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Bosque y fondo: una conversación, libro-objeto de la poeta y el artista, se presentó ayer

Del diálogo entre Baranda y Rojo surge una caja de música visual

A partir de los intensos poemas concibió las imágenes de manera abierta, a partir de vacíos, dijo el grabador

Suman soledades y talentos, expresó Fabienne Bradu en el Museo Tamayo

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María Baranda, Vicente Rojo y Lorena Zozaya, en la presentación que se realizó ayer en el Museo Tamayo Arte ContemporáneoFoto Marco Peláez
 
Periódico La Jornada
Lunes 29 de julio de 2013, p. 7

Si las creaciones plásticas no están cercanas a la poesía, o en sí misma son poesía, no existen como arte, expresó a La Jornada el pintor, escultor y grabador Vicente Rojo en torno a su más reciente colaboración con las letras, ahora con la poeta María Baranda.

El libro arte-objeto resultante, Bosque y fondo: una conversación, impreso en el Taller Gráfica Mexicana, de Lorena Zozaya, se dio a conocer ayer en el Museo Tamayo Arte Contemporáneo.

Rojo ha colaborado con una larga lista de poetas, ensayistas y narradores. De hecho, su primera obra compartida fue con Octavio Paz, quien le pidió que colaborara con su proyecto de los discos visuales.

Otro camino es que el también diseñador gráfico le proponga al poeta que acompañe mis imágenes con sus poemas. En cuanto a Bosque y fondo, Rojo dijo a Baranda que le gustaría hacer algo juntos, y ella estuvo de acuerdo.

“Le dije que trabajaba con alfabetos primitivos, secretos, absolutamente inventados, y ella curiosamente me dijo: ‘qué bien, trabajo ahora con poemas para un libro llamado Abecedario del arte’”, señaló el artista.

El proyecto se echó a andar gracias a una invitación de Zozaya, con quien Rojo ya había realizado dos carpetas, una, A voces, contiene una presentación de la escritora Bárbara Jacobs.

El entrevistado deja claro que ni el poeta, el narrador o el ensayista me ilustra, ni yo a ellos. Son dos caminos paralelos sobre un tema. Entonces, en cuanto recibió los preciosísimos e intensos poemas de Baranda, Rojo emprendió el proyecto y logró las imágenes reproducidas en el libro de manera abierta, porque las imágenes están hechas a partir de vacíos.

Si la poeta le puso el título al libro, el artista lo subtituló una conversación, al darse cuenta de que trataba de conversar con María, con sus poemas.

Novedoso resultó para Rojo trabajar con base en ese juego, que consiste en que las imágenes, al estar vacías, al dar la vuelta las páginas dan otras complementarias. Además, las páginas del libro están impresas en grabado por los dos lados, que tampoco es muy común. También había que dar presencia a los poemas de Baranda: Yo había hecho un diseño de una media página del libro, vertical, y María tuvo la delicadeza de adaptarse a ello. Entonces, son poemas de líneas muy cortas que supongo significaron para ella también algún tipo de trabajo especial.

Ante el público que llenó el auditorio del Museo Tamayo, Rojo se refirió a la misteriosa tipografía empleada en las imágenes, que aspiraba a que fuera legible. Cuando vi la palabra bosque imaginé que podía hacer algo boscoso, pero de repente me encontré con las imágenes de Jan Hendrix. Finalmente, me decidí por un libro de taquigrafía, pero quise deformar ese tipografía. Sí recuerda muchos tipos de escrituras.

De acuerdo con Baranda, el artista la acompañó en todas estas páginas de manera solidaria en un momento, como había dicho Fabienne Bradu, quizás un poco de crisis, pero que (Rojo) supo pintar con esa felicidad que tiene: amigo feliz, lleno de colores, como lo han descrito ahora. El libro habla por medio de los silencios que tienen los versos, porque escribí este poema largo en 12 partes, única indicación que me dio Vicente. No sé por qué lo escribí en versos pareados. Necesitaba un poco de esos silencios, esos huecos, en los que él se fue metiendo, abriendo ventanas con una especie de respiración.

Para la investigadora Fabienne Bradu, antes que una conversación, las creaciones de Baranda y Rojo se antojan dos monólogos unidos por una soledad compartida. No la que implica la ausencia de una compañía, sino la de la creación en dos artistas tan poco dados a la bulla mundana, a la publicidad vergonzosa que repudiaba André Breton.

Se acompañan como dos amigos que no necesitan prender una luz en la oscuridad para ver qué relámpago o qué sonrisa ilumina el rostro del otro, articular palabra alguna para refrendar la amistad solidaria. Por tanto, entre estos dos tímidos consuetudinarios, como ellos mismos se califican, se trata más bien de una conversación sigilosa, silente, sin otro afán que sumar soledades y talentos. Nunca había sentido a Rojo tan parlanchín en su plástica. Esta escritura de mosca atareada hasta parece broma, una disimulada mofa de su palabra escasa, una incesante cháchara de signos.

Según el editor José María Espinasa, la mirada de Rojo hace que los textos se lean, oigan; es decir, convierte al libro en una caja de música visual. Abrimos el libro y escuchamos la música del poema a través de los ojos.

También presentes en el acto estuvieron Willy Kautz, curador en jefe del Museo Tamayo, la artista y editora Lorena Zozaya, y José Prieto Mazal, moderador de la mesa.