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El Lazca, la Iglesia y Photoshop para los muertos

Foto
Tres momentos en la muerte de Bernadette Soubirous: recién fallecida, recién exhumada y tal y como luce hoy día en su capilla de Saint Gildard de Nevers.
L

a Secretaría de Marina y las procuradurías General de la República y de Coahuila sudan la gota gorda con su película de Capulina sobre la presunta muerte de un señor que tenía parecido físico con un matón y hombre de empresa legendario apodado El Lazca. De acuerdo con los registros policiales mexicanos, este hombre mide (o medía) 160 centímetros; la DEA gringa afirma que su estatura era de 174 y la autopsia que dicen que se le practicó al muerto arrojó el dato de 180 centímetros. Los resultados de lo que pudo ser esa necropsia sugieren que tal vez el difunto recibió un tiro de gracia pero en las dos fotos del cadáver distribuidas por la autoridad no es posible observar la lesión correspondiente.

Tampoco se sabe a ciencia cierta si el cuerpo tenía cinco o seis heridas de bala; en todo caso, la versión de la Marina sostiene que el individuo fue alcanzado por disparos practicados a 300 metros de distancia. No hay motivo para dudar de ese dato, como de ningún otro, y sí, en cambio, para felicitarse por la magnífica puntería de los elementos de la Armada que, a pesar de la lejanía, atinaron en cinco (o seis) ocasiones en la humanidad del fallecido; dos de ellas, en la cabeza. Las imágenes divulgadas del muerto difieren en un punto fundamental: en una aparece con orejas y en la otra, sin ellas. Un funcionario afirmó que eso se debía a que el presunto Lazca se había mandado coser las orejas para alterarse la expresión; otro funcionario público negó tajantemente que el cuerpo presentara huellas de semejante intervención quirúrgica. De todos modos ya no hay manera de esclarecer esos y otros puntos oscuros del episodio porque, horas después de ser acribillado y autopsiado, el sujeto se dio a la fuga, con la ayuda, obviamente indispensable, de unos sicarios. Las diligentes autoridades, que afirman haber obtenido muestras de ADN del cadáver, acaso en previsión de un desenlace como el que a la postre sucedió, ahora están tramitando la exhumación de los padres del capo que se parece (o se parecía) al cuerpo desaparecido, con el fin de dilucidar si el muerto realmente fue quien sospechan que era y no un impostor cualquiera.

Por supuesto, la opinión pública ha pasado unos días de inmenso regocijo gracias a la comedia producida por el calderonato en pleno ocaso y muchos en las redes sociales se han dado a la tarea de analizar las huellas de Photoshop que, para colmo, ostenta la foto del pretendido Lazca pretendidamente difunto. Esta manipulación de imágenes, de cuerpos y de datos me hizo recordar la maestría con la que la Iglesia católica ha producido, a lo largo de los siglos, una abundante ración de presuntos cuerpos incorruptos de santos y santas y beatos y beatas, y me pregunto si los chicos del almirante Saynez y de la procuradora Escobedo no habrían debido acudir, en busca de asesoría, con los muchachos del arzobispado y no, como al parecer ocurrió, con los chambonazos productores de García Luna.

Quiere la tradición católica que las personas que se conducen con santidad a lo largo de su vida pueden recibir, cuando ésta termina, el premio terrenal de la preservación de su cuerpo. Claro que, a la luz de la teología, eso es una mera propina, un pilón de cortesía divina sin mucha trascendencia ante lo verdaderamente fundamental, que es la salvación del alma y la vida eterna en la corte de un señor barbón, todopoderoso y buenísima onda. Creo que Italia, Brasil, Perú y Ecuador encabezan la lista de los incorruptos. En Francia hubo muchísimos, pero en tiempos de la Revolución los jacobinos sacaron las reliquias de las iglesias y las tiraron masivamente al Sena, a otros ríos, a fosas comunes o a la basura.

Hay casos de indudable momificación, como el experimentado por el cuerpo de Santa Rosa de Viterbo, que es paseado en procesión todos los años, desde 1251, el 2 de septiembre, en la localidad a la que debe su apelativo. Luego, hay falsificaciones tan burdas como la del pretendido cuerpo de Santa Narcisa de Jesús (nacida en 1832) que se exhibe en un santuario de Guayas, Ecuador, y que es a todas luces una escultura. Luego está la increíble historia de Bernadette Soubirous, una pastora gascona que dijo haber atestiguado apariciones marianas en Lourdes y fue, por ello, considerada santa incluso en vida. Fallecida en 1879, Bernadette ha dejado de ser una chica más bien feúcha y se ha ido transformando, en el curso de su muerte, en un verdadero cuero, a juzgar por las fotos. Un caso semejante es el de la normanda Santa Teresita del Niño Jesús (1873-1897), carmelita que realizó dos milagros póstumos: el primero fue derrotar a la misoginia característica del alto clero católico y fue nombrada Doctora de la Iglesia, la tercera mujer que ha conseguido semejante nombramiento en 2 mil años; el segundo fue embellecer de manera notable gracias a la muerte: sus cejas se acentuaron y depuraron, su nariz se volvió respingona, le crecieron las pestañas, su mandíbula se replegó, sus mejillas adelgazaron y sus labios se volvieron carnosos.

Un fraude inocultable es el de Pío de Pietrelcina (1887-1968), cura tramposísimo que fingía milagros, se presentaba con heridas milagrosas en las manos (estigmas) que en realidad eran lesiones autoprovocadas con ácido nítrico, se enriquecía con las limosnas y se cogía a sus seguidoras más fieles. Pese a ello, murió venerado, sus funerales fueron tumultuosos y en 1999 Karol Wojtyla lo canonizó. (Un destino semejante habría podido correr Marcial Maciel si sus tercas víctimas no hubiesen porfiado en la denuncia de sus crímenes). El cadáver de Pío fue primorosamente embalsamado y cuando lo exhumaron, tres décadas después, lo presentaron como un cuerpo incorrupto por motivos milagrosos.

La tarea de preservar un cuerpo humano para que parezca recién muerto es una broncota. Bien lo saben las generaciones de expertos embalsamadores que han cuidado la momia de Lenin y quienes, a pesar de todo, no han logrado impedir que el cuerpo del bolchevique haya llegado a convertirse en un muñeco pelirrojo y chapeado que aparenta una edad dos décadas menor que la que tenía el propio Vladimir Ulianov en el momento de su muerte. A Eva Perón le fue mucho mejor en manos del doctor Pedro Ara, quien hizo con sus restos una verdadera obra maestra de embalsamamiento que le tomó más de un año. La dejó tan guapa que, como lo contaba documentadamente Tomás Eloy Martínez en su novela Santa Evita, un milico perverso se enamoró de ella y la hizo su amante.

Pero esto ya no tiene nada que ver con el asunto inicial, que era la misteriosa desaparición del muerto que se parecía a El Lazca. Perdonarán la digresión.

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