Opinión
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Mar de Historias

Domingos familiares

E

n la semana pocas veces comemos juntos, pero antes los domingos siempre lo hacíamos en familia. Unas veces íbamos a la casa de mis abuelos, otras a las de mis tíos y luego ellos venían a la nuestra. Mi mamá decidió que se suspendieran las reuniones después de que en la última mi tío Ramiro y mi papá casi terminaron a golpes y todo porque cada uno apoya a un partido y tiene su candidato para la Presidencia.

Ese domingo estábamos comiendo la sopa de arroz cuando pasó frente a la casa una manifestación en apoyo de un candidato. Mi papá aseguró que el suyo era el mejor. Mi tío Ramiro le dijo que estaba equivocado, el bueno es al que él le va porque es el único que tiene ideología y cuenta con el cariño del pueblo. Mi mamá le respondió que cómo no iban a adorarlo si su gente anda por todas partes repartiendo leche, costales de cemento y quién sabe cuánto más. Mi abuelita comentó que por su colonia los militantes de otro partido también regalan huevos y rejillas de refrescos.

Mi tía Margarita les preguntó que para qué se preocupaban tanto si al final de cuentas todos los candidatos hacen lo mismo y cantan las mismas promesas. Mi prima Laura quiso saber por quién iba ella, y mi tía Margarita le respondió que por Perico el de los Palotes o por Chucho, el tapicero de la esquina. Mi mamá le preguntó qué ganaba con eso, y ella le respondió que una cosa muy buena: no darle su apoyo a ningún político porque, ya lo había dicho, todos esos hombres estaban cortados por la misma tijera y su único interés verdadero es el poder.

En ese momento mi hermana Delia pegó un golpe en la mesa y le concedieron la palabra. Cuando todo el mundo estaba callado acusó a los hombres de la familia de machistas asquerosos. Ellos nada más tomaban en cuenta a los candidatos. Ninguno se había puesto a pensar que era el momento de que una mujer conquistara la Presidencia. Mis primos y yo aplaudimos, pero Ubaldo, el marido de mi hermana (no le digo cuñado porque me cae en las muelas) le aconsejó que no anduviera diciendo pendejadas porque gobernar ha sido, es y será siempre cosa de hombres.

Se oyeron chiflidos cuando mi prima Tere le dio la razón a Ubaldo. Mi abuela, en cambio, dijo que pensaba lo mismo que Delia y que hasta le había puesto sus veladoras a la Virgen de Guadalupe y a Santa Rita para que al fin tuviéramos presidenta. Mi papá me cerró el ojo y movió la cabeza como diciendo: No hagas caso de esa viejita tonta, y pidió a mi abuelo su opinión. El pobrecito nada más abrió los ojos, probó la sopa y volvió a cabecear. Como vio que me reí, mi mamá me dio un pellizco y luego se fue a prender la estufa, porque con tanta plática su molito se había enfriado.

II

Mientras esperaba que le sirvieran otro plato, mi tío Ramiro, como siempre, quiso hacerse el muy sabihondo, el muy acá. Según él, lo que nos falta es cultura política, no como a los chilenos y a los argentinos. Mi papá le preguntó qué sabía él de lo que verdaderamente ocurre entre esa gente, si ni la conoce.

Mi tío se limpió la manos batidas de mole y le contestó que le bastaba con leer el periódico y nos sonrió a mí y a mis primos como si hubiera dicho la gran cosa. Tula, su mujer, lo miró muy orgullosa. Eso lo volvió más gallón y le dijo a mi padre con un tonito bien gacho, que en buena onda le aconsejaba que el tiempo que invertía en ver programas de deportes y telenovelas se pusiera a leer el periódico.

Mi mamá salió en defensa de mi padre y le aclaró que, por si no lo sabía, a nuestra casa llegan dos periódicos, y él nunca deja de verlos, ni siquiera cuando regresa muy noche de su trabajo. Mi tío se pasó recalcándole que una cosa era ver y otra muy distinta analizar. Mi abuela le ordenó que en vez de picarle la cresta a su hermano mejor siguiera comiendo. En vez de tomar en cuenta el consejo, mi tío Ramiro le aclaró que él no trataba de provocar a mi padre, sólo quería sacarle tanta basura que tiene en la cabeza y volvió a sonreírnos como diciendo: ¿A poco no soy chingón?

Mis primos y yo nos asustamos cuando vimos que mi papá se levantó tan furioso que hasta tiró la silla y le gritó a su hermano que no iba a soportar que lo pendejeara, menos estando en nuestra casa y señaló la puerta. Tula se quitó la servilleta y le dijo muy digna: creo que nos están corriendo. Mi tío gritó que muy bien, que se iba, pero antes quería darse el gusto de romperle la madre a mi papá. Mi abuela les recordó que son hermanos y no estaba bien que se trataran así. Ellos no la pelaron y se fueron uno encima del otro. Si no ha sido porque mi prima Laura se mete entre los dos, quién sabe qué habría sucedido.

III

Después de que se salieron Ramiro y Tula, los demás invitados empezaron a levantarse de la mesa y a despedirse. Mi mamá les pidió que no se fueran, que no le dejaran su molito que le había salido tan bueno y les faltaban los chongos zamoranos. Nadie aceptó quedarse. La única que lo hizo fue mi tía Margarita, y eso nada más mientras mi mamá le ponía en un túper su ración de guisado.

Mi mamá se quedó muy molesta. Lo noté por su cara y por la forma tan violenta con que se puso a levantar los platos. Extrañado, mi papá le preguntó si ya no seguiríamos comiendo; por lo menos él pensaba hacerlo, porque las imbecilidades de su hermano no iban a quitarle el hambre ni el sueño ni nada. Ella no tuvo más remedio que servirnos de nuevo. Lo hizo de tan mala gana que manchó el mantel. Luego se sentó, pero en vez de comer se puso a llorar. Le pregunté por qué lo hacía. Me respondió que estaba muy triste porque una reunión agradable se había convertido en un pleito que tal vez distanciara a la familia durante mucho tiempo, y ¿todo por qué? Por no saber respetar las opiniones ajenas.

Mi papá se le quedó viendo muy feo y la acusó de estar dándole la razón a mi tío Ramiro. Mi mamá le preguntó que de dónde sacaba esa locura y luego me dijo: ¿crees que en algún momento le di mi apoyo a tu tío o me puse de su lado? Como no abrí la boca me exigió que respondiera, pero seguí calladito.

Mi papá le advirtió que no le parecía bien que estuviera poniéndome en su contra, que si no tenía suficiente con haberlo hecho pelearse con su hermano. No puedo creer lo que oigo, no puedo… repetía temblando mi mamá. Mi padre, en vez de tranquilizarla se levantó de la mesa y nos dijo que mejor se iba para no seguir discutiendo. Mi mamá le gritó que estaba harta de su cochina política y de todo. Me vale, le refunfuñó mi padre. Eso acabó de enfurecer a mi madre y entonces lo amenazó con que nunca, jamás, volvería a invitar a nadie a la casa. Le pregunté si ni siquiera a mis abuelitos y a mis primos cuando sea mi cumpleaños. Ella sólo me dio un beso y volvió a llorar.