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Turquía para principiantes
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En la plaza Taksim, turcos se manifestaron ayer en recuerdo de los caídos durante las protestas recientesFoto Ap
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ay bastante prejuicio que escombrar para pensar lo que está pasando hoy en Turquía.

Lo primero: ya chole con la metáfora de las primaveras en la región levantina.

La imagen primaveral tiene dos grandes problemas: primero está lo que podríamos llamar la teleología de la imagen (es decir, que así como la primavera sigue al invierno e inaugura la dulzura del verano, los movimientos políticos de Medio Oriente marcarían el final de la dictadura y el nacimiento del gobierno popular); el segundo tiene que ver con las cualidades mismas de la primavera, frente a las realidades políticas de los países en que se han dado estos movimientos.

Así, por ejemplo, las primaveras tunecinas y egipcias llevaron al gobierno a partidos islámicos, más o menos neoliberales en cuanto a su orientación económica, y, en el caso de Egipto, con alguna vocación autoritaria y bastante tradicionalismo ante los derechos de la mujer. Si en México se hubiera tumbado al PRI en 1988 y entregado el poder al Yunque, con una importante mayoría electoral, poca gente estaría hablando de primaveras.

En ese caso, lo que estorba de la metáfora de la primavera no es tanto la teleología invierno-primavera-verano (aunque la dirección que tomarán Egipto y Tunes está en veremos), sino la cualidad misma de la imagen primaveral, frente a la elección de gobiernos socialmente conservadores. Como imagen, la primavera usualmente viene asociada con el perfume sensual de las flores, con mujeres y hombres vestidos gazas de color pastel, y de preferencia con poca ropa. No tiene demasiado que ver la regulación piadosa del uso del espacio público ni tampoco con nacionalismos que sospechan de las consecuencias culturales de la globalización a la par de que se apoyan en un empresariado igualmente capitalista pero de signo conservador.

Y eso que los alzamientos egipcios y tunecinos fueron las primaveras más primaverales: la primavera Libia fue una guerra civil cruenta que tumbó al dictador, sí, pero que no dejó un Estado servible en su lugar, sino a bandas armadas que procedieron a desestabilizar la democracia en Malí. La primavera Siria, por su parte, ha dejado, según la ONU, 93 mil muertos en dos años, y a miles de refugiados...

O sea, más vale el agnosticismo ante la imagen primaveral: tenemos en la región movimientos populares, sí, dirigidos contra dictaduras o contra figuras autoritarias, también. Pero eso dice poco tanto de las cualidades internas de los movimientos como de la dirección histórica que llevan.

Ahora bien, el caso de Turquía es distinto de todos los anteriores. A diferencia de Túnez, Egipto, Siria y Libia, Turquía tiene un gobierno elegido democráticamente. El primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, ha sido relecto tres veces, cada vez con más votos, y es un hombre que goza de una base de apoyo dura y mayoritaria. Además, a diferencia también de los países de la primavera árabe, Turquía es un potencia económica a la que le ha ido muy bien en años recientes –el hecho de que Turquía no haya entrado a la zona del euro le permitió esquivar las políticas recesivas que han golpeado el sur de Europa; mientras que el islamismo de Erdogan y de la burguesía turca ha facilitado que Turquía vuelva a conseguir una posición de liderazgo político y económico en el levante.

Por otra parte, se trata de una economía y una sociedad que ha crecido a un ritmo galopante, cosa que tiene sus contradicciones. Cuando conocí Estambul, en 1975, la ciudad tenía alrededor de dos y medio millones de habitantes, hoy tiene 14 millones. La prosperidad del boom turco ha consolidado sectores medios, educados, con aspiraciones democráticas.

Tal vez por eso el movimiento social que comenzó hace unas semanas en Estambul recuerda en algo el 68 mexicano: es un movimiento heterodoxo–juvenil, igualitario, iconoclasta, anti-autoritario, en el que se mezclan la contracultura, la izquierda y un malestar difuso. Enfrentados todos a un gobierno que tiene las riendas del poder firmemente en la mano, pero que está ensoberbecido por sus éxitos (el México de Gustavo Díaz Ordaz era también el del milagro mexicano).

