Opinión
Ver día anteriorMiércoles 4 de abril de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El empuje por la continuidad
A

juzgar por los números de las encuestas hasta hoy publicadas, la voluntad de los electores se inclina, decididamente, por la continuidad de los usos y las consecuencias del modelo económico vigente. La suma de las simpatías por PRI y PAN (80 por ciento) es determinante para arribar a un juicio de este calado. Los mexicanos, en especial las mayorías de clase media y baja, supuestamente votarán por los que, de varias y variadas maneras, han sido sus verdugos. Inclinarse de manera tan decidida por sorber una cucharada de más de lo mismo aparece como una tendencia ya consolidada en años recientes. Los apoyos a tales posturas provienen, qué duda cabe, de los sectores beneficiados por el actual reparto del poder, las oportunidades y la riqueza generada. En primerísimo lugar por la irredenta, cruenta e irreductible ambición de la plutocracia dominante (interna y del exterior), que no admite, siquiera, una minúscula posibilidad de cambio. En un segundo plano el sostén proviene de aquellos estamentos sociales situados en las cúspides asalariadas de las distintas burocracias (pública o privadas), de la atrincherada opinocracia mediática o la misma academia. Estos agrupamientos se uniforman de una manera que bascula entre la dureza conceptual y la soberbia clasista para recalar, con férrea pinta facciosa, en grotesco fanatismo simplista.

El modelo neoliberal (consensuado en Washington) impuesto a rajatabla en México no es diferente del que aprisiona a otras naciones latinoamericanas. Tampoco se diferencia del implantado en casi todos los países avanzados. Las excepciones a tal regla son notables y escasas: Noruega, Dinamarca, Japón, Suecia, Finlandia, hasta algún punto medio en Alemania y poco menos en Francia. Todos estos países tienen regímenes de bienestar colectivo e índices (Gini) de igualdad aceptables. La tendencia a la desigualdad que genera el modelo es apreciable y todo apunta a que, al menos en México, se habrá de prolongar por tiempo indefinido si el pueblo no dice, finalmente, lo contrario. Por lo pronto, los datos disponibles en varios lugares. EU, por ejemplo, confirma lo dicho: ahí, 93 por ciento de los ingresos adicionales de 2011 se quedaron entre los más ricos de esa sociedad (uno por ciento). Unos cuantos años, y según narra Robert Reich (Harvard), durante los primeros años del siglo XXI se apropiaban de 65 por ciento. Con anterioridad a esas fechas (los noventas) apenas lo hacían de 45 por ciento del total. En México la desproporción es casi idéntica, si no es que más desbalanceada, pues aquí la desigualdad, sobre una base de pobreza mayúscula, se ha acelerado en el lapso de las últimas dos décadas. Las urgencias de las élites por generar productividades adicionales en el aparato económico tienen como supuesto, no explícito, claro está, que tal riqueza se quede entre los mejores situados para usufructuarla y para jamás repartirla de manera equitativa. Es por tales razones que se proclama la imperiosa necesidad de aprobar reformas tales como la fiscal o, más en concreto, la laboral. Ambas diseñadas, en paquete, por los centros financieros mundiales y retrasmitida, por sus aliados y clones locales, como indispensables para el progreso.

Mucho del destino futuro dependerá de la conciencia soberana que logren clarificar los mexicanos, en conjunto con otros pueblos que padecen asedios imperiales e intentos de independencia semejantes. Los esfuerzos por superar el ambiente, y las presiones para sujetar a los descarriados del sistema dominante son dignos de elogio y puntuales seguimientos. Hay algunos países que andan buscando respuestas, métodos organizativos y medios para revertir las tendencias uniformadoras imperantes. Tales sociedades y sus liderazgos tienen que remar contra todo tipo de oposiciones, en especial esas que se trasmiten a través de los medios de comunicación afiliados a la derecha financierista y que integran la aplastante mayoría.

Las venideras no serán unas elecciones normales. La importancia del desenlace rebasa, por mucho, el simple trasvase entre equipos gobernantes y programas idénticos o parecidos, como plantean tanto el PAN como el PRI. Se tratará de escoger entre la continuidad de un régimen provocador de la desigualdad más lacerante y el cambio efectivo y doloroso del injusto modelo hasta ahora vigente. El aparato de comunicación nacional casi en su totalidad se va alineando, con marcado acento desinformador, tras el reforzamiento de las pulsiones que apuntan hacia preservar los privilegios injertados en el entramado de dominación imperante. Sus muchos voceros no pierden ocasión para proclamar tales conveniencias. A veces lo hacen de manera abierta, compulsiva y hasta avasallante por el número y la intensidad de sus voces. En otras ocasiones, más sutiles e inteligentes, canalizan sus inquietudes e intereses grupales, de manera lateral: publican libros, ora libelos y ciertos desplegados de prensa donde priorizan sus querencias e inclinaciones, siempre suponiendo una agenda específica de perfil derechista. Otros, más emboscados aún, lanzan cuestionamientos plagados de prejuicios clasistas hacia las izquierdas en general, las internas y las de fuera.

La suerte aún no está echada. Falta una fase definitoria y la esperanza de un golpe drástico todavía flota en el ambiente. Es difícil, si no es que imposible, aceptar como mantra impuesto el estancamiento productivo y la desigualdad creciente procreado por el modelo neoliberal entronizado por la hermandad de PRI y PAN. La inserción subordinada y dependiente a la globalización, con sus consecuencias inevitables de inseguridad impune, entreguismo, pérdida de expectativas y clasismo no puede, o al menos no debe, prevalecer. Terribles realidades que una vestimenta impecable, las frases inocuas, el encuadre refinado y los rostros maquillados no logran ocultar.