Sociedad y Justicia
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Siria: las condenas no bastan

Sólo retórica, la reacción árabe y de Occidente ante el baño de sangre de Assad contra su pueblo

 
Periódico La Jornada
Martes 9 de agosto de 2011, p. 44

Palabras, palabras, palabras. Bashar Assad ha leído Hamlet y no está impresionado. Sí, cada día está más aislado. Un día después de que el rey Abdalá de Arabia Saudita retiró a su embajador en Damasco, los kuwaitíes y los bahreiníes –aquí pasaremos por alto, naturalmente, la sangrienta represión en Bahrein– han seguido dócilmente el ejemplo.

La Liga Árabe cree que Bashar debe poner fin de inmediato a la violencia. La ONU ha rugido, aunque se las ingenió para salpicar a los manifestantes en Siria al llamar a ambas partes a practicar la prudencia –como si los opositores tuvieran tanques–, y Medvediev, el presidente ruso, ha hecho una sombría referencia al destino de Bashar. Inclusive a Turquía, según el primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, se le ha agotado la paciencia. ¿Alguien gusta un refugio seguro turco en el norte de Siria?

El problema es que a todos se les ha estado agotando la paciencia con Siria desde la primavera, y nadie ha hecho más que soltar retórica mientras las estadísticas de inocentes muertos han saltado de 500 a mil, y de allí a más de 2 mil. Y, claro, la ausencia de periodistas dentro de Siria significa que no se sabe la historia completa. La televisión oficial siria ha mostrado hombres armados entre los manifestantes en Hama, mientras por las noches observo en ella grabaciones de los funerales de docenas de soldados, quizá 300 a la fecha. ¿Quién los mató? ¿Quiénes son los hombres armados? YouTube no es un testigo confiable, pero puede haber poca duda de que, enfrentados a una violencia estatal en semejante escala, los civiles se han armado para proteger a sus familias, para vengarse del régimen y mantener las milicias sirias fuera de sus ciudades.

Y la familia Assad, cínica como es –promulga reformas legislativas mientras da muerte a quienes podrían beneficiarse de ellas–, entiende perfectamente la hipocresía de la reacción árabe y europea al baño de sangre. Si Cameron, Sarkozy y Obama se hubieran detenido en seco después de salvar a Bengasi –si hubieran contenido sus ímpetus juveniles de destruir a Kadafi–, tal vez habrían tenido los arrestos y las municiones para destruir algunos de los 8 mil tanques de Assad. Esta colosal flota de vehículos blindados, cabe añadir, fue pagada por el pueblo sirio para proteger a su patria de Israel, no para proteger al régimen contra el propio pueblo.

El canciller británico William Hague –quien alguna vez tuvo la inocentada de creer que Kadafi estaba en camino a Venezuela– ha estado perorando acerca de lo poco que Occidente puede hacer para detener a Assad. Basura. Las bases de la Real Fuerza Aérea en Chipre están infinitamente más cerca de Siria que de Libia. Si hubiésemos evitado el baño de sangre en Bengasi y dejado a los libios con su guerra civil, tal vez habríamos encontrado una corriente de opinión lo bastante fuerte para emprender un ataque a las legiones de Assad. Pero no: Libia tiene petróleo, Siria tiene poco de eso y –pese a todos los rugidos de los árabes– la mayoría de los dictadores en Arabia Saudita, en Bahrein y en el resto de Medio Oriente, prefieren todavía un Assad reformado que dar libertad y dignidad a su pueblo. Los israelíes no quieren un cambio de régimen en Damasco. ¿Los estadunidenses sí?

No hay más que comparar la reacción de Obama a la masacre en Noruega con la que ha tenido ante la carnicería en Siria, infinitamente mayor. Las matanzas en Noruega, según describió, le destrozaron el corazón. En cambio, la masacre de muchos más inocentes en Siria apenas si le inspira la idea de que Estados Unidos puede vivir sin Assad si se va. Hay montones de Breiviks entre los asesinos shabiha de Siria, pero ningún gobernante occidental llora sus crímenes. Bashar Assad lo sabe. Y no se dejen engañar por las lágrimas que derrama el guardián de los tres lugares sagrados.

Cualquier árabe o musulmán en su sano juicio –o cualquiera que sepa que esto nada tiene que ver con la religión, la ética o la moral, en palabras del rey Abdalá– sabe que derramar sangre inocente conduce a la desesperanza. Estaríamos más impresionados si no fuera porque los sauditas y sus domesticados imanes guardaron absoluto silencio cuando millón y medio de musulmanes fueron masacrados en los campos de batalla de la guerra Irán-Irak, en 1980-88. En aquel tiempo, claro, los sauditas –y Occidente– estaban del lado de ese simpático dictador sunita, Saddam Hussein, en contra del horrible teócrata chiíta Jomeini. Ahora los sunitas de Siria combaten al dictador chiíta –es decir, alawita– de Damasco. Sin embargo, habiéndose convencido de que la supervivencia de éste sólo envalentonará al Irán chiíta, el monarca de Riad se ha puesto del lado del pueblo sirio… al menos por ahora.

Assad tiene los días contados, casi de seguro. Pero es más como Macbeth: Estoy tan adentro en un río de sangre que, si ahora me detengo, no será más fácil volver que cruzarlo.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya