Opinión
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Autorretrato de un escritor
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Del Paso durante la lectura de su discurso, ayer en el homenaje que se le rindió en la colonia RomaFoto José Antonio López
H

ace más de 78 años, un día primero de abril de 1935, se me impuso venir a este mundo y vine a esta casa de Orizaba 150 en la colonia Roma de la ciudad de México. Casi todo nos es impuesto: la vida misma, el nombre que vamos a llevar toda la vida, la ciudad y el país, la religión, y lo mismo el idioma con el que nos vamos a entender con los demás. La única imposición que nunca me gustó fue la religiosa. Estoy contento con todo el resto de las imposiciones. Amé a mis padres, me gusta mi nombre, adoro el idioma en el cual me expreso, me gusta en particular la casa en que nací, aunque ya no viva mi abuelo, que era su dueño y hace tiempo que se vendió.

Mi abuelo materno fue José Morante Villarreal; él fue casi un autodidacta porque se vio obligado a abandonar la escuela desde el tercer año; fue líder ferrocarrilero y político que llegó a ser presidente de la cámara de senadores, presidente municipal de San Ángel, gobernador interino de Tamaulipas; siendo gobernador tuvo un accidente que lo incapacitó para seguir en su puesto y se retiró a la vida privada tras adquirir la casa donde nací.

En esta casa nacimos varias personas. Entre ellas mi prima Felisa, que está aquí presente con sus hijos y nieta, y muerto también varias, entre ellas mis dos abuelos. Pero lo que no ha muerto es el mayor recuerdo que tengo de los primeros años de mi infancia que pasé en Orizaba 150, y es por ello que hoy sábado 21 de septiembre de 2013, me emociona mucho que se cumpla el deseo de mi amiga Jacqueline, se coloque una placa en esta casa y también agradezco mucho su esfuerzo como presidenta del Movimiento Pro Dignificación de la Colonia Roma, que ha demostrado tanto empeño y buenos resultados en su afán de rescatar la memoria de aquellos que tuvimos el privilegio de venir al mundo en esta colonia. Estas palabras van dirigidas también a mi madre Irene, quien aferradas las manos a los barrotes de latón de la cabecera de la cama, me puso de patitas en el mundo con la ayuda del doctor La Torre –ambos hoy fallecidos–, quien a su vez se auxilió con un par de fórceps, porque yo no quería salir, quería quedarme con mi madre. Quiero recordar a ustedes que los fórceps tienen forma de langosta y que la langosta –Palinurus vulgaris– es el símbolo de Palinuro…

También el destino me impuso a todos mis parientes y amigos a quienes estoy muy agradecido por su presencia y por haber hecho de mí lo que soy: un escritor.