Opinión
Ver día anteriorMiércoles 13 de febrero de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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A los compas, en el día del amor
L

o llamaban Tío , hacía empanadas, fue leyenda entre los anarquistas del norte argentino, y los compañeros perseguidos por la justicia recurrían a él, que no era intelectual ni escritor, para ocultar sus bibliotecas en escondites inhallables.

Tío era también el apodo que el pueblo argentino dispensó al presidente Héctor Cámpora. Odontólogo de profesión, Cámpora gobernó durante 49 días que fueron históricos, liberando a miles de presos políticos y restableciendo relaciones con Cuba sin consultar a la OEA (1973).

Repulgando empanadas con maestría, el tío anarco contaba: “en 40 años de militancia nunca caí preso, hasta el día que me incorporé a la ‘orga’…” Pero en su consultorio de la calle Mariano Escobedo, tratando de recordar la dosis de una simple anestesia, el tío peronista encendía el torno y tranquilizaba a sus demudados pacientes con seis palabras del general Perón: sólo la organización vence al tiempo.

Cámpora había llegado a México en 1974, tras ser amenazado de muerte por la Alianza Anticomunista Argentina. Luego se reincorporó a la lucha, y con el golpe cívicomilitar de Videla se refugió en la embajada de México, donde se le brindó cariño y respaldo durante más de tres años (1976-79). En 1980, Cámpora murió de cáncer en Cuernavaca.

El Tío uno era antiestatista, y el dos hombre de Estado. Diferencias que para el luchador terrenal son bagatelas. Un día, al pie del monumento a la Revolución, en un homenaje al general Lázaro Cárdenas, ambos tíos se abrazaron y entablaron una plática en la que se trataron de compañero. El Tío anarco no resistió el exilio. Al cruzar la frontera con Chile, el Plan Cóndor lo desapareció junto con toda su familia.

Otro personaje inolvidable: Gregorio Sosenski, sobreviviente de la tortura salvaje. A diferencia de otros médicos del exilio, Gregorio atravesaba raudo la ciudad a cualquier hora de la noche o de la madrugada. Sólo que al despedirse, dejaba una pila de folletos y al día siguiente, indagaba la opinión sobre las ideas del misterioso jefe de la cuarta Internacional troskistaposadista. Sosenski publicó una tesis de grado sobre el general Francisco G. Múgica, que el inequívoco Guillermo Almeyra, su compañero de andanzas, calificó de monumental.

Evocándolos, la piel se me enchina. ¿Será que sólo los bárbaros atilas son capaces de armonizar a las izquierdas? Me pregunto quién tenía razón. ¿Aquel abogado de Colombia que me salvó de una buena, y en su despacho colgaban retratos de Stalin y Mao? ¿O aquel ecuatoriano socialista y masón que a cambio de ser más tolerante me propuso ingresar a la Gran Logia de Guayaquil?

Versátiles formas de la solidaridad (y en franca retirada) que ahora, con apodíctico sectarismo neofranciscano, algunas de las nuevas gentes de razón proponen llamar hermanamiento. Con lo cual, los sin tacha quedarían diferenciados de los tachables que proponen forjar alianzas con algo más que lágrimas negras.

Dicen que las palabras son herramientas del lenguaje. Sin embargo, Ludwig Wittgenstein explicó las diferencias entre palabra y herramienta. V. gr: dos interruptores (el uno en el tablero de un coche, y el otro en un aspirador) se parecen porque funcionan análogamente: apriete el botón. No obstante, encubren acciones distintas: mientras el uno pone en marcha un motor eléctrico, el dos conecta (quizá) las luces de carretera.

Las izquierdas purísimas reclaman el derecho a la crítica, y sus enemigas el derecho a pensar distinto. Loables propósitos que no lo son, cuando la parusía valemadrista de las unas, o el cinismo socarrón de las otras, prescinden de contextos históricos, realidades políticas, formaciones sociales, vibras culturales.

Frente a procesos que se miran con lupa (y da igual si desde arrriba o desde abajo), la logística desplegada también confunde, al propiciar un torrente de ismos que sólo a ellas interesa conjurar: estatismo, autoritarismo, liberalismo, neodesarrollismo, conservadorismo, reformismo, personalismo, electoralismo, nepotismo, posneoliberalismo, caudillismo, neopopulismo… Términos que hasta brincan locamente, en una suerte de hipnótico movimiento browniano.

El gran Simplicimus Verbatum advirtió: a menor representatividad política, mayor chochez ideológica, o senilidad precoz. Imposturas mentales que Octavio Rodríguez Araujo supo desenmascarar con precisión, en un excelente y oportuno artículo (Abajo y arriba, izquierda y derecha, La Jornada, 10/1/13).

Varios son los pueblos y gobiernos de América Latina (¿tachables?) que, sin dejar de agradecer los servicios prestados por las izquierdas purísimas, optaron por derrotar a las derechas perversas recorriendo otros caminos de la emancipación posible. Han aprendido, juntos, que en ciertos lances más vale andar desayunado, tomando en serio las propuestas de Italo Calvino para el nuevo milenio: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad y consistencia.