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Copa Confederaciones, Brasil 2013
Entre goles y balas de goma

Recibe Rousseff rechifla; hubo protestas afuera del estadio

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Manifestaciones aledañas al Estadio Nacional de BrasiliaFoto Reuters
 
Periódico La Jornada
Domingo 16 de junio de 2013, p. a11

Cinco minutos en total. Es decir: a los tres de haber empezado el partido, Neymar hizo un gol espectacular. Y a los dos de haber comenzado el segundo tiempo, fue la ocasión de Paulinho. Lo que vino después –el tanto de Jo, a los 47 minutos– sobró para confirmar la victoria contundente de Brasil sobre Japón, en la inauguración de la Copa Confederaciones de 2013.

Vale decir que Japón no es exactamente un adversario temible. Pero hay que reconocer que los nipones, en los últimos años, han mejorado mucho su futbol y que estrenar el torneo con un triunfo era importante para la verdeamarela.

Ocho minutos en total. Ese fue el tiempo en que la presidenta Dilma Rousseff fue silbada por los casi 58 mil espectadores que llenaron el Estadio Mané Garrincha, en Brasilia. El cuadro de Luiz Felipe Scolari ganó por tres a cero a Japón, en un inicio de jornada auspicioso aunque no tranquilizador: todavía falta enfrentar a México e Italia, adversarios difíciles. Y los que vendrán después, siempre que, claro, haya un después. Dilma igualmente tendrá que seguir enfrentando protestas populares por todo el país.

Hay dos cosas en prueba en esta Copa Confederaciones: la primera, por supuesto, es la selección brasileña. Y la segunda es la condición del país para hospedar, dentro de exactamente un año, el Mundial de futbol.

Por esos días, y al margen del balompié, Brasil vive tiempos de convulsión. Parece algo insólito: en los últimos 10 años, desde que el PT –Partido de los Trabajadores– llegó al poder, alrededor de 50 millones de brasileños, sobre una población de 190 millones, salieron de la franja de pobreza absoluta. El desempleo tiene números históricos, y a la baja. Sería normal suponer que todos estuviesen satisfechos. Mejor ni hablar.

Hay mucho por hacer en términos de infraestructura –aeropuertos, puertos, carreteras, telecomunicaciones– para que el país se considere preparado para realizar semejante evento. Pero, poco a poco, se intenta.

El problema, o mejor dicho, uno de los problemas, es saber qué pasará con las manifestaciones populares de aquí a 2014.

Nacidos de la nada, hay brotes de protesta por todo el país, contra el alza de los precios de los autobuses en un principio, y luego contra cualquier cosa. Inclusive el costo de los estadios que ahora se estrenan como víspera de lo que será el Mundial de 2014, que tendrá a Brasil como sede, algo que ya ocurrió en 1950.

Hubo de todo en Brasilia horas antes del juego: manifestaciones públicas reprimidas, silbatos.

Pero cuando empezó el partido, ha sido como un ungüento paliativo.

Dilma Rousseff, quien de acuerdo con las encuestas cuenta con 57 por ciento de aprobación, fue silbada, es verdad. Pero sería conveniente recordar una frase del gran dramaturgo Nelson Rodrigues, quien decía que cuando se trata de la pasión nacional, el brasileño silba hasta el minuto de silencio formalmente dedicado a los muertos en los velatorios.

Sí, sí: hubo enfrentamientos entre policías y manifestantes, y los aeropuertos fueron caóticos, y el cambio negro de los ingresos, pese a los esfuerzos de la FIFA –teóricos esfuerzos– que al fin y al cabo fueron vanos.

En la cancha, pura alegría, o casi. Lo primero que los brasileños decían, antes del partido, es que el equipo de Japón de hoy no es el mismo de antes.

O sea: ya no son media docena de hombres bajitos corriendo sin norte ni rumbo. Japón tiene hoy un equipo respetable, veloz y eficiente, con un mediocampista llamado Honda con capacidad de desempeñarse como si fuera un Mercedes Benz.

La mayor parte de la selección nipona actúa en equipos de Europa, África y Estados Unidos, lo que significa, o puede significar, experiencia.

La cuestión, en todo caso, es Brasil. El equipo, la selección, la canarinha, sigue siendo una incógnita. El 3-0 frente a un Japón mejorado pero todavía débil sirve para alentar lo que viene, mas no para definir lo que existe.

Brasil mostró frente a Japón una defensa que quizá sea eficaz, con destaque para zagueros que, como Daniel Alves, suben al ataque con gran eficacia. Mostró, además, que jóvenes como Oscar y Paulinho están preparados para desafíos mayores, como el Mundial del año que viene. El goleador Fred sigue en su mejor momento, pero si no hay quien le pase la pelota no hay momento alguno.

Y por último, existe la gran incógnita: Neymar. Ayer, contra los japoneses, tuvo sus momentos de luz, de espectacular luz. Pero fueron momentos breves.

A todo eso, una cuestión: ¿y la gente? ¿Y los 190 millones de brasileños?

Bueno: una vez más, y como siempre, esa multitud sigue aparentando indiferencia frente a un gran evento. Es parte del juego: es como se estuviésemos tan seguros que una mera Copa Confederaciones no tuviese energía suficiente para provocar mayores emociones.

Ayer, sin previo aviso, todo seguía normal en el país del futbol. Pero en Belo Horizonte y en Curitiba, en Sao Paulo y Recife, en Río de Janeiro y en Salvador, cuando faltaba poco para empezar el juego de apertura de la Copa Confederaciones, farmacias, bares, restaurantes, cerraron.

Pese a toda la aparente indiferencia, por algo será.