20 de julio de 2013     Número 70

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada


Músicos zoques. FOTO: Magdalena Morales

Chiapas

Ser músico zoque:
un don supremo

Mikeas Sánchez Poeta zoque y directora de XECOPA
La Voz de los Vientos, Copainalá, Chiapas

El abuelo de mi abuelo fue músico, de él aprendió Simón Sánchez, mi abuelo paterno, a elaborar el carrizo y el tambor. Cuando pienso en la música zoque, irremediablemente me remito a él. Mi abuelo tenía por costumbre levantarse muy de madrugada para tocar el carrizo; era, por así decirlo, su pequeño capricho o su forma de burlar el insomnio. Ocurría a veces que al escuchar la dulzura de sus notas, llegaban otros músicos del pueblo, y lo que en un inicio era una leve serenata, en breve se convertía en un concierto de flautas y tambores. Entonces, hablar sobre aquella música que arrullaba mis sueños me resulta difícil, por no mencionar además que es imposible describir la música y convertirla en sólo palabras.

Desde que tengo memoria, la música tradicional zoque ha sido música de ritual, música que ha acompañado desde siempre las danzas tradicionales, música que supo mantenerse a lo largo del tiempo y que sobrevive dentro del sincretismo religioso. Por supuesto, las deidades antiguas fueron sustituidas por santos y vírgenes; sin embargo, la esencia, el fervor y la dulzura de la música zoque siguen siendo la base de esa cosmovisión. Porque ser músico zoque no es asunto del azar. Son incontables las historias que narran la experiencia de los músicos al ser honrados con este don. La transmisión de este conocimiento musical ocurre en los sueños, donde el afortunado recibe esta distinción por parte del patrono o virgen de la comunidad, o bien –aunque en menor medida-, se adquiere cuando un maestro músico decide, en su lecho de muerte encomendar su don a un “elegido”, a quien soplará su vaho, es decir la esencia de su ser. Así, entre los músicos zoques, la música se convierte no sólo en oficio sino en un acto que trasciende la existencia terrena.


Músicos de Ocotepec, Chiapas, en el volcán Chichonal.
FOTO: Magdalena Morales

Dar una apreciación estética a una tradición musical que tiene sus orígenes desde lo mítico, desde lo sagrado, sólo es posible desde la reflexión y comprensión de los fenómenos que lo envuelven. Regularmente escucho de los jóvenes, y tristemente también de algunos adultos, que la música zoque es aburrida. Esta desconsideración ocurre justamente porque los sones y alabados tienen un tono ceremonial, es música que fue creada como ofrenda a las cuevas, los ríos, las montañas y los cerros. No es música de entretenimiento, sino de regocijo del alma y conexión con los seres supremos.

Además, gran parte de esta música acompaña a las danzas tradicionales: kak’etze, dzundyi’etze, yomo’etze, oko’etze, weyá’weyá’etze y nibi’etze. Es inconcebible pensar en estas danzas sin el sonido del carrizo, el tambor, el violín, la chirimía o la guitarra. Ya sea que se ejecuten alabados, sones o zapateados para acompañar las festividades patronales, realizar rituales de petición de lluvia, tocar la flauta durante la siembra o tocar el carrizo por mero placer en las madrugadas como solía hacer mi abuelo. La intención es la misma: cumplir con “el trabajo”, la encomienda fincada por una orden divina o superior.

¿Por qué programar este tipo de música tradicional en las radios públicas o privadas? Simplemente porque es importante mostrar la polifonía de voces de este nuestro México multicultural, porque no es posible apreciar lo que se desconoce. Porque no se trata de cualquier música, es la música antigua, la música de honda raíz, la música poderosa que busca la trascendencia. Lamentablemente en México hay un desconocimiento inmenso de nuestra historia y qué decir de la música de los pueblos originarios.

Si escuchamos por ejemplo al virtuoso Tío Luis Hernández Aguilar, flautista de Copainalá, no podríamos dudar un instante de esa encomienda divina, la cual ha cumplido cabalmente toda su vida, participando en todas las festividades patronales, siendo aquél que encabeza las procesiones lo mismo que sus compañeros músicos Cirilo Meza Gómez, Úrsulo González, Sergio de la Cruz, Alejandro Burguete, Julio Hernández, Ángel Morales, Juan Martínez, Lázaro Domínguez… Nombres quizás desconocidos, pero que han procurado dar continuidad a la música tradicional de los pueblos zoques de Chiapas.

