19 de febrero de 2011     Número 41

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

Título Luz silenciosa

Dirección Carlos Reygadas

Producción Jaime Romandía y Carlos
Reygadas

Guión Carlos Reygadas

Sonido Raúl Locatelli

Fotografía Alexis Zabé

Reparto Cornelio Wall, Maria Pankratz,
Miriam Toews

Países México, Francia y Países Bajos

Año 2007 Género Arte

Duración 142 minutos

Luz silenciosa

María Guadalupe Ochoa Ávila

El conflicto. “Amo a otra mujer. Creo que es obra de Dios. Si esto es trabajo del diablo, lo siento mucho por mí. Pero ahora tengo que saber a cuál mujer amar”. Con estas palabras Johan le confiesa a su padre el dilema al que se enfrenta. El tema es universal, explorado en el arte por siglos y en todas las latitudes. Luz silenciosa es una historia de infidelidad, de cuestionamiento sobre el destino y el libre albedrío, con dos características principales: el lenguaje cinematográfico que utiliza y que está ubicado en un grupo cultural poco conocido: los menonitas de Cuauhtémoc, Chihuahua.

El estilo minimalista de Reygadas. La película comienza con una transición entre las estrellas relucientes en la noche negra y un amanecer naranja-azulado, y con los sonidos de la fauna en eclosión, grillos, perros, gallos y cacatúas. El plano-secuencia anuncia el estilo de la fotografía, que hace lucir cielos y paisajes. Recursos minimalistas: continuos planos generales que suelen cerrarse lentamente, pocos contracampos, pocos acercamientos.

Los larguísimos planos dan la sensación de sencillez del lenguaje y una poética singular, que es subrayada con la banda sonora que remarca los sonidos ambientales. No obstante, esa “naturalidad” es continuamente quebrantada con diálogos que cambian sin más de una plática sobre mecánica de autos a la fría confesión de adulterio; que interrumpe la acción dramática con silencios gratuitos, y que cambia el eje de la cámara para mostrarnos un cielo azul o la arquitectura de una casa o la vegetación circundante. Mientras tanto, los objetos desaparecen o aparecen y los personajes cambian de lugar, formando una colección de postales, de escenario exterior a la acción dramática.

Este estilo minimalista y naturalista que hace Reygadas lo impulsa a ahorrarse recursos dramáticos para trasladarlos a referencias etnográficas. Quizá pensando que el conflicto elegido es más verosímil en una comunidad social, regida moralmente por sus preceptos religiosos, el realizador elige situar –y hacer explícita su elección– en una comunidad menonita, logrando que varios de sus miembros actúen en la película hablando su propio idioma: es la primera película rodada en versión original en plautdietsch.

La confusión etnográfica. La tradición hace que el uso de actores naturales situados en sus comunidades se refiera a sus propias costumbres, sus propios problemas; sin embargo, aquí la “exótica” comunidad menonita es utilizada en función del dilema moral del adulterio y sus consecuencias, no siguiendo los preceptos nativos sino los que le preocupan a Carlos Reygadas. Por supuesto que todo realizador puede discurrir sobre cualquier tema en cualquier lugar y con los actores que le parezcan más adecuados, quizá lo cuestionable es no tomar en cuenta lo que una película puede hacer sobre la percepción de determinados grupos sociales. Buena parte de los críticos hacen énfasis y referencias a la historia y las costumbres menonitas.

La distancia entre los preceptos y las costumbres menonitas y los personajes de la película no es evidente para el público, que queda convencido que es una película con elementos más reales de los que están presentes. De principio es excepcional que el adulterio en estos grupos cerrados se circunscriba a un problema individual o que las mujeres solas sean bien vistas –y menos aún una que se convierte en la amante de un hombre casado e hijo del pastor de la comunidad.

Los menonitas de Reygadas escuchan y cantan en español No volveré; los niños saben francés, y algunas mujeres asisten a los entierros con escotes, maquilladas y con joyas. Y la comunidad no reprueba las faltas a los cánones morales y es tolerante con el adulterio. La cultura menonita funciona de contexto, para poner de manera naturalista un problema moral, aunque el autor insista en recordarnos la pertenencia religiosa de los personajes.



FOTO: Chuck Holton

Los menonitas en México

Los menonitas instalados en México son el grupo que conserva con más pureza su religión. En otras naciones donde están asentados han debido modificar su organización teocrática por exigencias de los gobiernos. Cuando llegaron a México, particularmente a Chihuahua, en 1920, procedentes de Canadá, recibieron del presidente Álvaro Obregón un permiso que les otorgó “el derecho más amplio de ejercitar sus principios religiosos y practicar las reglas de su Iglesia, sin que se les moleste o restrinja de forma alguna”. El documento oficial fue fechado el 25 de febrero de 1921.

Además, el permiso ofrecía a estos menonitas –quienes traían de muy atrás una tradición colonizadora y agricultora– libertad para que fundaran sus propias escuelas, con sus propios maestros, “sin que el gobierno los obstruccione en forma alguna” y el documento decía que esta comunidad podría disponer de sus bienes en la forma que estimara convenientes y “este gobierno no presentará objeción alguna a que los miembros de su secta establezcan entre ellos mismos el régimen económico que voluntariamente se propongan adoptar”.

