Opinión
Ver día anteriorMartes 8 de octubre de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
¿Genocidio en México?
E

l término genocidio, adoptado por la ONU en 1948 para efectos jurídicos, significa, según el diccionario: Exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad; aunque se ha abusado del término, muchas veces con afanes políticos, para los analistas más serios el término implica la voluntad (llevada a la práctica) de eliminar a una colectividad humana.

Por ello se discute si puede aplicarse a la conquista española, pues si bien parece difícil encontrar una voluntad explícita de exterminio, sí existe la voluntad de destruir la identidad cultural (religiosa) de las naciones indígenas. En realidad, el genocidio, como voluntad de exterminio del diferente, está ligado íntimamente al concepto científico de raza originado en el siglo XIX. Las masacres y exterminios anteriores responden a otras pulsiones y merecen otros nombres.

Una serie de argumentos con pretensiones científicas –cientificidad refutada sistemáticamente por la antropología de la segunda mitad del siglo XX– fundaba la superioridad de los blancos en argumentos biologicistas, organicistas y evolucionistas, y hablaba de la división de la humanidad en razas, y de razas puras y razas superiores. En El asalto a la razón, G. Lukács fundamentó la construcción ideológica del concepto científico de raza y su uso por los imperialismos europeos decimonónicos y cómo de ahí sólo había un paso a la justificación científica del exterminio de gitanos y judíos, y la sumisión de los eslavos subhumanos por parte de los nazis.

Simultáneo al ejercicio imperialista de esos conceptos raciales y organicistas fue, en México, el porfiriato, que convirtió las guerras endémicas contra apaches, yaquis y mayas en guerras de exterminio fundadas en el mismo tipo de argumentos científicos con los que el imperialismo británico justificaba las atrocidades que perpetraba en África ecuatorial o del sur; el francés en Argelia o la corona belga en el Congo (los mismos argumentos de las leyes de segregación vigentes en Estados Unidos hasta bien entrado el siglo XX, segregación que aún se practica). En ese aspecto, como en otros, el porfirista fue un régimen cipayo al servicio de los intereses económicos de las grandes potencias, cuyo lenguaje repetía.

En el porfiriato se hablaba abiertamente de civilizar o exterminar a apaches, comanches, yaquis y mayas. Ese genocidio, oculto bajo otras palabras, está siendo develado por los trabajos de autores como Martha Rodríguez, Víctor Orozco, Victoria Reifler, Cuauhtémoc Velasco y muy recientemente para el caso yaqui, Paco Ignacio Taibo II, quien devela el genocidio y su justificación científica.

Ese discurso pretendidamente científico fue absorbido por importantes sectores de las clases medias y populares y persiste hasta nuestros días: en México lo vemos presente en la actitud de muchos sectores frente al EZLN, disfrazado de clasismo frente a la disidencia magisterial, en los brotes de antisemitismo que hemos venido denunciando. Regresando a la historia, la difusión del racismo permitió otros dos genocidios: consustanciales al carácter del régimen porfirista son las campañas de exterminio contra zapatistas entre 1911 y 1914; campañas que continuaron por mano de los carrancistas, como ha mostrado Francisco Pineda, quien no duda en llamar genocidas a estas campañas y ha desenmascarado su lenguaje cientificista en Ejército Libertador: 1915.

Fueron revolucionarios de extracción popular quienes exterminaron a los chinos de Torreón, en mayo de 1911. Juan Puig ha explicado la matanza por la transpolación de los agravios de los sectores más humildes en un grupo vulnerable y fácilmente. A los chinos de Torreón los mató el pueblo, los asesinos fueron los humildes, los olvidados. Sus iras se volcaron contra los chinos, tan distintos aparentemente. No se castigó a nadie: fue una Fuenteovejuna que mató al igual y perdonó al tirano ( Entre el río Perla y el río Nazas, pp. 311 y 312).

No se castigó a nadie: Ramón Corral y los artífices del genocidio yaqui murieron en sus camas, y, como los genocidas de apaches Bernardo Reyes y Luis Terrazas, eran consentidos de Porfirio Díaz. Y si se castigó a Victoriano Huerta no fue por su participación en el genocidio de mayas y zapatistas. Genocidios o matanzas posteriores quedan en la misma impunidad: Díaz Ordaz murió en cama, y quien era secretario de Gobernación cuando las matanzas de Acteal y Aguas Blancas es ahora secretario de Educación Pública y se le insta (y parece que por sus ganas no queda) a repetir semejantes acciones contra los maestros disidentes a quienes el régimen jamás escuchó, como sus predecesores jamás escucharon a apaches, yaquis, mayas ni chinos.

[email protected]

Twitter: @salme_villista