Espectáculos
Ver día anteriorDomingo 6 de noviembre de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio

El Flaco de Úbeda se presentó en el Auditorio Nacional

Con canciones calientes, Sabina agradeció aplausos

El cantante se congratuló por la presencia de Gabriel García Márquez

Foto
El músico español actuó en Auditorio Nacional, como parte de la gira El penúltimo trenFoto Fernando Aceves
 
Periódico La Jornada
Domingo 6 de noviembre de 2011, p. a10

El pasado viernes, el músico y poeta Joaquín Sabina agradeció la presencia de Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, en el primero de sus cuatro conciertos en el Auditorio Nacional, los cuales son parte de su gira El penúltimo tren, que lo ha llevado a varias ciudades de la República Mexicana.

Expresó lo anterior cuando su recital estaba en su mejor momento, ante un público entregado totalmente, que llenó el foro de Reforma.

El llamado Flaco de Úbeda ingresó al escenario con saco negro, camisa negra y pantalón rojo, además de su ya característico sombrero tipo bombín, que ha impuesto una especie de moda, lo cual se pudo constatar por los numerosos jóvenes del público que llevaban prendas similares.

Fue el rencuentro de Sabina con el público del Distrito Federal, luego que en junio pasado tuviera que postergar sus presentaciones por padecer una agudización de su diverticulitis.

Se disculpó a su manera, bromeando: Me caí de un cocotero. Lo que queremos es devolverles a ustedes en forma de canción caliente todos los aplausos que nos han dado durante todos estos años.

El repertorio comenzó con Esta noche contigo, Tiramisú de limón y Virgen de la amargura, de su disco Vinagre y rosas. La conexión fue inmediata y parejas se abrazaron. Las letras de Sabina confrontan vivencias con su manera de entender los sentimientos amorosos.

Otro momento de aplausos para el autor de Cuando era más joven fue aquel en que manifestó su admiración por la escritora Ángeles Mastretta. Dijo que le nació el deseo de conocerla luego de leer la novela ¡Arráncame la vida! No pudo ser mi señora porque ya tenía un marido, Héctor Aguilar, dijo.

Algunas mujeres aprovecharon la ocasión para gritarle su disposición para hacerle compañía. Sabina tan sólo las saludaba. Las más afortunadas recibían un toque de mano.

Su voz, cada vez más aguardentosa, no es óbice para nada y los asistentes corearon igual, con entusiasmo, tristeza o alegría. Los temas sabinescos están impregnados de alquitrán, de noche y calle, de historias de parejas que viven intensos encuentros, los cuales los llevan del bar al hotel, o al departamento de soltero. Una noche y adiós.

Sabina dice lo anterior a su manera y las ganas de vivir sin órdenes de jefecitos oficinescos rebotan y generan rebeldía. Lo mismo pasa con el amor, el cual en Sabina debe ser total, al grado de equipararlo con la muerte. Lo que quiero es que mueras por mí, o bien es huidizo, fugaz, inasible: No voltees atrás, porque ya no estaré. Peces de ciudad, Una canción para la Magdalena y Todavía una canción de amor, fueron eslabones de una cadena de subjetividades. El amor, imposible de definir, tiene millones de formas para expresarlo. Es un tópico inagotable.

Cuando interpretó Princesa, revancha hecha canción, el mejor Sabina pisaba el Auditorio Nacional. Diecinueve días y 500 noches, Tan joven y tan viejo, y Noches de boda, para rematar con Y nos dieron las diez, que creó un ambiente cantinesco.

Minutos antes había dicho que esta gira lo había llevado a varias ciudades de Estados Unidos, como Nueva York. En Los Ángeles, bueno, hay puros mexicanos. ¡No hay hijos de la gringada, sino hijos de la chingada!

A su manera, cantó No te vayas, de José Alfredo Jiménez, que le sirvió para citar una vez más su admiración y cariño por Chavela Vargas.

Subió el tono con La del pirata cojo. Se despidió con Pastillas para no soñar, que se oyó tararear incluso afuera del Auditorio Nacional.