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Heavy Wagner
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Ilustración de Wagner, basada en la pintura original de Gustav Bartsch, ca. 1870, incluida en el booklet del disco. A la izquierda, el cuadro original
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Periódico La Jornada
Sábado 20 de julio de 2013, p. a16

La disquera alemana Deutsche Grammophon asesta el golpe maestro en el año del bicentenario de Richard Wagner.

Mientras las ediciones conmemorativas ofrecen lo más refinado, exquisito y privilegiado en grabaciones de estudio o en vivo, el sello alemán suelta un as desde su manga: Wagner. Heavy Classix. The ultimate collection con una portada que no deja lugar a dudas: una llamarada.

El guiño más importante de este álbum doble y espectacular: liga la música de Wagner con el mismísimo heavy metal, ese género de elevado decibel y frenesí, de euforia y escupitajo, de fiebre y adrenalina.

Porque si hay una música de intensidad volcánica, exaltación emocional, incandescencia metafísica, exacerbación de los sentidos y aceleración de las neuronas, esa es la música de Richard Wagner.

Escuchar Wagner es una experiencia límite.

Porque una cosa es escuchar ópera y otra muy distinta escuchar Wagner.

En su célebre tratado Ópera y drama, que escribió en 1851, deja muy clara su posición contraria a la tradición italiana de ópera y propone en su lugar construir la Obra de arte total (Gesamtkunstwerk), donde la clave es unir música y poesía y alrededor de ellas todas las artes.

Junto a las óperas de Wagner, las manidas obras de los autores italianos palidecen y se escuchan más cursis, ridículas, menores. En Wagner, en cambio, todo es hierático, mítico, monumental.

El mito es la piedra fundacional del universo creado por Wagner y poblado por los seres más horrendos y bellos, los más perversos y los más puros, seres míticos, salvajes, despreciables, héroes y antihéroes, dioses, nibelungos y la concreción en música de El Eterno Femenino, ese trazo genial de su admirado Johann Wolfgang von Goethe.

Entre los muchos aciertos de la novedad discográfica que hoy nos ocupa, destaca la decisión de realizar una antología diferente a las de uso corriente, es decir que no solamente reunieron oberturas o pasajes orquestales famosos, sino que los expertos de Deutsche Grammophon se propusieron trazar un panorama del universo wagneriano. Y lo lograron.

Desde el mero inicio uno se sumerge en ese universo, con el pasaje más intenso del acto tercero de la ópera Las Valquirias (de la tetralogía El anillo de los nibelungos) y en donde no solamente suena la batería completa de los alientos metales más pesados (de ahí el guiño al heavy metal) y el escucha entra en trance de euforia, merced a esta música tan tremendamente dinamogénica, sino que escuchamos cantar a las valquirias, vemos, literalmente observamos lo que Julio Cortázar utiliza como emblema del tremor en su novela Rayuela: alarido de valquiria.

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Richard Wagner con su esposa Cosima, hija de Franz Liszt

Liselotte Rebmann encabeza ese coro de cantantes alemanas que interpretan a las valquirias, mientras Herbert von Karajan hace sacar chispas a todos los instrumentos de la Filarmónica de Berlín.

Otra prueba de la elevada calidad de este álbum doble wagneriano es la elección de los ejecutantes, entre quienes se encuentran los máximos cantantes de estos cruentos, difíciles, sublimes papeles, como el de Isolda, a cargo de la legendaria Birgit Nilsson, quien canta el insuperable Isoldes Liebestod (Muerte por amor de Isolda, aunque la historia oficial se empeña en traducir como muerte de amor) en el pasaje, a juicio del Disquero, de intensidad inigualada hasta la fecha en la historia de la música: canta Birgit Nilsson y la hoguera crece, crece, crece en alarido mientras la orquesta es un volcán que también crece, crece, crece y la intensidad ya es para entonces orgásmica, sublime, telúrica. Cósmica.

A la batuta de la Orquesta del Festival de Bayreuth está el maestro Karl Böhm, a quien muchos melómanos fervientes cuando lo vemos dirigir observamos a un enorme tigre de bengala que sonríe, de ahí su mote de Tigre Bondadoso.

Otros grandes directores están en esta grandiosa antología: Eugen Jochum, Rafael Kubelik, además del ya mencionado Karajan a cuyo cargo están cinco tracks que compendian El Ocaso de los Dioses (Götterdämmerung), desde el viaje de Sigfrido por el Rhin, su música funeral, la escena de inmolación y su eterno retorno. Una música que traspasa lo metafísico, lo cósmico, lo inefable y lo sublime para transportarnos a todos esos confines.

Escuchar a Wagner con la calidad interpretativa que se ofrece en estos dos discos antológicos es, entonces, una experiencia superior al adrenalínico, rabioso, excitante y lujurioso heavy metal.

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