Opinión
Ver día anteriorSábado 12 de noviembre de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Los votos contados a solas
M

e contaba Luis Yáñez, quien vino a observar las elecciones del domingo en Nicaragua a la cabeza de la misión de la Unión Europea, que una vez le tocó cumplir un trabajo semejante en una de las nuevas repúblicas que habían surgido al desmoronarse la Unión Soviética. El viejo líder supremo del partido se había cambiado de disfraz y se presentaba como candidato a presidente porque no tenía más alternativa que jugar a demócrata ante los nuevos tiempos.

El día de las votaciones le tocó a Luis ir a un área rural bastante alejada de la capital a ver cómo andaba el proceso, y a la hora en que se acercaba el escrutinio llegó a una escuela donde el profesor, que era el presidente de la mesa, se negó a dejarlo entrar. Le mostró su credencial, insistió, el otro se resistía, y de pronto el hombre lo que hizo fue tomar la urna de votos y salir corriendo con ella por un pasillo hasta encerrarse en su oficina. Luis entró tras él, y se encontró con que había vaciado todas las papeletas en el suelo, y con la urna vacía en las manos lo miraba con sonrisa triunfante.

El destino de la democracia en aquel país, con los votos desparramados en el piso, quedaba así ilustrado mejor de lo que pudiera decirlo cualquier informe técnico. Por supuesto que el viejo líder ganó las elecciones, y luego lo sucedió su hijo, seguramente porque los presidentes de mesa siguen huyendo, llevándose como botín las urnas con los votos.

Esta historia podría parecer escrita por Gogol o por Pirandello. Alguien que sale corriendo con la urna llena de votos, en toda buena literatura es un personaje risible, un personaje de comedia, pero con un sustrato trágico, y ese personaje es capaz de encarnar a la historia real, darle rostro, y darle un sentido. Y es una imagen de lo que pasó en Nicaragua el pasado domingo. El partido oficial se llevó las urnas con los votos y se encerró a solas, desparramó las boletas por el suelo, y se sentó a contarlos sin testigos. Frente a cualquier observador que abriera de pronto la puerta, y lo encontrara en su tarea fraudulenta, lo que haría sería reír.

En miles de juntas receptoras los votos fueron contados a solas, porque existió desde el principio un plan deliberado y concertado para impedir que los fiscales de los partidos de oposición estuvieran presentes. Se les denegaron las credenciales mediante toda clase de trampas, y en comunidades rurales donde ya no pudieron impedir que los fiscales se integraran a las mesas, simplemente no se abrieron los centros de votación.

Miles de ciudadanos pelearon hasta el último momento para que se les entregaran sus cédulas de identidad, sitiando las oficinas electorales con tranques de carreteras, y al final, en uno de tantos casos, tomaron por asalto esas oficinas, sacaron las cédulas retenidas y fueron a entregarlas al cura para que se encargara de repartirlas a sus legítimos dueños. Ahora, en lugar de la puesta de una pieza de Pirandello, tenemos una película de Berlanga.

Donde se denegaron las cédulas fue porque el partido oficial temía perder; mientras tanto, a sus propios partidarios, las cédulas les eran entregadas a domicilio, cortesía de la casa. Y miles de muertos, como en las Almas muertas de Gogol, figuraban en las listas del padrón que el elector debía consultar en los centros de votación para saber a qué junta receptora dirigirse. En Matagalpa, leo, un humilde votante, Jacinto Villalta López, vio en la lista el nombre de su hija, Claudia Carolina Villalta Cano, fallecida de cáncer en 1999, a los 21 años de edad. Ya había votado desde el más allá, o alguien lo había hecho por ella. No le quedó sino llorar.

Roberto Courtney, el director de Ética y Transparencia, un prestigioso instituto que ha observado y evaluado los anteriores procesos electorales en Nicaragua, y al que esta vez se le negó participación, ha declarado que de las 13 reglas internacionales que sirven para medir la transparencia de unas elecciones, éstas del domingo salen aplazadas en 12. Es decir, pierden toda credibilidad. Lo mismo ha dicho Roberto Bendaña, presidente de otro de los organismos consagrados a la observación electoral, Hagamos Democracia, al que también se le denegó la participación. Las ha calificado de bochornosas.

Hubo en estas elecciones 12 mil juntas receptoras de votos, y en cerca de 4 mil de ellas el partido oficial se quedó solo contándolos a su gusto. Donde no había ni un solo fiscal de la oposición, el votante se enfrentaba a los directivos de la mesa electoral que son del partido oficial, o afines a él; a los fiscales del partido oficial, a los policías electorales nombrados por el Ministerio de Gobernación, es decir, por el partido oficial. Y en todas las demás estructuras, de abajo hacia arriba, estaba el partido oficial con sus mil manos y sus mil rostros, hasta llegar al Consejo Supremo Electoral, integrado todo por magistrados del partido oficial, o fieles al partido oficial.

Toda una maquinaria teatral donde actores y actrices principales y secundarios, tramoyistas, teloneros, apuntadores, guionistas, libretistas, pertenecen sin excepción al partido oficial. Una gran puesta en escena. Una gran farsa.

De esta manera, el comandante Daniel Ortega, cuya candidatura era ya de todas maneras ilegal porque la relección está prohibida por la Constitución, aparece ganando, según los resultados oficiales, por más de 60 por ciento de los votos, y por más de 70 por ciento en Managua. Camino a la unanimidad que alcanzará en el futuro.

Porque al partido oficial, en las mismas elecciones, le han sido adjudicados un número abultado de diputados, suficientes para cambiar la Constitución Política, establecer la relección sin plazo ni medida, y darnos un régimen político de democracia directa, regido por los Comités de Poder Ciudadano, viejo y obsoleto sueño que ahora va a tomar cuerpo.

¿Ganó el comandante Daniel Ortega estas elecciones? ¿Cuántos votos sacó de verdad? ¿Cuántos votos sacó de verdad el candidato que se le oponía, Fabio Gadea Mantilla? Parece que ya nunca podremos saberlo.

Al final de la función, los reflectores caen sobre la figura del hombre solitario que cuenta los votos sentado en el piso después de vaciar la urna con la que ha huido a la carrera.