Sociedad y Justicia
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Mar de Historias

Caleidoscopios

L

imitada por dos avenidas, la calle en donde se encontraba la casa de Elvira Manso era larga y, como tantas de la ciudad, sin nomenclatura. Para verificar que uno había llegado a Florines era necesario preguntárselo a algún vecino.

En Florines todas las edificaciones eran desiguales. Construidas sobre terrenos sinuosos, a la distancia parecían barcas ancladas en aguas serenas. Acentuaba este efecto movedizo el desorden de la numeración: del ocho se saltaba al 90 y luego al l5, después al 40 y más allá no recuerdo a cuál.

En un extremo de la acera norte se encontraba una casa con tejado verde y mansarda. Su estilo francés la hacía sobresalir con respecto de las otras anónimas, elementales, cuadradas, casi todas con sólo dos ventanas y una puerta. Esas aberturas podían equivaler a los ojos y la nariz de un rostro chato dibujado por un niño.

En la esquina opuesta había una casita de ladrillos rojos. El musgo los tapizaba y entre sus junturas florecían diminutas plantas silvestres independientes de las estaciones, invisibles para los gatos que habían hecho suyo el tejado en declive por el que escurría la lluvia o se agitaba el polvo, según la temporada.

II

Si no hubiera sido porque empecé a trabajar con Elvira Manso jamás habría imaginado que existía esa calle y mucho menos que por una larga temporada la acera norte sería mi destino de lunes a viernes, de cinco de la tarde a ocho de la noche.

La primera vez que acudí a Florines tuve la esperanza de que mi paradero fuera la casa de estilo francés. Toqué el timbre. Se asomó por la ventana una muchacha con la cabeza envuelta en una tela blanca. Me di cuenta de que la había interrumpido en su trabajo por el tono áspero con que me dijo que ese era el 12 y no el 101 que yo buscaba. Lo encontré al final de la calle sobre la puerta de la casa de ladrillo en donde vivía Elvira Manso.

Llamé a la puerta y enseguida me abrió una mujer pequeña, redonda, sin cuello, pulcramente vestida de gris que me recordó al hada madrina de Cenicienta. Me invitó a que pasara. El aire olía a cera y a especias. Elvira me condujo a la sala que en realidad funcionaba más bien como oficina. Las paredes estaban recubiertas de anaqueles con libros y en el centro había una mesa con una máquina de escribir hundida entre papeles. Le advierto que aquí no tengo computadora. ¿Le importa? No esperó mi respuesta y se puso a leer mis referencias.

Satisfecha, me preguntó el motivo de mi interés por trabajar con ella. Fui sincera. Estaba cansada del ambiente de la fábrica en donde había sido secretaria. Renuncié sin pensarlo y en el supuesto de que con mi experiencia sería fácil insertarme en otro ambiente. Las consecuencias fueron ocho meses de desempleo en que me convertí otra vez en hija de familia. En medio de la desesperanza, por casualidad leí su anuncio en el periódico: “Persona interesada en realizar trabajo secretarial favor de comunicarse al teléfono…”

Elvira parecía muy divertida con mi historia y me pidió que siguiera adelante, aunque lo que fuera a decirle ella lo supiese al menos parcialmente.

Le conté que de inmediato marqué el número. Me tranquilizó oír una voz femenina enérgica: Diga usted. Expliqué el motivo de mi llamada.

En respuesta mi interlocutora hizo una serie de preguntas acerca de mis trabajos anteriores y al final si podría presentarle dos cartas de recomendación. Le dije que sí. Hizo una pausa y me dio las indicaciones para que fuera a verla el siguiente lunes. ¿Por quién pregunto? Por mí: Elvira Manso.

Correspondió a mi sinceridad con la suya. Me explicó que durante muchos años había sido maestra de literatura en una secundaria. Cuando se agudizó su artritis y se vio obligada a separarse del magisterio, un antiguo amigo, propietario de una modesta editorial que publicaba libros infantiles y juveniles, la invitó a colaborar en ellos. Un tiempo pudo cumplir con las entregas mensuales sin necesidad de ayuda, pero cuando su mal se agravó, no tuvo más remedio que buscar el apoyo de alguien dispuesto a tomarle al dictado sus historias. Esa fue mi ocupación durante cinco años.

A pesar de las dificultades fueron maravillosos, divertidos y sorprendentes. Por la forma en que Elvira concebía sus historias se calificaba como una ladrona. Cuando iba a la calle para hacer compras, trámites o entregar sus materiales en la editorial se llenaba de escenas callejeras, frases oídas al azar, fisonomías, fachadas, objetos invisibles para otros que atesoraba en su memoria, segura de que en algún momento de inspiración iban a servirle para urdir un cuento quizá demasiado inocente a través del cual trataba de corregir injusticias y aberraciones.

Los ancianos solitarios, los niños comerciantes abandonados a los peligros de la ciudad y los animales que descubría prisioneros en un balcón o a las puertas de un comercio eran sus obsesiones. Con frecuencia me dictaba historias en que los viejos se reunían con sus familias que los habían abandonado, los niños contaban sus sueños sin que nadie los interrumpiera obligándolos a guardar silencio, y las mascotas conquistaban su libertad en nuevos espacios.

Supongo que Elvira jamás supo quiénes fueron los lectores de sus ficciones. Las concibo como caleidoscopios en donde pequeños trozos de vidrio, al agitarse, integran figuras maravillosas y únicas que al desaparecer dan origen a otras.

Por mi parte, ignoro quién habrá sido o será lector de las narraciones escritas por Elvira Manso. Yo fui una de ellos y con el privilegio adicional de haber seguido, al ritmo de la máquina de escribir, la construcción de mundos felices que tal vez nunca existieron ni existirán más allá de las páginas concebidas en aquella casa de ladrillo rojo.

No quiero pensar en Elvira Manso muerta. Prefiero suponer que si no la veo es porque sigue en su infatigable caminata por las calles en busca de una fisonomía, una sombra, un objeto, una frase, un trozo de vidrio para empezar de nuevo a urdir con palabras sus relatos, sus caleidoscopios.