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Ver día anteriorLunes 25 de abril de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Aprender a Morir

Abusar, no servir

S

i casi la mitad de los mexicanos paga de su bolsa los gastos médicos, no es de extrañar que el encarnizamiento terapéutico haya sido sustituido por obstinación médica, como si crueldad y terquedad fueran sinónimos. El testimonio de un padre que padeció en carne propia tan siniestra confusión a cargo de un famoso hospital privado, sobre todo de humanidad y de ética, lo confirma:

“Cumplió mi hijo ocho años de muerto. Tenía 25. Se estrelló en su auto sobre avenida Insurgentes, en la recta fatal frente a la rectoría de la UNAM. Era un sábado a las siete de la mañana. Venía desvelado de pasarse la noche con sus compañeros, no de farra, sino haciendo el último trabajo de su carrera en la UAM. No iba drogado de nada (el hospital le practicó las pruebas toxicológicas del caso) e ingresó allí una hora después.

“A las tres horas de su admisión, tras pasar por el quirófano de emergencia, lo subieron al cuarto. Perfectamente limpio y vestido con la batita de rigor. Estaba, creímos, en coma; después supimos que en muerte cerebral. Pero nadie en el hospital nos expuso un panorama real; hasta 26 horas más tarde aquel despistado residente que probablemente fue amonestado por ese pecado intolerable que, para la estructura entera de la medicina organizada, es decirle la verdad pelona a los pacientes o a sus familiares.

“Transcurrieron 30 horas entre el choque y el fallecimiento. Un día entero, de tres de la tarde del sábado a tres de la tarde del domingo, estuvo en su cama, rodeado por nosotros, sentado, sábana a la cintura, ojos cerrados, cabeza vendada y en sus labios un rictus que todos queríamos ver como su espléndida sonrisa de siempre. Los monitores conectados a su cuerpo mostraban las líneas ‘normales’ amansatarugos que a los parientes legos llenan de esperanzas no siempre fundadas.

“Al mediodía le comenté al médico residente que mi hijo llevaba una tarjetita firmada en que expresaba su deseo de donar sus órganos. Cándidamente me dijo que ya no servían. ¿Cómo? Si eran de un joven en la flor de la edad y en perfecto estado de salud, pero todos sus órganos estaban destruidos por las tremendas drogas que le inyectaba para mantener en rangos ‘normales’ las líneas de los monitores. Mi rabia se impuso a la pena, monté en pantera y exigí que interrumpieran esa barbaridad y dejaran de estarlo matando de a poquito a fin de posponer su muerte definitiva a cambio de aumentar la cuenta de gastos.”

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