Opinión
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Reminicencias guerrerenses
E

n un potrero perteneciente al Colegio de Propaganda Fide de San Fernando, se creó alrededor de 1873 la colonia Bellavista y de San Fernando, que años más tarde habría de conocerse como la Guerrero. El terreno había formado parte del viejo barrio mexica de Cuepopan.

En 1524 se erigió el primer templo del rumbo dedicado a la Asunción de María Santísima. A finales del siglo edificaron junto a él un colegio para estudiantes indígenas. En 1677 la iglesia se rehízo y se le construyó una rotonda por lo que se le bautizó como Santa María la Rotonda, que derivó en Redonda.

Con ese apelativo se conoció durante varios siglos ese tramo del ahora llamado Eje Central Lázaro Cárdenas, perdiéndose así parte de la memoria histórica de esa importante vía, que en otros tramos se llamó San Juan de Letrán y en otro La Piedad; cada uno con su historia, que en otra ocasión recordaremos.

Muy cerca del templo, a la altura de la Plaza de Garibaldi, se edificó el panteón de Santa Paula, del cual hay varias crónicas e imágenes; una de éstas muestra una elegante y lujosa tumba rodeada de árboles. Fue establecido formalmente hacia 1784, aunque operaba desde 1779, año en el que la viruela diezmó a la población, particularmente a la de bajos recursos. El hospital de San Andrés, dueño del cementerio, dispuso un espacio especial en la orilla para los que morían de la epidemia y evitar en lo posible el contagio a través del aire, que pensaban que esparcía la enfermedad.

El sitio contaba con una bella capilla, consagrada al Salvador y 35 sepulcros para personas pudientes que por humildad quisieran ser enterradas ahí. No era un cementerio público, durante muchos años sólo fueron sepultados los pacientes del hospital de San Andrés. Uno de los benefactores más importantes del nosocomio, don Manuel Romero de Terreros, pidió ser sepultado en el lugar, rodeado de la gente a quien siempre buscó socorrer; entre otras obras pías, fundó el Monte de Piedad.

En 1836, ya en el México Independiente, fue declarado cementerio general y todas las personas que morían en la ciudad de México tenían que ser enterradas en él. Unos años más tarde surgieron otros panteones, pero Santa Paula se volvió el de moda. Entre quienes buscaron ocupar un sitio en ese lugar, aún adelantándose a su momento final, estuvo Antonio López de Santa Anna, quien dispuso que la pierna que había perdido en combate en 1838, fuese sepultada en Santa Paula en solemne ceremonia a la que acudió numeroso público; dos años más tarde el mismo pueblo profanó la tumba y arrastró la extremidad por toda la ciudad.

A mediados del siglo XIX el cementerio fue decayendo y en 1869 el gobierno capitalino ordenó su clausura. El crecimiento de la ciudad fue devorándolo, subsistiendo milagrosamente la linda capilla y su plazuela frontal, hasta que finalmente con la ampliación del Paseo de la Reforma, en 1963, la piqueta barrió con esos últimos vestigios.

Aunque como hemos comentado en alguna ocasión, aún se le recuerda en el templo del pozole guerrerense en la ciudad de México. El sitio es para iniciados, ya que se encuentra escondido en un edificio de la calle de Moctezuma 12, a unos pasos del Eje Central, casi enfrente de Garibaldi. Ahí la familia Álvarez Garduño prepara esa suculencia gastronómica desde hace tres generaciones, con el máximo rigor, descabezando grano por grano de maíz, lo que lo hace además de exquisito absolutamente digerible.

Los martes, jueves y sábado preparan además del pozole blanco, el verde, que es una joya gastronómica. Se acompaña con aguacate, chicharrón y ¡sardinas!, al estilo guerrerense; no se asuste, pruébelo y después me cuenta. De postre pida los huevos estrellados. Ahí pregúntenle a Jerónimo Álvarez por Santa Paula.