Opinión
Ver día anteriorSábado 31 de agosto de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Opciones estratégicas: madrugar o pactar
F

rente a las reformas que el país necesita opongo los acuerdos que el país necesita.

El Pacto por México, aun en sus debilidades y falencias, preludia lo que podría ser un nuevo régimen político. Es apenas un arreglo institucional temporal y frágil. Pero ha tenido la virtud de conmover el status quo. Ese régimen post autoritarismo tiene formas democráticas mezcladas con tics autoritarios. Pregona pluralismo poco antes de intentar un descontón. Ese nuevo estatus quo profundizó las prácticas patrimonialistas, desarticuló al Estado, generó la segmentación de las fuerzas sociales. Ese nuevo status quo no sabe tratar con movimientos de protesta: o reacciona como gallina sin cabeza aleteando por todo lados, o se expresa en clave histérica.

Sólo sabe negociar asumiendo la fórmula de aquel famoso diálogo de Martín Luis Guzmán: Al líder de los radicales Oliver que quería empujar al general Elizondo a la asonada le dice éste: madrugar sí licenciado, pero sin que corra uno el riesgo de que pronto lo acuesten. Hay que madrugar tomado en cuenta el reloj. Pero el líder radical ya entrado en la discusión le responde: Un punto me parece merecedor de los más amplios desarrollos, el de las reglas posibles en nuestras contiendas públicas. La regla es una sola: en México si no le madruga usted a su contrario, su contrario le madruga a usted.

La idea de madrugar está profundamente arraigada en las prácticas políticas tantos de las elites como de las dirigencias sociales particularmente las de corte corporativista. El Pacto por México podría encaminarse frente al madruguete por el rumbo de la deliberación pública. No lo hecho. Pero ahí está su potencial y su única forma de sobrevivencia.

Se enfrenta a tres obstáculos:

La prisa: La idea de las reformas estructurales implementadas de manera vertical y sin deliberación es una idea cuyo tiempo ya pasó. Funcionó defectuosamente en el tiempo autoritario. En el pluralismo algunos la añoran, pero es una ilusión. No va a funcionar. Las reformas democráticas tienen tres momentos: el ciclo legislativo con la reforma constitucional y su aprobación en el Congreso de la Unión y en las legislaturas estatales, para posteriormente revisar y aprobar la legislación secundaria; el ciclo de la comunicación política que busca informar, deliberar y construir apoyo social para las reformas; y el ciclo de la implementación de las reformas que requiere participación ciudadana. Son ciclos que se retroalimentan. En cambio los atajos son el veneno de las reformas. Producen cortocircuitos y dislocación social. Esta tentación es lo que Hirschman llamó el ansia por extraer conclusiones.

El éxito temprano. No hay nada peor que juzgar una estrategia que requiere actos repetitivos como un triunfo irreversible cuando se tienen éxitos tempranos. Ya pasó antes y ahora vuelve a ocurrir. No hay nada irreversible cuando se promulgan transformaciones que afectan intereses. Las reformas no son actos fundadores, sino procesos de deliberación y acuerdos. Por ello se necesitan desagregar para establecer con nitidez los propósitos y construir coaliciones en cada etapa.

La exclusión. Una profunda desigualdad se encuentra en la base de políticas públicas fallidas. Un sinnúmero de privilegios para unos cuantos impiden el imperio del estado de derecho. No podemos jugar a mayorías y minorías parlamentarias como si tuviéramos una democracia consolidada. El ámbito partidista expresa desafortunadamente sólo a una parte de la pluralidad social. La crisis del corporativismo, el estancamiento económico, la inseguridad pública han fragmentado al cuerpo social. Se requiere un proceso de reconstrucción del poder del Estado y también de reconstrucción social.

Estamos sin duda en una encrucijada: o avanzamos por el camino lento y fatigoso de la deliberación y el acuerdo, o se vuelven a imponer los reflejos autoritarios del sistema.

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