18 de junio de 2011     Número 45

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

Hidalgo

Las juventudes hñahñu en contextos
de migración: los que se quedan


FOTO: Rodrigo Herraz

Dalia Cortés Rivera

Desde mediados del siglo pasado, por medio del programa Bracero (1942-1964), las comunidades hñahñu del Valle del Mezquital, del estado de Hidalgo, se han involucrado en la migración internacional hacia Estados Unidos.

En nuestros días, Hidalgo registra 2.79 en el índice de intensidad migratoria, superior al 1.68 del promedio nacional, y los municipios con mayor población indígena: Ixmiquilpan, Zimapan, Tasquillo y Cardonal, resaltan como lugares de muy alto y alto grado de intensidad migratoria. En 2000, Ixmiquilpan fue identificado como el primer expulsor de migrantes hñahñu y el segundo receptor de remesas de Hidalgo.

Según la Encuesta Nacional de la Juventud de 2007, Hidalgo es una de las entidades con mayor expulsión de población juvenil indígena (15 a 30 años de edad). El Consejo Nacional de Población (Conapo) indica que la tendencia de la migración de jóvenes y mujeres va en aumento: en los 15 años recientes ocho de cada diez personas tenía entre 15 y 35 años al momento de migrar. Hace 15 años migraban los jefes de familia, hoy lo hacen sus hijos. Las generaciones más jóvenes emprenden la ida en busca de oportunidades de desarrollo, percibiendo la migración casi como la única posibilidad. Las y los jóvenes del Valle del Mezquital no son la excepción.

Sin embargo, la migración internacional no sólo implica a los y las jóvenes que se van, sino también a los que se quedan en sus comunidades de origen.

Además de la creciente migración juvenil, en las comunidades hñahñu se empieza a presentar con regularidad la migración de la pareja de padres (madre y padre) e incluso de familias completas. El reencuentro con el esposo –principalmente– y apoyarse mutuamente para conquistar de forma más rápida el sueño americano se han vuelto algunos de los motores de la migración de las parejas.

Ello se ha traducido en el abandono de niños y jóvenes o, en el mejor de los casos, son dejados en calidad de “encargo” con algún familiar cercano (tíos, abuelos, padrinos). Los más grandecitos se quedan al frente de sus familias: son jóvenes, hombres y mujeres de entre 15 y 22 años de edad, que asumen la responsabilidad de sus hermanos menores, de las tareas de la unidad familiar (la casa, la milpa, los animales) y de la representación en el ámbito de la comunidad (faenas, cargo comunitario, reuniones y asambleas).


FOTO: Rodrigo Herraz

De forma temporal o por periodos completos (un año) los jóvenes conviven con el mundo adulto (gerontocrático) y masculino en el que se construyen el ciudadano (ciudadanía comunitaria), el sujeto de derecho y obligación familiar y el padre de familia con derecho a la palabra y a participar de las decisiones comunitarias. Dado que la soltería define primeramente la juventud en las comunidades hañhñu, la participación de los y las jóvenes es condicionada al reconocimiento formal de las estructuras de autoridad, pero al mismo tiempo la participación juvenil va abriendo brecha para que su voz sea escuchada. En este sentido, las tensiones generacionales forman parte de la cotidianidad.

También son cotidianas las tensiones de género. Ser joven varón o mujer, implica relaciones y retos diferentes: los varones son ciudadanos en potencia; las mujeres, por su parte, no son sujetos de ciudadanía formal, sólo en condiciones muy particulares como ser viuda, abandonada o madre soltera. Sin embargo, para las jóvenes que son herederas de experiencias organizativas y de lucha por el reconocimiento de sus derechos, su participación cuestiona y replantea las estructuras de poder y pone sobre la mesa del debate comunitario el derecho de voz y voto de las mujeres. Por obligación, por necesidad (ausencia de un varón en la familia) o por convicción, las jóvenes cada día tienen mayor presencia en la representación de los cargos y las faenas comunitarias. El objetivo principal: representar y resguardar el honor y prestigio familiar, la membrecía y el sentido comunitario.

El involucramiento de las y los jóvenes en las responsabilidades familiares y comunitarias les ha implicado un evidente aumento de trabajo (los cargos se convierten en “cargas”), abandono de sus estudios (temporal o definitivo) e incluso, un distanciamiento de las actividades lúdicas cotidianas, como el deporte, el juego y las pláticas por la tarde con los amigos. Esta situación se endurece más en el caso de las jóvenes, quienes se convierten en sujetos de vigilancia cotidiana, por ser mujeres y por ser solteras.

