Opinión
Ver día anteriorSábado 3 de agosto de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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España a la deriva
N

o tienen perdón. Antes de comenzar los fuegos de artificio parlamentario del debate sobre financiación irregular del Partido Popular, recibí una noticia que deja a las claras como va España en general, la educación y la sanidad en particular. La Universidad Complutense de Madrid cerraba su editorial, despidiendo a toda su plantilla. Al mismo tiempo, en un correo electrónico de la Coordinadora antiprivatización de la Sanidad, me informaban que en los principales hospitales de Madrid, los médicos mayores de 65 años recibían una carta de jubilación obligatoria. Jefes de servicio de cardiología, neurología, siquiatría y cuantas especialidades piensen, quedaban al pairo, pasando a configurar las clases pasivas. Nadie reemplazaba sus saberes.

Muchas fueron las expectativas. Algunos esperaban con morbosidad ajena la comparecencia del presidente de gobierno Mariano Rajoy en el Parlamento. Todo parecía estar dispuesto para un enfrentamiento dialéctico entre los portavoces de los grupos parlamentarios, incluido el mixto, cajón de sastre donde cohabitan canarios, navarros, vascos, gallegos y aragoneses, cuyos representantes apenas pueden intervenir con un tiempo asignado menor a cinco minutos. Nadie quiso faltar a la cita. Cámaras de televisión, fotógrafos y prensa. Por cuestión de guión, sus señorías fueron desplazados al Senado. La Cámara de Diputados estaba clausurada por reformas. Además, se televisaba en directo. Pero al decir del portavoz de la derecha catalana, Josep Durán i Lleida, representante de CiU, ojalá los españoles estuviesen todos de vacaciones y no frente al televisor, evitándose el bochornoso espectáculo. La imagen proyectada fue de vergüenza.

Todo lo aborrecible que tiene un debate parlamentario, abucheos de las bancadas, aplausos de acólitos, llamadas al orden, insulto por los bajines, cortes de manga y mucho Twitter, se convirtieron en los verdaderos protagonistas. Nadie, y digo, nadie, estuvo a la altura de lo pedido. Rajoy, más allá de negar todo, mostrarse altanero, vacuo y sin argumentos, pasará a la historia como el primer presidente de gobierno que ignora lo que ocurre en su partido, en el consejo de ministros, en Europa y desde luego en España. Él, habla con Dios, Merkel, la Troika y sus asesores. Gracias a su partido, que lo defiende y vitorea, cual torero en el tercio de banderillas, se gusta, se crece, despreciando todo cuanto huela a crítica política. Repitió hasta el cansancio, no voy a renunciar ni a convocar elecciones anticipadas. Le falto agregar, como la diputada Fabra: jódanse.

Mariano Rajoy, con su discurso laudatorio, insultó a la ciudadanía, a los millones de personas que están en paro, a las familias que sufren los desahucios, a los jóvenes afectados por los recortes en educación, a los jubilados que son desatendidos en los centros de salud, a los investigadores que ven cancelar sus proyectos, a los profesionales que emigran y a los cientos de miles de personas que viven gracias a la caridad, albergues y los comedores comunitarios.

Sin embargo, para su señoría, España está en el buen camino. Las cifras y datos, dice, son alentadoras. Nadie tiene derecho a poner en duda su credibilidad, la de sus colaboradores y del equipo que le acompaña. No hay motivo alguno para sospechar de su honorabilidad ni de su honestidad. Su declaración de la renta está en la Web, subraya como acto de trasparencia. Pero olvida decir que su declaración se hace en función de los datos por él aportados. Nada dice de lo ocultado o evadido. Es del género tonto: ¡Para algo están los asesores fiscales! Hace demagogia populista y de paso escupe a la cara de los españoles.

En un discurso lleno de citas descontextualizadas, odas a su gobierno y persona, creyó desmantelar las acusaciones de corrupción, lavado de dinero negro, pago de comisiones, sobresueldos y financiación ilegal de su partido. En el momento preciso, con gesto estudiado, hizo una pausa, respiró profundo y de acuerdo con el guión, espetó: me equivoque, haciendo alusión a su relación de amistad y trabajo con el ex gerente del Partido Popular, Bárcenas. Y a cuentagotas fue desgranando: le creí a un delincuente, me engañó. Soy buena gente. Me fío de mis colaboradores. Sus palabras parecían un calco de las pronunciadas por Juan Carlos I, pillado in fraganti cazando elefantes en Botswana. Mientras la opinión pública le recriminaba pasar la crisis con su amante a costa del erario público, el rey salió al paso y dijo: Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir. El escándalo se cerraba con el perdón y sus cortesanos dando vítores al reconocer su metedura de pata. Borrón y cuenta nueva.

En el debate parlamentario, Rajoy hizo tres cuartas partes de lo mismo. Nada estaba en su sitio. Atrás quedaban las explicaciones sobre los sobresueldos. Y cuando abordó el tema, dijo, los hay, como en todos los sitios, pero no se paga con cuentas B. Negaba la mayor, el financiamiento ilegal, los 48 millones de euros del ex gerente y tesorero en bancos suizos y otros paraísos fiscales, el pago de comisiones de empresarios al Partido Popular a cambio de concesiones públicas. Lo demás fue irrelevante. El debate transcurrió entre chascarrillos, los SMS de Rajoy a Bárcenas y de Bárcenas a Rajoy. Y cuando alguien pretendía ir al fondo, o lo ignoraba o simplemente obviaba responder. Si se trataba de Rubalcaba, portavoz del PSOE, recurría a la sempiterna cantinela: ¡¡¡Y tú más!!!

La cosa quedó encorsetada en una pelea de gallos venidos a menos. Las acusaciones se repartían por igual. Sus señorías, sabedores que eran televisados, se dieron a buscar citas eruditas en la web para solícitos entregarlos a sus relatores. Todos competían trayendo a colación la mejor frase sobre corrupción, justicia, la mentira política, la independencia del Poder Judicial o los valores éticos. Sin lugar a dudas, los diputados manejan Wikipedia.

¿Y la ciudadanía?, ¡qué!, eso no existe. Importaba un comino satisfacer los interrogantes del soberano. Se trataba de salir al paso, antes de las vacaciones y tapar los entuertos. Seguro que los delitos prescriben y nadie resulta imputado. O puede ser que trasladen al juez y otra vez, vuelta a empezar. Así pasan los años y el asunto se olvida. Otros escándalos ocuparán su lugar. El colofón: los titulares de la prensa de la derecha proclamando el triunfo de Rajoy. ¿Pero sobre qué o sobre quién? No importa, gano y punto.

España perdió el rumbo hace años y la marca que le da crédito fue, como todo, un espejismo en medio del desierto. El epílogo, miles de estudiantes universitarios no podrán pagar la matrícula el curso entrante, por la subida de tasas. El ministro de Educación, apuntilló hace un mes, no se puede estudiar vocacionalmente. Pero no nos quejemos, tenemos a Messi, que defrauda, Neymar, Cristiano Ronaldo y una liga de futbol que da envidia...