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La Folie Baudelaire
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Charles Baudelaire (1821-1867)
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egún Sainte-Beuve, Baudelaire se había construido un quiosco peculiar, muy decorado, muy atormentado, pero coqueto y misterioso al que llamó la Folie Baudelaire (Follie era el nombre característico del siglo XVIII para ciertos pabellones dedicados al ocio y el placer). En el centro de este libro –anotan sus editores– hay un sueño cuya acción se desarrolla en un inmenso burdel que es a la vez un museo. Es el único sueño que Baudelaire ha contado. Entrar en él es sencillo, pero sólo se sale a través de una red de historias, relaciones y resonancias que envuelven no solamente al soñador sino a aquello que lo rodeaba. Allí destacan dos pintores acerca de los cuales Baudelaire escribió con impactante agudeza: Ingres y Delacroix: y otros dos que sólo a través de él se develan: Degas y Manet. Con autorización de la editorial, Anagrama, compartimos con nuestros lectores el arranque de esta novela fascinante, La Folie Baudelaire, que ya circula, del notable escritor italiano Roberto Calasso

Baudelaire le proponía a su madre Caroline encuentros clandestinos en el Louvre: No hay otro lugar en París donde se pueda conversar mejor; hay calefacción, se puede esperar sin aburrirse y por otra parte es el lugar de encuentro más decente para una mujer. El miedo al frío, el terror del aburrimiento, la madre tratada como una amante, la clandestinidad y la decencia sumados en el lugar del arte: sólo Baudelaire podía combinar estos elementos casi sin darse cuenta, con completa naturalidad. Era una invitación irresistible, que se hace extensiva a quienquiera que la lea. Se puede responder a esa invitación vagando por Baudelaire como por uno de los Salons sobre los que escribió –o incluso como por una Exposición Universal–. Encontrando de todo, lo memorable y lo efímero, lo sublime o la baratija; y pasando continuamente de una sala a otra. Pero si entonces el fluido aglutinante era el aire impuro de su tiempo, ahora lo será una nube opiácea, en la que esconderse y recuperar fuerza antes de volver al aire libre, en las vastas superficies, letales y pululantes, del siglo XXI.

Todo lo que no es inmediato es nulo (Cioran, una vez, conversando). Incluso sin hacer concesiones al culto de la expresión silvestre, Baudelaire poseyó como pocos el don de la inmediatez, la capacidad de no excluir palabras que enseguida corren en la circulación mental de quien las encuentra y allí permanecen, a veces en estado latente, hasta que un día vuelven a resonar intactas, dolorosas y encantadas. En voz baja, ahora conversa con cada uno de nosotros, escribe Gide en su introducción a Les Fleurs du mal de 1917. Frase que debe haber impactado a Benjamin, pues la encontramos en los materiales para el libro sobre los passages. Hay algo en Baudelaire (como más tarde en Nietzsche) tan íntimo como para anidar en esa selva que es la psique de cualquiera, sin volver a salir. Es una voz “apagada como el rumor de los coches en la noche de los boudoirs acolchados”, dice Barrès, repitiendo las palabras de un oculto apuntador, que es el propio Baudelaire: No se oye otra cosa que el rodar de algún coche de punto tardío y extenuado. Es un tono que sorprende como una palabra dicha al oído en un momento en que no se la esperaba, según Rivière. En los años en torno a la Primera Guerra Mundial esa palabra parecía haberse vuelto un huésped indispensable. Repicaba en un cerebro febril, mientras Proust escribía su ensayo sobre Baudelaire enhebrando citas de memoria como si fuesen canciones infantiles.

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Portada del libroFoto Musée Ingres Montauban/ Guy Roumagnac
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Roberto Calasso (Florencia, 1941)Foto Giorgio Magister

Para quien está rodeado y como atormentado por la desolación y el agotamiento, es difícil encontrar algo mejor que una página de Baudelaire. Prosa, poesía, poemillas en prosa, cartas, fragmentos: todo sirve. Pero, si es posible, prosa. Y, dentro de la prosa, aquella sobre los pintores. Quizá sobre los pintores hoy ignorados, de los que apenas se conoce el nombre y las pocas palabras que Baudelaire les ha dedicado. Lo observamos en su flânerie, en medio de una masa bullente, y tenemos la impresión de que un nuevo sistema nervioso se está superponiendo al nuestro y lo somete a frecuentes, mínimos golpes y heridas. Así una sensibilidad torpe y árida se ve constreñida a despertarse.

Existe una ola Baudelaire que lo atraviesa todo. Tiene su origen antes de él y se propaga más allá de todo obstáculo. Entre los picos y las caídas de esa ola se reconocen Chateubriand, Stendhal, Ingres, Delacroix, Sainte-Beuve, Nietzsche, Flaubert, Manet, Degas, Rimbaud, Lautréamont, Mallarmé, Laforgue, Proust y otros, como si fueran investidos por esa ola y, por momentos, sumergidos. O como si fuesen ellos quienes chocaran con la ola. Arranques que se cruzan, divergen, se bifurcan. Remolinos, vórtices repentinos. Después sigue la corriente. La ola continúa su viaje, dirigida siempre hacia el fondo de lo desconocido, de donde provenía.

Sentimiento de gratitud y de exaltación, cuando se leen estas líneas de Baudelaire sobre Millet: “El estilo le trae mala suerte. Sus campesinos son pedantes que tienen una opinión elevada de sí mismos. Muestran un embrutecimiento sombrío y fatal que da ganas de odiarlos. Ya sea que cosechen, siembren, hagan pastar a las vacas o esquilen a los animales tienen siempre el aspecto de estar diciendo: ‘¡Pobres desheredados de este mundo, somos nosotros quienes los fecundamos! ¡Cumplimos una misión, ejercemos un sacerdocio!”’

El público circulaba por los Salons provisto de un cuadernillo que indicaba el tema de cada cuadro. Juzgar un cuadro consistía en evaluar la adecuación de la representación visual al asunto ilustrado. Generalmente, eran de tema histórico (o mitológico). El resto eran paisajes, retratos o cuadros de género. El desnudo se insinuaba aprovechando cualquier oportunidad ofrecida por episodios mitológicos o históricos o bíblicos (así, la Esther de Chassériau, arquetipo regio de toda pin-up). O, en otras ocasiones, quedaba protegido por la etiqueta de género orientalista. Baudelaire observó un día a dos soldados que visitaban el Salon. Permanecían en “contemplación perpleja frente a un interior de cocina: Pero, entonces, ¿dónde está Napoleón?, decía uno (el catálogo estaba equivocado en el número, y la cocina estaba marcada por el número que correspondía en verdad a una batalla célebre). ¡Imbécil!, le dijo el otro, ¿no ves que preparan la sopa para su regreso? Y se iban contentos con el pintor y contentos consigo mismos”.