Los “nuevos” roles de las y los jóvenes en el espacio comunitario visibiliza, sin lugar a dudas, la importancia de la participación de la juventud en la reproducción del sentido comunitario (identidad étnica), y al mismo tiempo origina tensión y procesos conflictivos en las formas de organización social y política sustentadas históricamente en la representación y autoridad adulta y masculina, pues los jóvenes hasta no ser ciudadanos no son sujetos de voz ni de voto (no reconocimiento formal en los espacios de decisión), y en el caso de las jóvenes, no son sujetos de ciudadanía comunitaria.

En las comunidades se habla de la importancia de la participación de los jóvenes para que la comunidad siga viva. Y es justamente esta parte la que nos llama la atención, ya que hoy con los impactos de la migración, la influencia de los estereotipos generados por los medios de comunicación y la marcada influencia de la escuela (bajo la idea de éxito y progreso, por cierto, en decadencia), en las comunidades parece ser que la relación juventud y participación empiezan a ser una importante mancuerna para garantizar la sobrevivencia del sentido comunitario.

Hablar de las juventudes indígenas, y específicamente de la construcción de la juventud en las comunidades hñahñu, no sólo obedece a une definición “teórica”, sino también a un proceso social que construye, re-define, nombra y significa las identidades de los sujetos concretos de carne y hueso: hombres y mujeres jóvenes que se entretejen en los valores comunitarios de una identidad étnica, y en los valores, las prácticas y los estereotipos de la álgida vida cotidiana de la escuela, “la tele”, las modas, el papel del Estado por medio de “programas de atención juvenil”, los sueños y las añoranzas de ser y autodefinirse como jóvenes.

En este sentido, las juventudes indígenas contemporáneas forman parte de los procesos globales acompañados de una gran movilidad social, impresionantes flujos de información, préstamos, intercambio y reinvenciones culturales, pero también de innegables procesos de explotación y desigualdad que, más que ser nuevos, traen consigo la impronta de un modelo sistémico que integra, asimila y niega. A la luz de ello, los sujetos juveniles del mundo rural (re)construyen y (re)significan sus vidas en un estire y afloje cotidiano entre la “integración” al sistema y el sentido étnico de la reproducción de las relaciones comunitarias.


Michoacán

Trabajan organizaciones en la sucesión de las tierras; jóvenes inquietos por apoyar al agro


Lorena Huitrón Reyes FOTO: Lourdes Edith Rudiño

Lourdes Edith Rudiño

Ante la situación de marginación, desempleo, violencia, limitaciones para migrar, envejecimiento de los titulares de la tierra y otros problemas que vive el medio rural, organizaciones campesinas exploran la forma de involucrar a los jóvenes en las actividades de la propia agrupación y buscan que se interesen en el campo, para así propiciar la renovación generacional.

La Red de Empresas Comercializadoras Campesinas de Michoacán (Redccam) realizó una asamblea estatal el 9 y 10 de junio en Uruapan, y allí albergó un espacio para la exp resión de los jóvenes: sus preocupaciones y necesidades.

Lorena Huitrón Reyes, responsable de Capacitación y Equidad y Género de la Red, explicó que ésta suma mil 930 socios, de los cuales la gran mayoría son hombres y más de la mitad son adultos mayores, tan sólo cien son mujeres y apenas 30 o 40 son jóvenes. La Red ha trabajado para crear conciencia en los titulares de la tierra a fin de que piensen y actúen sobre la sucesión o herencia y para que permitan que los jóvenes asuman responsabilidades. El reto ha sido complicado, pues “muchos de los socios pensaban que iban a ser eternos” y no preveían nada de esto.

“Estamos apoyando a los jóvenes con talleres y cursos; ellos mismos piden más educación y capacitación para apoyar a las empresas de la Redccam y ver alternativas de negocio, no para irse, sino para aportar al campo y sentirse productivos. Se quejan de que no son valorados, de que los adultos piensan que por ser jóvenes no pueden contribuir, y lo mismo pasa con las mujeres”, dice Lorena, joven ella también, de 23 años.

