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Las nuevas respuestas
E

l 1º de enero de 2014 no fue día de comunicado de los subcomandantes o de celebración en San Cristóbal. Las gozosas celebraciones tuvieron lugar en los cinco caracoles. ¿No era esto lo que debíamos esperar? ¿No nos han estado diciendo los zapatistas, de mil maneras distintas, que los tiempos de un vocero han quedado atrás? ¿Qué ahora hablan claro y fuerte las propias comunidades, los hombres y mujeres ordinarios que son el zapatismo y lo hacen a su manera? ¿Qué ya es tiempo de que sepamos leer esos mensajes?

La campaña que a lo largo de estos 20 años acosa y difama a los zapatistas no logra ocultar la evidencia que cuantos fueron invitados a la escuelita constataron con asombro: en el pedazo de país bajo control zapatista se ejercen a plenitud la libertad y la autonomía y han cambiado sustancialmente las condiciones materiales de vida. El hambre, la muerte cotidiana por enfermedades curables, la opresión insultante y la violencia continua, todo lo que caracterizaba la forma de vivir que padecían hace 20 años quienes se alzaron, ha sido sustituido por otra manera de vivir, en que la única violencia que persiste es la que llega de afuera.

El alzamiento tuvo lugar el día que entró en vigencia el Tratado de Libre Comercio de América el Norte (TLCAN). Lo precipitó la reforma constitucional de 1992, que definió el signo de las políticas y actitudes que acompañarían al tratado. Los zapatistas nos advirtieron con claridad sobre lo que significaban. Era preciso reaccionar ante la amenaza y ellos reaccionaron. Hemos padecido todas las consecuencias sobre las que nos advirtieron. No basta identificar a los culpables del criminal desmantelamiento del país, de su entrega a intereses trasnacionales, de la violencia, injusticia e impunidad que hoy caracterizan nuestra realidad. Pesa sobre nuestros hombros la responsabilidad de lo ocurrido, porque no hicimos lo que nos tocaba.

Junto a la intensificación de la campaña antizapatista ha surgido un par de señas gubernamentales que indicarían la existencia, allá adentro, de una corriente que impulsa actitudes más sensatas ante el zapatismo y los pueblos indígenas. No debemos despreciarlas, aunque sea todavía incierto que esa corriente tenga pleno éxito.

En todo caso, aquellas señas y la campaña antizapatista coinciden en una forma de incomprensión, al concentrarse solamente en la cuestión indígena. Es cierto que los zapatistas la pusieron en el primer plano de la agenda política nacional y que la mayor parte de ellos son indígenas. Pero advirtieron desde el primer momento que no eran un movimiento indígena. Su iniciativa tiene otro alcance. Las demandas indígenas, tal como parece verlas el zapatismo, sólo pueden satisfacerse en una forma de sociedad en que tanto indígenas como no indígenas gocen de justicia, emancipación y libertad. Por la naturaleza del problema, bien identificada por los zapatistas, los cambios que hacen falta son de alcance nacional e internacional y en ellos los pueblos indios se encuentran en el principal frente de batalla, aquí y en casi todas partes.

Hace 15 días, cuando exploré en este espacio Las nuevas preguntas, señalé que abrir hoy los ojos exige formas de coraje e imaginación que sólo abundan entre quienes fincan sólidamente los pies en el suelo social y ahí, desde abajo, se dejan inspirar por los millones que se han puesto en movimiento.

Una buena forma de apreciar el impacto mundial del zapatismo de hoy es una nota que viene de Argentina. Norma Giarraca y Diana Itzú nos recordaron lo que oímos cuando se fundaron los caracoles: Los zapatistas imaginan cosas antes de que esas cosas estén y piensan que, nombrándolas, esas cosas empiezan a tener vida, a caminar... y sí, a dar problemas. Y agregaron: “De eso se trata en estos 20 años de zapatismo, del pasaje del ‘todavía no’ a la creatividad humana presente en ese espacio que muchos aún denominamos ‘política emancipatoria’”.

Los zapatistas imaginaron y nombraron cosas que hicieron realidad y ahora muestran a los miles de estudiantes de la escuelita. Aprender qué es la libertad según los zapatistas crea muchos problemas, muy serios problemas. Revela nuestra prisión y la forma de salir de ella. Al mostrarnos que es posible dar respuesta eficaz a las dificultades actuales, en contra y más allá del sistema dominante, nos desafía a encontrar nuestras propias respuestas y además a articularlas.

Escuchar, como nos exigieron los zapatistas el 21 de diciembre de 2012, no es algo que pueda hacerse a la ligera. Supone atreverse a concebir y realizar esas nuevas respuestas, cruzando con decisión la puerta a la esperanza que nos han abierto los zapatistas.