Opinión
Ver día anteriorMartes 10 de mayo de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La racionalidad del poder del imperio
I

mpacta hasta los huesos oír hablar a la cúpula del gobierno estadunidense como gánsteres. Hablan de matar y torturar como si hablaran de champán y canapés. To kill se conjuga con la naturalidad de to speak o to sleep. Especialmente si se aplica al enemigo extranjero, el alien, el culturalmente otro, el no-gringo. Es el lenguaje del imperio sanguinario. Matar al otro se dice del mismo modo que matar a un insecto ponzoñoso.

Y la contradicción se dice también como afirmación procaz y arrogante. Obama dice sin tropiezo: el mundo será mejor sin Osama Bin Laden, pero nos espera un ascenso de la guerra contra Al Qaeda.

Ha ido quedando claro que Osama Bin Laden no era la cabeza activa de Al Qaeda (la base, en árabe), sino apenas su fundador, aunque por supuesto, la sociedad entera gringa debe ser persuadida de que en efecto era un poderoso cerebro capaz de controlar a decenas de miles de islamitas operando según las órdenes del gran jefe, desde su cuchitril de Abbottabad, en Pakistán. Un cuchitril, como miles de imágenes lo han mostrado, de tabiques desnudos y paredes dañadas que ha sido llamado millonaria mansión de Bin Laden.

La base son grupos de islamitas fundamentalistas que actúan por su cuenta mediante operaciones terroristas, en una diversidad de países. Osama no era otra cosa sino la personificación en turno de un símbolo muy propio de la idiosincrasia de una sociedad descompuesta y extremadamente heterogénea, cuyo más poderoso lazo de unión es tener siempre identificado un enemigo externo. El símbolo, sin valor amenazante efectivo, es asesinado a mansalva, y la nación lo festeja: patético.

Por supuesto, el gobierno estadunidense y las fuerzas políticas imperialistas de ese país ya están a la búsqueda de nuevos y peligrosísimos enemigos de la libertad.

Suite101.net ha editorializado: aunque este es un gran logro, no se puede decir que sea el fin del terrorismo, pues según los expertos, los seguidores de Al Qaeda son mucho peores, como advirtió el hijo del jefe de la red fundamentalista islámica en una entrevista a ABC News, unos meses atrás. Pues si es así, vaya ganancia el asesinato de Bin Laden.

El imperio y una buena parte de la Alianza Atlántica han alzado la voz reclamando a toda hora democracia y respeto a los derechos humanos en todos los rincones del planeta; en buena hora, pero llegado el momento y la circunstancia el otro no es persona humana, por decisión del propio imperio, y no tiene derechos de ninguna clase: es un piojo venenoso al que hay que matar de un manotazo.

CNN ha hecho un discurso que es la quintaesencia del pensamiento imperial: “En la década después del 9/11, muchos líderes de alto rango y operadores de Al Qaeda han resultado muertos en Irak, Afganistán, Pakistán, Yemen, Somalia u otros lugares, sin embargo, estos países permanecen frágiles en el mejor de los casos y colapsados en el peor.

“Para que el asesinato de Osama Bin Laden se convierta en un punto de inflexión más que una victoria pírrica, la narrativa del evento debe alejarse de tonos retóricos sobre ‘guerra de ideas’ o ‘lucha por el alma del Islam’ hacia un llamado más neutral y universal hacia un estado de derecho global.” ¿Cuál es éste?

“Que fueran agentes antiterrorismo estadunidenses los que condujeran el asesinato en el suelo soberano de un país extranjero es una señal aún más importante. Muchos ven el asesinato de delincuentes como una violación a la inmunidad soberana e incluso ‘actuar como Dios’, un derecho que ninguna nación puede adjudicarse a sí misma. Esto es falso. Es un poderoso símbolo de nuestra evolución colectiva que perpetradores individuales sean perseguidos por sus crímenes en lugar de que sociedades enteras sean castigadas en guerras.

En la década pasada, la ley internacional ha evolucionado de tal manera para justificar este tipo de intervenciones directas, si tan sólo pudiéramos actuar más rápidamente entre el pantano de protocolos y deliberaciones que hemos inventado.  La doctrina de Responsabilidad para Proteger (R2P), ratificada en 2005 por la Asamblea General de la ONU, inicia un proceso para determinar si la comunidad internacional [léase Estdos Unidos y aliados imperiales] puede ser obligada a intervenir para prevenir crímenes contra la humanidad. El principio central detrás de estas instituciones y tratados es que la soberanía es una responsabilidad, no un privilegio.

Eso quiere ahora el imperio, esfumar absolutamente la soberanía de las decisiones sobre territorio propio, y entrar y salir, matar, torturar y hacer lo que se le venga en gana en todo el mundo no reconocido como civilizado por el imperio mismo.

El norte de África y Medio Oriente va volviéndose una zona aún más compleja y conflictiva. Una corriente social profunda con una carga diversa en fuerza y alcance, de carácter democrático, se abre paso con dificultades inmensas, desde Marruecos hasta Siria, y será ésta la que terminará reduciendo a Al Qaeda, no las sofisticadas armas del imperio.

Al final, acaso los tiranos y sus ejércitos hayan salido de la escena. Y quedarán, de una parte, sociedades balbuciendo una democracia incipiente, y de otra la rapacidad imperial y aliados tras el petróleo.