Opinión
Ver día anteriorSábado 30 de marzo de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Norcorea: tensión prebélica
E

l reciente anuncio de Corea del Norte para declararse en estado de guerra con Corea del Sur debe ser visto como una faceta más del complejo y tenso escenario prebélico en que han coexistido los regímenes de ambas naciones desde hace seis décadas.

En efecto, si bien el amago del régimen de Kim Jong-un –dado a conocer ayer por una agencia oficial de noticias de su país– constituye un factor indeseable de inestabilidad y de tensión en aquella siempre candente península, que amenaza con involucrar, para colmo, a las principales potencias nucleares del orbe –Estados Unidos, por un lado, y Rusia y China, por el otro–, es preciso entender la escalada en las tensiones recientes entre las dos Coreas como producto de una historia de agresiones e injerencias extranjeras en esa región.

Un punto de arranque preciso es la intervención en ese enclave, a finales de la Segunda Guerra Mundial cometida por las fuerzas estadunidenses y soviéticas con la intención de poner fin a más de tres décadas de ocupación japonesa, y que derivó en la construcción de dos estados que reclamaron la soberanía sobre la totalidad del territorio desde 1948. Dos años después dio inicio una mortífera guerra entre ambas partes, en el contexto de la cual la infortunada península fue empleada como tablero geopolítico por los dos bloques que se disputaban entonces la hegemonía planetaria: mientras que Moscú y Pekín apoyaron política, económica y militarmente a Pyongyang, Washington hizo lo propio en favor de Seúl. Luego de tres años de confrontación, que dejó un saldo total de más de tres millones de muertos en ambos bandos, las partes firmaron un armisticio que dejó irresuelto el tema de la reunificación del país y de la paz misma, y que representa una de las marcas más visibles y anacrónicas del intervencionismo en Asia. Con tales antecedentes, no resulta sorprendente que ahora, 60 años después, el gobierno norcoreano amenace con poner fin a ese acuerdo.

Por otro lado, si bien es cierto que la cerrazón y el belicismo del régimen de los Kim son factores indeseables y peligrosos para la paz y la seguridad de la región y del mundo, tales actitudes resultan explicables como consecuencia del cerco histórico impuesto por Occidente contra Corea del Norte; de la aplicación de la doctrina de la guerra preventiva de Washington en Afganistán e Irak –episodios que han alimentado la vocación armamentista de Pyongyang, así sea con el fin de contar con elementos disuasivos ante posibles agresiones– y del respaldo desembozado de Washington al régimen de Seúl y su presencia militar en la región.

Significativamente, la alarma mediática e internacional que provocó la declaración de Pyongyang contrasta con la actitud de la mayoría de los gobiernos y los medios occidentales ante las recientes maniobras realizadas de manera conjunta por estadunidenses y surcoreanos en el mar Amarillo, lo que ha sido visto como una provocación por el gobierno de Norcorea.

Nadie en su sano juicio podría desear que el amago formulado ayer por Pyongyang derive en un escenario de guerra abierta ni mucho menos en un conflicto nuclear. La presencia estadunidense en la región y su hostilidad hacia el gobierno norcoreano constituyen, sin embargo, un factor principal de tensión regional y un obstáculo fundamental para la paz entre las dos naciones. Frente a la responsabilidad histórica de las potencias occidentales en la configuración del conflicto coreano, lo menos que puede esperarse es que éstas muestren prudencia y sensatez diplomática y que centren sus esfuerzos en evitar cualquier intento de resolver aquel viejo conflicto por la vía armada.