“Los jóvenes queremos sobresalir en la sociedad, y muchas veces por la propia cultura de nuestros padres –que nos dicen ‘no, tú no debes seguir en el campo, debes progresar’– sentimos desestímulo, cuando debería haber aliento, pues los jóvenes son más creativos, activos, innovadores y podrían aportar al campo no precisamente trabajando como agricultores, sino como agrónomos o en otras actividades que apoyen al agro. Entonces hay que sensibilizar también a los padres”.

Relata que, por la edad avanzada, algunos agricultores ya no son aptos para contratar créditos y eso los está llevando a heredar la tierra a los hijos (al hijo mayor de cada familia, pues esa es la tradición). “Los socios están tomando conciencia; ya están trayendo a los cursos y asambleas a sus esposas, o a sus hijos, incluso a sobrinas y sobrinas. Ya entendieron que no van a ser eternos y que la tierra deberá seguir siendo trabajada”.

He aquí algunos testimonios de jóvenes participantes en la asamblea de la Redccam:

Ricardo González, de 20 años, hijo de un socio de la Redccam, de 60 años, que producía maíz, pero ha dejado de trabajar la tierra debido a una úlcera gástrica.

Soy del municipio de Contepec. Ahorita yo estoy a cargo de la tierra, pero es secana y como no ha llovido no se puede sembrar. Lo que hacemos es rentarla y sólo me quedo con una parte, una hectárea, pero ¿cómo la siembro? Hay en mi región varios terrenos, pedacillos, que no han sembrado por lo mismo. No podemos conseguir agua. Estoy en el Proyecto de Joven Emprendedor, de Reforma Agraria, y pienso ocupar una parte de la tierra para el proyecto, que es de engorda de ganado. Podría poner un corral y con los apoyos sembrar por lo menos para tener rastrojos. El problema es que va a salir caro engordar a los animales, si no tengo granos, tendría que comprar maíz, sorgo; se va a poner difícil. El proyecto me va a dar dinero a crédito; accedí a él por medio de la organización campesina López Rayón. Yo estaba estudiando bachillerato con orientación a química y biología, pero lo dejé por falta de dinero, no pude sacar una beca. Era bueno en matemáticas, química, biología, pero a veces los maestros no están capacitados y nos enseñan lo mismo y lo mismo, y no saben explicar, y de allí uno no pasa. ¿Cómo me visualizo dentro de diez años? Espero que con dinero y trabajando, puedo decir que sí, que ene l campo. De chiquito no me gustaba el campo, pero ahora digo ¿por qué no? Es algo bueno. Lo que no me gusta es que no llueve. Si tengo inquietudes de jóvenes, ir a fiestas, pero echándole ganas un rato, se puede todo. De mis compañeros, algunos siguen estudiando, otros trabajan en Tepetongo (un parque acuático) y en Hacienda Cantalagua (un hotel). Así como están las cosas en el campo (bajos precios, clima incierto), muchas personas van a pensar que no es rentable, y la van a vender. Pero yo pienso que sí puede haber posibilidad. El dueño de Tepetongo y Cantalagua tiene también hectáreas de siembra, aunque son de riego, y de allí saca ganancia. Cuando yo era chiquito, veía que mi papá producía maíz, pero muy poquito y me fui haciendo a la idea de que no era productivo el campo. Pero hoy tengo la esperanza de que echándole ganas, esto salga bien. Ya antes intenté irme a Estados Unidos, pero no lo logré. La frontera ya está muy vigilada. En mi primer intento, iba con un amigo, la policía nos detuvo y nos metió en una camioneta y nos llevaron a una especie de patio. No estuvo fea la cosa, nos revisaron mochilas, nos tomaron las huellas digitales, dijeron que si regresábamos, nos meterían a la cárcel; después nos subieron a un camión, y va pa’ atrás, nos regresaron a México. Fue por un paso a Texas. Ya no me quedaron ganas de volver a intentar. Mis papás ni se enteraron. Los adultos miembros de las organizaciones dicen que los niños y jóvenes somos el futuro, pero no hacen nada práctico al respecto. Ellos deberían involucrarnos en las organizaciones, en el trabajo, para que se nos prenda el foco.

Aidé Chávez, de 24 años de edad. Hija de socio de la Redccam, de 53 años de edad, quien renta la tierra.