Hay también otros paralelos con el 68 mexicano. La Turquía de Erdogan está en medio de una serie de apuestas internacionales delicadas (que incluyen no sólo el procurar las Olimpiadas para Estambul para 2020 y la eventual entrada de Turquía a la Unión Europea, sino también el apoyo de Erdogan a la revuelta en Siria, el surgimiento de Turquía como potencia regional que compite en influencia con Irán y Arabia Saudita, la construcción de un arreglo con la minoría kurda en Turquía para consolidar las relaciones con la región kurda en Irak, que, gracias a un nuevo oleoducto, quedaría prácticamente como una dependencia de Turquía). Esa situación, aunada a la fuerza de Erdogan (quien usualmente se refiere a sí mismo hablando en tercera persona, cosa que, en un político, es señal infalible de megalomanía), llevó a que el primer ministro respondiera al movimiento urbano con brutalidad. Hasta ahí los paralelos con el 68 mexicano.

La protesta popular en Turquía comenzó con un movimiento modesto de defensa del parque Gezi, uno de los últimos espacios verdes de Estambul. La protesta se puede apreciar en Youtube y tenía al principio un cierto sabor a Woodstock –clases medias y populares protestando, porque se iba a derrumbar el parque para construir un centro comercial en un edificio que iba a ser réplica de un cuartel otomano del siglo XIX. Esa clase de obra pública megalomaniaca ha proliferado en tiempos de Erdogan, que ha favorecido proyectos que aúnan beneficios a la burguesía nacional a la vez que apuntalan la ideología patriótica neo otomana y el islamismo (relativamente light) del régimen.

La cuestión es que el gobierno de Erdogan respondió a la protesta del parque Gezi con una represión brutal, que hasta ayer había dejado tres muertos y más de 4 mil heridos. Fue precisamente esa represión la que multiplicó la escalada de la protesta, que se convirtió en la protesta civil más importante de la historia de la república turca, y que consiguió adhesiones que van mucho más allá de los grupos ambientales, feministas o secularistas y estudiantiles con que se inició la ocupación del parque Gezi. Así, por ejemplo, la población alauí de Turquía (que representa cerca de 20 por ciento) ha estado muy preocupada por el apoyo que Erdogan ha brindado a la rebelión en Siria, porque el presidente sirio es también alauí y la guerra de Siria se ha transformado en un conflicto sectario. Muchos alauitas se unieron a la protesta.

Por otra parte, Turquía tiene más periodistas presos que cualquier otro país de su tamaño y la televisión turca ha estado coludida con el gobierno de Erdogan (de nuevo, resuena con el 68 mexicano). Así, mientras los policías reprimían las manifestaciones en Gevi y en la plaza Taksim, la televisión pasaba documentales sobre pingüinos. Ese autoritarismo llevó a que importantes grupos sindicales se unieran a la protesta.

En un gesto también algo diazordazesco, Erdogan no ha dejado de decir que los que protestan están siendo manipulados por intereses extraños. A diferencia de Díaz Ordaz, quien le echaba la culpa al comunismo internacional, Erdogan habla de terroristas y de intereses del capital financiero (que lo apoyado en buen grado hasta ahora) como la supuesta fuerza motriz del movimiento.

Afortunadamente, ayer los manifestantes llegaron a un arreglo con Erdogan, quien detendrá la destrucción del parque y llevará el asunto a la Corte, quizá a plebiscito. Claro, a estas alturas el parque es sólo una pequeña muestra de los problemas que inflaman a una minoría turca que se siente atropellada por el autoritarismo democráticamente electo.

Como sea, el hecho de que Erdogan se haya visto obligado a negociar puede significar que la democracia turca evolucione en un sentido positivo.