Opinión
Ver día anteriorSábado 18 de enero de 2014Ver día siguienteEdiciones anteriores
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¡El horror!
E

l mexicano Édgar Tamayo Ríos, acusado de un robo menor, asesinó al policía que lo detuvo en el estado de Texas. Sentenciado ese mismo año a la pena capital, será ejecutado el próximo 22 de enero. La Suprema Corte de estadios Unidos se ha negado a revisar el caso pese a que se encuentra amparado por un fallo de la Corte Internacional de Justicia. Édgar tenía derecho a recibir ayuda consular al ser detenido, mas nunca fue informado de ese derecho. Amnistía Internacional entregó a la justicia del estado de Texas más de 17mil firmas para exigir que se suspenda la ejecución: una grave violación a los derechos humanos (La Jornada 18-I-14). Después de 10 años de tortura mental esperando la muerte, la ejecución no sé si será un descanso. ¿Por qué matar gente? ¿Para mostrar que es destructivo matar gente? ¿Por qué hablar de la violencia en vez de la problemática del ser humano?

Tragedia humana que nos sacude y nos incita a pensar en la muerte. Violencia engendra violencia, la ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente. Pero, ¿Qué es en realidad lo que orilla a un ser humano a ejercer la máxima violencia sobre un semejante? ¿Cuál sería la diferencia entre la muerte por homicidio y la muerte decretada por una ley? ¿Qué historia previa coloca a un individuo en el lugar del homicida y a otro en el de víctima? ¿A qué nos mueve la muerte de un semejante? ¿Qué sabemos de la muerte?

Para Safranski El mal (ed. Tusquets, 2000, p. 215), “la teoría del instinto de muerte, en Freud cifra el comienzo de la fatalidad en el instante en que la piedra es perturbada en su quietud la transición de la vida inorgánica a la órganica no hubiera debido suceder nunca. Se trata de una especie de excrecencia que no podía tener buen fin, especialmente porque esta vida adquiere en el hombre conciencia de sí y por ello sabe de su muerte. Según Freud, el hombre, en definitiva, sólo puede elaborar este saber o bien apartando la muerte de sí –matando vida ajena– o bien dirigiendo las fuerzas destructivas contra sí mismo. El hombre es una especie de curso erróneo de la evolución.

En Freud está rota la fe en el éxito necesario de la historia humana. La consternación por los horrores del siglo lo impulsó a veces, más bien, al otro extremo, hasta el punto de no conceder ninguna oportunidad al carácter abierto de la historia, es decir, a la libertad humana, que puede decirse tanto por el bien como por el mal. Las fuerzas destructivas de la naturaleza humana se presentan demasiado poderosas.

Convendría aquí reflexionar con Levinas el asunto de la muerte. La muerte es la separación irremediable, es descomposición, es la no respuesta, concretar la ausencia. La experiencia de una muerte que no es la mía se relaciona conmigo en forma de alguien. La muerte de alguien no es, a pesar de lo que parezca a primera vista, una factualidad empírica; no se agota allí, me toca, me traspasa, me trasciende, me inquieta, no puede serme ajena.

La muerte del otro que muere me afecta en mi propia identidad como responsable, identidad no sustancial, no simple coherencia de los diversos actos de identificación, sino formada por la responsabilidad inefable. El hecho de que me vea afectado por la muerte del otro constituye mi relación con su muerte. Constituye, en mi relación, en mi diferencia hacia alguien que ya no responde, mi culpabilidad: una culpabilidad de superviviente.

Quizá la muerte ejecutada o decretada se remita, en alguna forma, a ese doble juicio fundante freudiano en la simultaneidad de la atribución y la inexistencia, en un juego especular enloquecido entre víctima y victimario, entre el reo y la ley, entre la omnipotencia y el desamparo original, entre la alucinación y la realidad, en la búsqueda incesante de alcanzar aquello originario que se perdió, en ese velado juego de desplazamientos de ese objeto primigenio hacia los subrogados en la realidad exterior, aciago y trágico devenir de la existencia en la que transitamos como seres marcados por la contradicción en un escenario de doble fondo, siempre a cuestas con lo fantasmal deslizándolos por los márgenes, en la inquietud de ser y no ser.

Infligir la muerte al semejante es matarnos en aquel que nos devolvió algo (o nada) en la mirada. Finalmente, la única certeza pareciera ser que la muerte nos ronda y se esconde donde no tiene dónde.