Opinión
Ver día anteriorMartes 19 de noviembre de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Pulso acelerado
Q

uienes nos hemos pronunciado en diferentes ocasiones como observadores y afectos a las disciplinas plásticas tradicionales, sea pintura que dibujo, grabado etcétera, también observamos con interés los productos llamémosles indisciplinarios, transdisciplinarios o conceptuales propios de otros medios que ahora ocupan aquel lugar preponderante que en tiempos anteriores correspondía mayoritariamente a la pintura.

La exposición Pulso alterado: intensidades que se exhibe en el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) ofrece un buen elenco de obras, varias adquiridas para el acervo, otras donadas y unas más en custodia que permiten al espectador no experto darse una idea de las actuales venues del arte que llamamos contemporáneo y que al corresponder a tal denominación, desde mi punto de vista debería incluir algunas obras tradicionales que permitieran establecer referencias, sobre todo teniendo en cuenta que es el diseño, sea ideológico, sociologizante, político o simplemente estético el que a partir de una idea permite relizaciones convincentes, sean autorales o delegadas.

No pretendo hacer una reseña de la muestra, que he visitado en dos ocasiones. En ambas comprobé que el público convoca a personas extremadamente jóvenes que la disfrutan de manera muy peculiar y que incluso explican ciertas analogías, como el poder de una escopeta para producir desastres en el cemento, por ejemplo, no digamos en una cabeza.

Entre las obras destacables está muy en primer término la que da ingreso a la muestra: tres esculturas inflables, neumáticas del artista César Martínez (1962), quien ha colaborado en Banff Center of the Arts en Canadá y que por medio de sus volúmenes neumáticos prolonga su metáfora de una conciencia colectiva sobre la asfixia, según recuperó una nota de tiempo pasado publicada en respetado diario madrileño.

Mi percepción al observar estas impresionantes piezas, que no pueden en sentido estricto denominarse esculturas, fue proyectiva, supuse que la que guarda postura erecta –en pose y expresión algo similar a una muy retratada momia de Guanajuato, que pudo o no haberla inspirado– estaba sufriendo un infarto, la que yace en el pavimento lucha contra la asfixia y sólo el producto a término (no es por tanto un feto) con su cordón umbilical (trauma del nacimiento según Rank) se sale del contexto de lo que yo tomé como ataque al miocardio. La ficha adjunta acentúa la metáfora sociológica, atendiendo entre otras razones a que César Martínez es artista y doctor en ciencias sociales por la universidad Autónoma Metropolitana. Usa su título.

La muestra insiste en cuestiones sexuales e incluso hay un rótulo que advierte que idealmente los menores deben encontrarse acompañados por un adulto, pero en realidad no parecen necesitarlo.

Cerca de las esculturas de César hay una pieza llamémosle tradicional de Nahum B. Zenil y avanzando el recorrido está su discutido homenaje a Enrique Guzmán, Oh Santa bandera, en el que el astabandera se encuentra clavada en su propio orificio trasero. Eso no detracta el ícono, porque el escudo de la bandera es el mismo que le adjudicó Guzmán y no el escudo nacional, lo digo porque algunos espectadores se sorprendían de su exhibición, aunque sólo por segundos, ya que el enorme coche alterado, creo que marca Buick (no puedo aseverarlo) es en esa zona lo que más llama la atención.

Buen performance, muy culterano, el de Guillermo Santamarina que tuvo lugar en el mismo recinto y ante el público asistente. Fue grabado así que puede aquilatarse. El tema culterano remite al Discóbolo de las Olimpiadas y concretamente al Discóbolo de Mirón, cuyas copias romanas han sido altamente difundidas.

Santamarina lanzó no un disco, sino decenas de discos de acetato contra la mampara, todos se hicieron pedazos, pero algunos fragmentos fueron cuidadosamente insertados en las ranuras provocadas por el lanzamiento y junto con los restos de los que quedaron en el piso, arman una instalación acompañada del video de la acción, que incluye los ejercicios calisténicos del tirador de disco, resulta acción bien urdida y cómica, habida cuenta de que la destrucción de los acetatos de 75 y 45 revoluciones por minuto –no hay de 33– corresponden a marcas de la distribuidora Perlees, pero no son grabaciones de obras sacralizadas ni por sus autores ni por sus intérpretes, hasta donde me percaté con la generosa ayuda de un vigilante que me permitió realizar tal constatación. De modo que Santamarina no estrelló a Bach, César Frank, Pavarotti, Bob Dylan o Cage.

Hay varias obras que merecerían comentario desglosado como los Apolos urbanos de Armando Cristeto o las esculturas de Rachel Lachowikz que no están confeccionadas con productos analgésicos, sino con yeso, representando de modo por demás efectivo las distorsiones faciales que provoca el dolor físico.

Igual destaco la pintura de Daniel Lezama, que desde mi punto de vista (aunque no queda aclarado en la ficha) rememora a Agnes Edwards, esposa del pintor Daniel Thomas Egerton (1800-1842), asesinados ambos en Tacubaya.