Oaxaca

Crónica de una música maromera


La Maroma. FOTO: Daniel Robles

Rubén Luengas Pérez
Director de Pasatono Orquesta

Tiene que ser de noche para empezar. Antes dicen que se alumbraban con hachones de ocote clavados en la tierra, alrededor del espacio sagrado del cuadro “el trapecio”. Ahora una hilerita de focos amarillos de bajo wattaje medio ilumina la escena, en sí ya es una instalación, “El trapecio”.

Pareciera parte del diseño sonoro de una película, en fade in se acerca poco a poco la intensidad del sonido, sonido de alientos, pero también de cuerdas, de orquesta. Es el convite que viene caminando por las calles del pueblo y la música que camina los acompaña, hasta llegar al sitio señalado. ¿Qué tocan?, una marcha o pasodoble, éste es casi siempre el género más socorrido, y la pieza más famosa: El Zopilote Mojado.

Ahora el payaso, director de la maroma, el espectáculo de payasos, acróbatas, funambulismo, música, danza y a veces prestidigitación, pide que se toque la “danza”, una música muy antigua, esa música da y da vueltas hasta que irrumpe “el gracioso”, el payaso, el líder de la maroma. ¡Callen esa coyotera, paren, paren…!, y comienza su saludo, un recitativo que consiste en saludar y disculparse por los errores que se pudieran encontrar en su actuación, al igual que en los trovadores morelenses, poblanos, guerrerenses, del Estado de México, de Tlaxcala y de la Mixteca oaxaqueña, que acompañados con su bajo quinto cantan este género de la poesía popular. El payaso hace su salutación con voz en pecho, ¿acaso la salutación es una herencia indígena prehispánica como la que vemos en el saludo a los cuatro puntos cardinales de la música de voladores en Papantla?, ¿y será tan fuerte, tan mexicana, tan arraigada que el sonidero de la Ramos Millán, del Peñón de los Baños de Tepito lo sigue ejerciendo en sus cumbias sonideras?, como dice el etnólogo Jiménez Lecona que dicen los coras de Santa Teresa del Nayar, “sabe”.

Pero el saludo no es sólo una recitación del payaso, en él interviene la música que crea un contrapunto oratorio-musical, cuando el payaso dice: “Toquen La Diana, maestros filarmónicos, y un aplauso de manos ciudadanas”. Muere el aplauso y llega la hora de que los músicos se suban a la maroma, a esa cuerda floja donde demostrarán si son buenos músicos, donde demostrarán su capacidad de improvisación; a la cuerda floja de la gloria o la muerte social y el escarnio del payaso, el amo y señor de la maroma.


Maromero. FOTO: Javier Pérez Solano

El payaso reta a los músicos, los cala, los mide: “Maistritos filarmónicos, en este tonito”. Y entona una melodía que tiene un tempo, una rítmica, un modo, una melodía que tal vez los músicos nunca han escuchado antes, una “cantada”, así le dice el payaso. Apenas han pasado unos fragmentos de segundo y la gente escucha; el payaso, sonrisa perversa, espera su tropiezo; si no son solventes, el payaso tendrá un gran motivo para el escarnio y la burla: “Malos músicos, guajolotes, ¿qué no les dio de cenar el mayordomo?, ¡ay! cuñado trompa de hule”. Si los músicos son hábiles, reproducirán el tempo, la tonalidad, el modo y el ritmo de la cantada, y el payaso, el amo y señor de la maroma, estará complacido y entonará sus cantadas, mientras que en los intermedios los músicos acompañarán su baile. Así siguen otras cantadas y otras músicas que acompañan a los “juegos”, el alambre, un vals para el trapecio, chilenas, hasta cumbias. Hasta que llega el gran final donde sorprenderán con una suerte donde se juega la vida y la muerte, y puede ser el “despeñadero” o “la muerte del gallo y el gato”.

Vuelve el payaso y entona unas notas tristes, es la despedida. El payaso Manuel Montes, de Tezoatlán, Oaxaca, cantaba: “Ya se va este payasito, repartiendo corazones…”.

La música de la maroma se hace con diversas agrupaciones, con banda y orquesta en la Mixteca Baja y Costa, y con cuerdas en algunos pueblos de la Alta. Hoy los músicos poco quieren acompañar a los maromeros por el reto de la improvisación y cada vez más se sustituyen los repertorios específicos de la maroma, como las músicas del trapecio, del alambre o de los juegos de salón donde ya casi tocan lo que sea, “quebraditas” y hasta “pasito duranguense”.

Los músicos debemos hacer algo, ese tema está en nuestra cancha, valorar los repertorios, registrarlos, transferirlos a los nuevos músicos y ser conscientes de sus usos y funciones específicos, porque de no ser así, como dijo un músico de maroma: a nuestra música, a la música de la maroma, “se la cargará el payaso”.

