Opinión
Ver día anteriorViernes 5 de noviembre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La Muestra

El extraño caso de Angélica

Foto
Pilar López de Ayala, en su papel de Angélica, en la cinta de Oliveira
E

s tal vez un azar, pero también un detalle interesante: a los 101 años de edad, el cineasta portugués regresa a los escenarios de su primera cinta, el documental Duero, faena fluvial, rodada hace casi 80 años, en 1931, donde describía, con apuntes de corte realista e intenso lirismo, el trabajo diario de marineros y estibadores. Su película más reciente, El extraño caso de Angélica, se ambienta a orillas del Duero e incluye esta vez escenas de corte fantástico (tributos al cine mudo y en particular al juego escénico de Georges Meliès) que son variación novedosa en el tipo de relatos filosóficos y muy dialogados que ha venido ofreciendo en los últimos años.

Esta cinta, uno de los proyectos que el director ha trabajado por largo tiempo y que hoy entrega a los festivales y a sus múltiples seguidores, a razón de uno por año, es de nueva cuenta una revelación estimulante, una pequeña obra temeraria que parte de una premisa sencilla: la fascinación de un fotógrafo por el rostro de una joven recién fallecida.

Ciertamente Isaac (Ricardo Trepa), el fotógrafo judío sefardí que una familia católica contrata para capturar el cuerpo de Angélica (Pilar López de Ayala), la novia cuya vida se apaga misteriosamente poco después de su boda, y que como enigma todavía mayor conserva una gran sonrisa, es un héroe romántico y taciturno que cumple metódicamente la tarea encomendada. Pero cuando el cuerpo que ha de fotografiar cobra súbitamente vida y establece con él un intenso entendimiento afectivo, el joven se transforma en un poseído de la pasión amorosa, y esto le ocasiona una total confusión entre realidad y fantasía, apareciendo ante los demás como un ser lunático y extraviado, un extraño judío en la muy convencional comunidad católica.

Como un ser ausente, sumido en su mundo fantasmagórico, Isaac asiste distraídamente a las conversaciones de sus anfitriones, quienes discurren sobre asuntos muy terrenales relacionados con la ingeniería, la crisis económica y el calentamiento global.

En contrapunto con una meticulosa observación costumbrista del entorno social y los familiares de la difunta Angélica, Oliveira explora el mundo sensorial del joven artista y captura en una fotografía en blanco y negro su naufragio en una pasión necrófila de tipo surrealista, su desvarío mental, las mudanzas de su ánimo, y ese amor imposible, amor de perdición, que él mismo se ha inventado.

Caso extraño el del fotógrafo Isaac absorbido a la vez por el dispositivo de su arte y por una pasión amorosa producto de sus alucinaciones. Oliveira ofrece aquí un ejercicio de expresión minimalista y un cuidado extremo en el montaje y en el tratamiento del sonido. El resultado: la nueva lección de un cineasta en el apogeo de su madurez, capaz de sorprender con la sencillez de su oficio y los recursos aparentemente inagotables de su imaginación.