Soy del municipio Álvaro Obregón, a cinco minutos del Aeropuerto Internacional de Morelia. Trabajo en empresa comercializadora de maíz, en Guayangareo. Me gusta el ambiente rural, en el que estoy, pero algunos compañeros aspiran a irse a empresas fuera de lo rural. Digamos que un 40 por ciento quiere permanecer en el medio rural y el resto quieren salir, sobre todo a Estados Unidos, pensando sobre todo en el dinero, en poder comprarse un carro. Piensan que si siguen en el medio rural van a continuar siempre ligados al campo, trabajando en él, y yo digo que no es así, porque cualquier empresa, cualquier organización necesita de contadores, de abogados, de otros profesionistas, y puedes estudiar y quedarte aquí aunque no directamente en el campo. La incertidumbre que reina en el campo (por el clima cambiante, los precios volátiles, etcétera) desestimula por supuesto a los jóvenes, y en general a quienes siembran y producen. Los precios siempre han sido bajos, no ganas mucho; los insumos son caros y al momento de vender tu grano está muy barato. La expectativa de ganancia es muy limitada, no piensas que vas a obtener el gran dinero. En mi comunidad, la educación no está enfocada al campo. Yo estudié en escuelas públicas, y el enfoque de la educación es tradicional. En mi familia no hemos platicado quién va a heredar la tierra, nunca hemos tocado ese tema. Mi papá tiene 53 años, ha sido productor de maíz, vive con un hermano mayor en Uruapan que trabaja en una empresa de fertilizantes. Renta su tierra en Álvaro Obregón, de hecho allá un 30 por ciento de los productores renta sus tierras.

AMER reconoce el trabajo del
grupo Vicente Guerrero
*

Yolanda Massieu Trigo

El llamado popularmente Grupo Vicente Guerrero –acreedor al Premio AMER (Asociación Mexicana de Estudios Rurales, AC) 2009 a la Mejor Experiencia de Desarrollo Rural Sustentable– merece ahora un reconocimiento público de la asociación, en el desafortunado momento en que está siendo objeto de injustos ataques.

La propuesta de AMER para este reconocimiento se debe al reciente logro de la aprobación de la Ley Agrícola de Fomento y Protección al Maíz como Patrimonio Originario, en Diversificación Constante y Alimentario para el Estado de Tlaxcala. Si bien es perfectible, esta ley es un importante instrumento para avanzar hacia la preservación de las variedades de maíz nativo en Tlaxcala.

Aunque es evidente que la sociedad mexicana está acostumbrada al no cumplimiento de la ley, este caso representa una esperanzadora excepción, puesto que la legislación aprobada fue empujada desde la sociedad y por una representante popular de a de veras, la diputada Ana Lilia Rivera. Por ello, el cumplimiento de esta ley es factible por la movilización de los campesinos de Tlaxcala en el interés de velar por la conservación de sus variedades nativas.

Hay en todo este proceso una valoración de la diversidad genética del maíz mexicano como patrimonio alimentario no sólo de México, sino de la humanidad. Hay también cultura, historia, identidad y resistencia, respeto a los orígenes y los ancestros, en este esfuerzo, para reconocer que es en las manos campesinas donde se encierran los conocimientos y la preservación, a lo largo de siglos, de las variedades del maíz.

El Grupo Vicente Guerrero llegó a este éxito legislativo después de un proceso de aproximadamente 15 años de sembrar y reflexionar; resistir y organizarse; experimentar en sus siembras y sus suelos, buscando un respeto a la naturaleza y la cultura de los mexicanos. Más meritorio aún, porque su prestigio y esfuerzo han logrado expandirse a otros campesinos de Tlaxcala y de otros estados del país, pues resulta promisorio que también en Michoacán se ha aprobado recientemente una ley similar.

Ante las amenazas de las poderosas corpo raciones multinacionales, que dominan el mercado mundial de las semillas y la alimentación, que presionan políticamente y de muchas maneras para moldear de acuerdo a sus intereses tanto a la agricultura mexicana, sus campesinos y campesinas, como a todos los mexicanos consumidores de nuestros deliciosos y diversos guisos de maíz, la AMER se solidariza y congratula con el esfuerzo del Grupo Vicente Guerrero. Enhorabuena para ellos. Que su ejemplo y trayectoria sigan siendo un motivo de alegría y esperanza para aquellos que, desde AMER, desde las parcelas, los ejidos, las comunidades, las universidades, los centros de investigación y las organizaciones no gubernamentales, creemos que es posible una sociedad rural equitativa y sustentable.

Vocal del Comité Ejecutivo Nacional saliente de AMER

* Texto leído en el Octavo Congreso de la AMER, en Puebla de los Ángeles, Puebla, 27 de mayo de 2011.