Chiapas

Mequé: fuente de la resistencia

Fernando Híjar Sánchez Promotor cultural y productor discográfico


Carnaval zoque.

Las culturas musicales de la tradición surgen, se desarrollan y perviven en contextos rituales y celebratorios que les otorgan fundamento y razón para mantenerse y renovarse. En el caso de la música zoque de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, es en el Mequé, o la fiesta, en donde se manifiestan en plenitud los elementos identitarios de esta comunidad, la cual se encuentra inmersa y dispersa en la ciudad y sus alrededores.

Cuando hablamos de los zoques de Tuxtla, nos referimos a sus descendientes, a quienes se asumen como tales y a los sectores urbanos que se identifican con su culto y prácticas religiosas. Aunque en la actualidad su idioma ha caído en desuso, la ciudad está permeada por el pasado y presente de la cultura zoque. Persisten, de hecho, muchos elementos que la ubican en el universo de los pueblos indígenas de México.

La música zoque, al igual que las diversas manifestaciones de su patrimonio cultural, está vinculada estrechamente a los distintos sistemas de cargos y a sus profusos calendarios festivos. Entre ellos, en la Mayordomía Zoque del Rosario resaltan elementos históricos que la ubican como el sistema de cargos que mejor refleja las expresiones y prácticas culturales de los zoques de Tuxtla, o lo que ellos llaman “el Costumbre”, es decir, el conjunto de valores, formas y códigos que rigen en las celebraciones. Pero el Costumbre va más allá de un sistema normativo: es una visión profundamente espiritual de concebir la vida y la muerte.

La Mayordomía a lo largo de su historia ha sido golpeada por diferentes frentes para arrebatarle su fuerte presencia y arraigo en la sociedad tuxtleca y sobre todo la valiosa autonomía que la caracteriza. Estas embestidas van dirigidas precisamente al corazón de su cultura: el Mequé; con la ausencia de las fiestas, el Costumbre se debilitaría interrumpiendo, de este modo, la continuidad cultural.


Maestros zoques FOTOS: René Araujo

La Iglesia Católica, por medio de la diócesis de Tuxtla, temerosa de la fuerza de la Mayordomía, trató en 2004 de arrebatar a los zoques un culto ancestral y con ello desaparecer las fiestas en torno al mismo. Afortunadamente supieron sortear este problema y salieron fortalecidos. La Mayordomía Zoque del Rosario ha guardado una sana distancia de las instituciones religiosas y lleva adelante sus prácticas, cultos y creencias independientemente de la burocracia católica.

El gobierno local ha tratado de apropiarse, tergiversar y manipular sus manifestaciones culturales; por ejemplo, el Carnaval de la ciudad, mal llamado zoque, lo han convertido en un desfile de comparsas y carros alegóricos que nada tienen que ver con la tradición. Los músicos y danzantes decidieron no participar y siguieron desarrollando su celebración con las formas y los momentos que marca el Costumbre zoque.

Las Iglesias evangélicas, al prohibir el culto a las imágenes religiosas y por lo tanto sus fiestas, han mermado las expresiones culturales zoques; no sólo han cooptado a ciertos sectores de la sociedad tuxtleca, sino también a músicos jóvenes de la tradición que han optado por estas religiones. De esta forma han contribuido, en parte, al rompimiento del proceso de transmisión generacional de la música zoque.

Hay una visión fragmentada y limitada de instituciones, investigadores y cronistas; el argumento de “la desaparición de la lengua zoque” en Tuxtla los ha llevado a una negación de su existencia y por lo tanto de sus expresiones culturales. Algunos investigadores calificaron a la música tradicional como primitiva, monótona e infantil. Además de estar equivocados, con estas afirmaciones se cierra toda posibilidad de entendimiento y diálogo con los portadores y creadores de las expresiones culturales zoques.

Lo anterior, y desde luego la cada vez más marcada influencia en el gusto de la población citadina por la música “comercial norteña”, han invisibilizado a la música tradicional; sin embargo, ésta se encuentra viva y vigente adaptándose “a la modernidad” sin renegar de sus raíces.

De este modo la música de los zoques se encuentra en permanente resistencia, los piteros, tamboreros, jaranistas, danzantes, la Mayordomía en su conjunto y los amplios sectores que se identifican con ellos, están consientes de revitalizar día a día al Mequé: la fiesta que aglutina, cohesiona, da sentido a su vida, enriquece la diversidad cultural y contribuye a mantener sano y latente el tejido social.

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