Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 26 de junio de 2011 Num: 851

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Al pie de la letra
Ernesto de la Peña

Tres poemas
Titos Patrikios

Lavín Cerda, Dios
y la poesía

Alejandro Anaya

Para una apología
de José Revueltas

Sonia Peña

Imágenes en la
Puerta del cielo

Ricardo Yánez entrevista
con Raúl Bañuelos

Una literatura muy nueva
Vilma Fuentes

Rafael Bernal y El complot mongol entre el olvido y el reconocimiento
Xabier F. Coronado

La lengua ñañho
y la discriminación

Araceli Colín Cabrera

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
Javier Sicilia

Las Rayas de la Cebra
Verónica Murguía

Bemol Sostenido
Alonso Arreola

Cinexcusas
Luis Tovar

Corporal
Manuel Stephens

Mentiras Transparentes
Felipe Garrido

Al Vuelo
Rogelio Guedea

La Otra Escena
Miguel Ángel Quemain

Cabezalcubo
Jorge Moch


Directorio
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Alonso Arreola
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Música de bodas

Tengo problemas con las bodas. No me gustan. No disfruto estar entre desconocidos escuchando mala música mientras alguien con zancos arenga al culebrón repartiendo globos y sombreros. Es mi culpa. No hay justificación. O quién sabe... El hecho es que ir a lugares lejanos vestido en forma desacostumbrada para diluirme y abandonar mi yo cotidiano, me descoloca. Digo esto y, sin embargo, acabo de ir a una boda musical que me hizo pensar en varios aspectos sonoros que, bien llevados, se complementan de manera más que afortunada. Una disculpa por el ardid en primera persona. ¿Qué se le va a hacer?, nos conocemos desde hace mucho, estimado lector, lectora, y por ello van estas reflexiones.

I. La liturgia. Aunque no estuvimos en la iglesia, la boda en cuestión contó con un curioso sexteto de cuerdas compuesto por tres niños (violín, chelo y contrabajo), acompañados por sus respectivos maestros. Su misión fue interpretar, además de la conocida marcha nupcial de Mendelssohn, ocho temas, entre los que estaban la “Música acuática”, de Haendel, una “Serenata”, de Haydn, el “Ave María”, de Gounod y el “Himno a la alegría”, de Beethoven. Siempre ad hoc para la natural reverberación de bóvedas y arcos, seguramente los timbres de estas maderas funcionaron como peces en un agua que, fluyendo entre alegorías inteligibles para muchos, dulcificó el ambiente suavizando el rito. De los cantos gregorianos a la polifonía barroca y de ellos al más contemporáneo ejercicio del Cervantino guanajuatense, queda claro que la música ejecutada frente a retablos, nichos y púlpitos acompaña magníficamente los cambios del hombre. Buena forma de comenzar la celebración.


Mendelssohn

II. Es mi boda y hago lo que quiero. El bodorrio pagano se desarrolló en el jardín de una pequeña hacienda. Sin lujos pero con un buen escenario, cuatro fueron los grupos que precedieron a la banda contratada para amenizar la fiesta. Notables y representativos de lo nuevo en el rock y el funk latino de Ciudad de México, aparecieron Dedo Caracol, La Floridita, Takto Sperta y La Banderville. Conjuntos disímbolos unidos por la amistad y un perfil alegre en donde las canciones cumplen función integradora, incluso en sus momentos más reflexivos resultaron preludio acertado para una concurrencia avisada de lo siguiente: la novia es bajista en uno de los mentados grupos (sí, tocó luciendo su vestido). Todos con discos grabados, estos proyectos son recomendables y seguirán ascendiendo. Así que ya sabe el lector, se puede pedir ayuda a los amigos músicos, sin importar qué tan buenos sean. Ya para eso, sigue lo que sigue.

III. Banda Geisha. El grupo oficial para amenizar la boda en cuestión tiene ese nombre. Y no es un anuncio. No los conocíamos. Efectivo y con una gran selección, llamaba la atención que su base rítmica (bajo y batería) fuera impulsada por mujeres. No se tome el comentario en plan machista. Sucede que la rudeza de estos instrumentos normalmente se halla lejos de la feminidad, y más de quienes logran soltura ejecutando piezas de los años setenta. Vaya que hicieron bailar con su abordaje a Gloria Gaynor y Village People. Con miles de horas-vuelo, usaron su nave sonora en acrobacias de las que pudimos aprender varias cosas. Así que, a tomar nota: este tercer acto musical es el corazón de la boda. Si funciona, todo funciona.

IV. El diyei. Encargado de poner y mezclar discos entre cada grupo, así como al inicio y final de la celebración completa, es quien puede redondear o arruinar los esfuerzos de los desposados. Su trabajo parece fácil pero no lo es. Hay que saber leer la pista de baile. De nada sirve encadenar buenas canciones si los cambios de género o velocidad terminan por dislocarle la cadera a una tía-abuela que comenzaba a animarse. Hay que entender que no es lo mismo soltar una cumbia cuando fluye la sopa que cuando fluye el tequila. El diyei en cuestión, aprobó.

Colofón. Está claro que en una boda efectiva hoy puede haber varios momentos musicales: el clásico religioso, el de jazz en la comida, el de los amigos que tocan, el de la banda profesional que los hará bailar y, finalmente, el del pinchadiscos. Algo muy distinto a cuando se casaron, verbigracia, mis abuelos. Esto dice un recorte del periódico El Occidental de Jalisco en junio de 1944: “A las once horas de ayer, en el templo de la Santísima Trinidad de esta ciudad, tuvo lugar la ceremonia religiosa en la que contrajeron santo matrimonio la Srita. Sara Sánchez y el Sr. Juan José Arreola […] Fueron acompañados los recién desposados por dulces acordes de una exquisita orquesta, la cual ejecutó desde ese momento y hasta terminar la Santa Misa las siguientes piezas: ‘Romance’ de Rubinstain, ‘Melodía’ de Tchaikovsky, ‘Melodía’ de Saint-Saenz, ‘El Niño Toir’ de Liszt y la sublime ‘María’ de Franz Schubert.” A esa boda también me hubiera gustado ir... Sin duda.