como el Güiri es muy picado, seguro que lo veremos de nuevo en la grande.