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Benedicto XVI no recibirá a las víctimas de Maciel
B

enedicto XVI en sus últimos viajes ha incluido espacios y se ha dado tiempo para consolar y encontrarse con víctimas de abuso sexual. Así lo hizo en su viaje a Estados Unidos y Australia (2008), Portugal y Malta (2010), Reino Unido y Alemania (2011). Imágenes que han dado la vuelta al mundo nos presentan al Papa consternado, avergonzado y cercano humanamente con las víctimas de la pederastia clerical. En Malta incluso se le ve llorando ante los testimonios y relatos de las personas víctimas de abuso por religiosos. Ahí el propio pontífice condenó los crímenes indescriptibles. Sin embargo, en la agenda de viaje a México, destaca la ausencia de dicho gesto con las víctimas de Marcial Maciel. Desconocemos si incorporará el tema en sus mensajes, pero llama la atención el vacío, máxime si el propio Marcial Maciel y los legionarios de Cristo son de origen mexicano. No sabemos si los propios ex legionarios estarían dispuestos al encuentro con el Papa porque estos actos se han venido desgastando y han sido utilizados más como espectáculos de contrición simbólica que efectivas medidas contra los abusos. Pero al fin y al cabo han sido gestos de reconciliación y perdón. Es notable y hasta cierto punto preocupante el abandono en su agenda de una cita que en el papel lucía obligada. ¿Es una señal u omisión imperdonable? Es un agravio que se suma al desprecio que durante décadas sufrieron las denuncias de ex legionarios por parte de la burocracia de la Iglesia y la complicidad de poderes fácticos como empresarios y políticos mexicanos, así como muchos medios de comunicación. Es cierto que en su último viaje a Alemania, en 2011, dicha fórmula del encuentro mediático mostró sus límites. La Red de Víctimas por la Violencia Sexual en Alemania tachó de hipócrita la reunión que el pontífice mantuvo con dos mujeres y tres hombres, todos ex alumnos de instituciones educativas católicas.

Podríamos suponer que la gravitación de los legionarios es aún tan fuerte en nuestro país como para obstaculizar dicho encuentro, que pondría nuevamente en evidencia la red de complicidades y encubrimientos que arroparon al depredador Maciel. El tema, sin duda, es incómodo para la Iglesia, ya que de manera incomprensible no se ha pronunciado hasta ahora de manera pública y colegiada sobre los escándalos del fundador de la legión. Pareciera que Benedicto XVI guarda el mismo silencio que el propio Episcopado mexicano ha mantenido a lo largo de todo este torbellino de revelaciones e impunidades que Maciel gozó en vida. Qué incómodo reabrir la memoria que dé cuenta de que las patologías de Maciel reflejan también las patologías de la propia Iglesia católica. Silencio cómplice, el aquí no pasa nada, como si Maciel, los legionarios y las víctimas fueran de un lejano país o de otro planeta. Salvo solitarios pronunciamientos de monseñor Abelardo Alvarado, obispo auxiliar emérito de la arquidiócesis de México, y algunas declaraciones banqueteras, los obispos mexicanos le deben a su feligresía y a la sociedad un pronunciamiento público amplio, extenso y detallado en torno a Maciel. Y un deslinde de responsabilidades, así como el cuestionable comportamiento y posicionamientos de algunos de sus miembros, como el vulgar Onésimo Cepeda y el arropo cómplice del cardenal Norberto Rivera.

Resulta discordante la postura reciente del nuncio en México, Christophe Pierre, quien destacó el esfuerzo del Vaticano para luchar contra la pederastia cometida por sacerdotes dentro de la Iglesia católica y pidió actuar con firmeza con el fin de proteger a la niñez. De manera explícita afirmó: si hay personas dentro de la Iglesia que se comportan de forma contraria a las enseñanzas de Cristo, yo pienso que hay que intervenir con mucha firmeza (Notimex, 26/2/12). Insisto: resulta incomprensible que por un lado la Iglesia exalta su rechazo a la pederastia, organiza coloquios en Roma y se exclaman consignas de condena, mientras la comitiva vaticana desecha un encuentro ineludible, y sea tan insensible como para dejar de lado a las víctimas de Maciel, que han desplegado por más de veinte años una denuncia heroica. Los ex legionarios, encabezados por José Barba, soportaron la indiferencia burocrática de Roma, la incomprensión y amenazas de los poderes fácticos; la hostilidad de de algunos prelados y aquellos periodistas que se atrevieron sacar a la luz pública sus demandas y testimonios sufrieron represalias de todos conocidas.

Si el Papa ha entrado en contacto con las víctimas de abuso clerical en muchos otros países, ¿por qué en México no? Hay otra hipótesis que se orienta a la grave crisis interna que padece la Legión de Cristo. No hay que olvidar que la restructuración de la orden religiosa está en manos del propio pontífice; ha sido cuestionada por su tibieza y lentitud, porque persisten, según sus detractores internos, prácticas de mentiras y de manipulación. La actuación del cardenal Velasio de Paolis, delegado pontificio para la Legión de Cristo, ha sido cuestionada y puesta bajo sospecha dado el exasperante tono gradualista que ha propiciado un constante abandono de aquellos legionarios que esperan una renovación más decidida y profunda. De Paolis parece instalado en una zona de confort que lo ha llevado a enfrentarse con aquellos sectores de legionarios más aperturistas y renovadores. En los últimos dos años oficialmente ceca de 59 sacerdotes han abandonado la legión, aunque se habla de más de 100. Igualmente, de las consagradas del Regnum Christi, 156 han caudado baja e incluso han conformado una nueva congregación femenina llamada Totus Tuus, bajo el protectorado del episcopado chileno.

Sin embargo cualquier hipótesis no justifica la falta de atención del Papa a la noble y notable lucha de las víctimas de Marcial Maciel.