Opinión
Ver día anteriorSábado 17 de septiembre de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Crimen y política: la frontera evanescente
D

erivas de Dogville. Uno siempre puede leer a Dogville, la película de Lars von Tiers (2003), como una de las tramas posibles de la tragedia moderna. Grace, una bella joven que huye de la mafia, busca refugio en un pequeño poblado en la época de la Gran Depresión en Estados Unidos. Tom, el intelectual del pueblo, convence a sus escasos habitantes de que le brinden asilo a cambio de trabajo. Pasan los días y Grace parece haber encontrado el lugar con el que siempre había soñado. Solidaridad, generosidad, trabajo honesto y un anuncio de romance con Tom que tímidamente le declara su amor. Después llega la policía para preguntar si no la han visto. Dogville se deja convencer por el argumento de Tom de que la mafia le ha puesto precio a la cabeza de Grace y no la entrega. Pero el precio del secreto será más alto.

Lo que sigue es una crónica de lo inefable. Cada vecino se aprovecha de ella. Cada uno desborda las fuerzas más ocultas de su yo (el interés individual en su superficie) en ella. Grace es violada por los hombres y humillada por las mujeres. Al principio se lo explica a sí misma como un quid pro quo: protección a cambio de disposición. Decide entonces huir y cae entonces en la trampa del último hombre que no la había tenido. Después de una asamblea, donde cuenta su historia, le colocan grilletes para que no intente huir de nuevo. Los hombres continúan aprovechándose de ella, hasta que Tom la delata a los gánsters en espera de la recompensa. Los gánsters llegan, entre ellos el padre de Grace. Al final, los ayuda a masacrar al pueblo. ¿Donde todos son culpables ya no hay castigo posible? ¿Es la venganza una forma de justicia?

¿Tragedia o catástrofe? Dogville es la metáfora irresuelta de la libertad individual: si cada quien actúa como si no existiesen más que los mandatos profundos del yo, ¿al final qué queda? Un mundo enardecido en el que el crimen es la última ley... sumaria. La distinción entre la tragedia y la catástrofe reside en que la primera trata de una caída que repara un futuro, que crea una nueva ley, mientras que la segunda confina al pasado en una zona de desastre, un sitio de no retorno, la escena de lo inefable.

La catástrofe mexicana de los pasados cinco años comienza en el ideal que mueve al insignificante vecino de Dogville a cumplir con el mandato de su pulsión más profundo en libertad discrecional: eso que yo quiero. En el templete, el egoismo social; en las profundidades, una sociedad que lo celebra. Ahora, aterrada por su descubrimiento.

La inversión de lo político. Todo el caso del drama del Casino Royale, en el que perecieron más de 50 personas, parece resolverse en una frase: la política se ha convertido en una continuación del crimen organizado con otros (y los mismos) medios. Es evidente que en Monterrey, la estructura profunda del gobierno local (presidentes municipales, jueces, inspectores, policía...) no sólo es cómplice de la violencia que flagela a esa urbe, sino también de sus artífices principales. La frontera entre lo político y el crimen parece haberse disuelto por completo. En una reflexión más detenida, podría pensarse que ya no se trata de que el crimen organizado haya secuestrado a la esfera política, sino que es la esfera política la que ha hecho ingresar entre sus opciones al crimen organizado como método de coacción. Esto lleva a repleantearse por completo la pregunta sobre la naturaleza de la violencia que afecta a Monterrey y otra decena de ciudades centrales en el país. ¿Nos encontramos frente a un problema de seguridad, es decir, de un orden público desbordado por el crecimiento de las organizaciones criminales? O se trata más bien de un vía crucis político: un Estado transformado en un Estado canalla, que es una definición que Jacques Derrida (Voyous, Galilée, París, 2003) propuso para describir esa relación de poderes en la que la razón del más fuerte se vuelve la única razón legible de la política. Si esto es así, ¿no acaso habría que buscar el derrame de la violencia, su proliferación y multiplicación no tanto en la microscopía del crimen organizado, sino en la macroscopía de un orden basado ya en la canalla, en el principio que encuentra a la única ley en la razón del más fuerte?

Hermenéutica del enemigo. Siempre se puede partir de la premisa de que la militarización del combate al crimen organizado a partir de 2007 se proponía suprimir las condiciones que hicieron posible la emergencia de estos Estados (locales) canallas. El dilema es que esa acción se encuentra desde entonces tan fuera de la ley, y tan cerca de la razón del más fuerte, como los enemigos que se propone combatir. De ese déficit legal habla abundantemente el largo debate que se ha suscitado en torno a la aprobación de la Ley de Seguridad Nacional. Pero en el entretanto, la legitimidad de ese combate sólo podía estar basada en el fantasma de su enemigo. ¿Y cómo procede el Poder Ejecutivo desde 2007 si no apuntalando día a día los motivos de una estrategia que asegura que, al final del día, lo que vence es la sustitución de la política por la lógica de la seguridad? Es esta sustitución (y desplazamiento) de lo político de la esfera nacional lo que debería hacernos pensar si el cometido de la lucha contra el crimen organizado no es más bien de orden esencialmente político. Y la energía depositada en la reducción de la función del Estado a la de un Estado policía más que una política de reacción contra el crimen organizado es una acción previsoria para impedir que la forma del Estado sea puesta en entredicho como lo hizo el movimiento social que en 2006 estuvo a punto de ganar unas elecciones.

Que el saldo de esta previsón sea la proliferación de los estados canallas no parece ser (visto como) mayor que el del riesgo que significó el derrotado giro de ese año.