Los menonitas que llegaron a México en 1920 se impresionaron por las condiciones geográficas y por la calidad de las tierras, y decidieron comprar y establecerse. Entre ellos estaban los más intransigentes en la defensa de su religión, eran descendientes de los que en Prusia, Rusia y Canadá se negaron a aceptar cualquier modificación en sus principios básicos.

El origen religioso de los menonitas data de muy atrás: del año de 1117, cuando en Lyon, Francia, se reunió un grupo de creyentes con tendencias reformistas bajo la dirección de un tal Petrus Waldnus. La secta fue conocida en los primeros años de su existencia bajo distintos nombres, y aunque en 1184 sus miembros fueron excomulgados por el papa, siguieron existiendo, reuniéndose y trasmitiendo el nuevo culto por generaciones. Con ligeras variantes, la secta formada por Waldnus se regía por los mismos principios que los actuales menonitas, y se considera a aquellos pre-reformistas de Lyon como los originales fundadores del menonitismo.

A mediados del siglo XV se conocieron muchas subdivisiones de esta secta. Se llamaban “comunidades silenciosas” o “comunidades de la cruz” y estaban distribuidas en pequeñísimos grupos por distintos países de Europa. Una de estas comunidades, establecida en el norte de Alemania (islas friesianas) a principios del siglo XVI, convenció al sacerdote católico Menno Simons para que tomara a su cargo la dirección espiritual de su iglesia. Simons, contemporáneo de Lutero, abandonó la Iglesia católica, renunciando a su calidad sacerdotal en un famoso documento enviado al papa. Se convirtió en el líder de aquella comunidad silenciosa y fijó definitivamente el dogma y los principios del culto y el rito. Fue tanta su influencia sobre la secta, que a partir de entonces se llamó menonitas a los discípulos de Menno Simons.

Entonces cobró fuerza y se convirtió en una religión reformada –aunque ni Lutero viera con buenos ojos el aislacionismo feroz del grupo–. Los discípulos de Menno, en Alemania, lograron la hegemonía sobre las otras comunidades dispersas y centralizaron el movimiento. Aunque todavía hoy existen menonitas derivados de otros grupos contemporáneos, este de las islas friesianas fue el principal, y de él desciende un gran porcentaje de los menonitas del mundo.

Los de México, por ejemplo, tuvieron su origen en el norte de Alemania, y no obstante sus estancias en otros países durante 400 años, siguen conservando los rasgos físicos, el idioma y ciertas costumbres de la región de que proceden.

Las persecuciones inquisitoriales fueron la causa primera de la vida trashumante de los menonitas. Del norte de Alemania, obligados por la presión de la intolerancia y la amenaza constante de esa primera Gestapo, emigraron a Prusia estableciéndose cerca de Danzig. Iniciaron ahí su carrera como agricultores y colonizadores, abriendo al cultivo enormes regiones vírgenes de Alemania oriental.

Prusia les dio asilo por un poco más de dos siglos, pero cuando se intentó asimilarlos a los patrones culturales nacionales, emigraron a Rusia, aprovechando una invitación de Catalina II. A partir de entonces empezaron a demostrar su intransigencia y su aislacionismo cultural. Se habían revelado ya como excelentes colonizadores y agricultores, pero a la par mostraban con absoluta claridad su decisión de conservar puras sus creencias, costumbres, técnicas y organización originales. Catalina II se vio precisada a otorgarles privilegios para que ellos aceptaran establecerse en Rusia. Desde 1786 iniciaron la colonización de regiones despobladas recién arrebatadas a los turcos, principalmente a orillas del Mar Negro.

El gobierno británico, enterado de su situación, les ofreció refugio en Canadá garantizándoles libertad para su organización social y religiosa. Se firmaron convenios y los primeros colonos se establecieron en Manitoba en 1874. Gozaron allí de muchos años de prosperidad. Pero al concluir la Primera Guerra Mundial, el gobierno de Canadá consideró necesaria la asimilación de estos grupos extranjeros y modificó el convenio ordenado para los menonitas para que se acogieran a la educación y el idioma oficiales. La amenaza del éxodo fue la respuesta menonita.

Aun ante esa perspectiva, el gobierno canadiense no cedió. Muchos menonitas, puestos a elegir entre la riqueza creada y la seguridad de vivir, por una parte, y una nueva e incierta migración, decidieron quedarse. Están aún en Canadá y son considerados “escisionistas”. La mayoría prefirió vender sus propiedades y abandonar el país. En busca de otro sitio enviaron delegados a varios países de América. Los que llegaron a México, impresionados por las tierras que podrían adquirir, sometieron su opinión a los directores de las colonias que habían decidido el éxodo y, aprobado el proyecto, presentaron una solicitud al gobierno de México. El presidente Álvaro Obregón juzgó conveniente esta colonización y otorgó el permiso correspondiente.

Los principios menonitas son todos religiosos. Es la religión la que norma sus actitudes y sus decisiones individuales y colectivas. Por tanto, esta sociedad constituye una verdadera teocracia. Su libro base es la Biblia pero presenta variantes. El bautizo, por ejemplo, se celebra después de la pubertad. Los caracteriza también su decidido pacifismo –observación puntual de la recomendación bíblica “pondrás la otra mejilla”– y la decisión inviolable de no prestar juramento en ningún caso.

Texto editado, tomado de Crónica de un país bárbaro, de Fernando Jordán, 5ª edici ón, Centro Librero La Prensa, Chihuahua, Chih., 1978.