Opinión
Ver día anteriorJueves 21 de octubre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Ola de racismo contra migrantes
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arece una constante que ante las crisis económicas, el grupo más afectado es el de los trabajadores, y entre éstos los trabajadores migrantes, pues son el eslabón más débil del mercado laboral en la cadena productiva. Y no porque existan diferencias con el resto de los trabajadores, sino porque estos migrantes responden a una estrategia fomentada por los empleadores para regular sus ganancias y tener la menor cantidad posible de pérdidas. Por eso son los primeros despedidos, y no se diga cuando se trata de trabajadores indocumentados. Cuando las recesiones se ponen en marcha hay que culpar a alguien, para sacar al sistema capitalista adelante, aún a costa de poner en juego la democracia.

La historia reciente es bastante clara al respecto. Si recordamos lo sucedido en la crisis de los años setenta del siglo pasado, los reclamos por parte de los grupos de poder es que el llamado Estado de bienestar debía terminar, pues se había sostenido en elevados salarios y poderosos sindicatos que habían llevado a la crisis actual. Y si bien todos los trabajadores fueron afectados y el poder sindical se vería mermado, fueron los migrantes quienes sufrieron más al terminar de pronto los programas de trabajadores visitantes o temporales, sin olvidar que otros muchos fueron deportados sin más miramientos. Pero por supuesto que los empleadores y empresarios nunca pusieron en la discusión su responsabilidad en la profunda crisis, y la solución, como sabemos, pasó por la puesta en marcha de una política neoliberal que agudizaría aún más los problemas para los trabajadores.

Lo que es interesante observar es que fue precisamente en los años setenta cuando se formaron un conjunto de partidos de derecha nacionalistas en algunos países de Europa occidental. Aunque es muy posible que algunas de sus formas vivieran en forma subterránea con la derrota del nazismo después de la Segunda Guerra Mundial, pero sobre todo porque el sistema estaba viviendo lo que se denominó como la época de oro del capitalismo. Si bien sus primeros objetivos se focalizaron contra los impuestos que pensaban excesivos, para los años ochenta claramente se manifestaron contra la migración. Lo interesante es que ninguno de ellos alcanzaba la representatividad en los parlamentos de sus países, entre los que podemos destacar a Dinamarca, Italia, Francia y Austria. Esto se comprende pues la situación económica volvería a equilibrarse, y a partir de los años noventa se inició una fase de verdadero dinamismo económico. Y si bien no todos los grupos se beneficiarían de la misma manera con el neoliberalismo y los trabajadores verían mermados muchos de sus derechos, la migración se expandió como nunca antes en el mundo y la crisis tardaría unos años en volver, pero ahora con toda su fuerza y más grave que las anteriores por su extensión global.

A partir de esta crisis, estos mismos partidos, xenófobos y racistas centrados claramente contra los migrantes, han logrado votaciones que por primera vez les permiten tener representatividad en sus distintos congresos. Y si bien son minoritarios en relación con el resto, el problema grave, como pasa en Suecia con el Partido Demócrata Sueco, es que alcanzó una votación que le permite tener no sólo 20 asientos en el parlamento, sino que consiguió una gran cantidad de posiciones en los gobiernos locales, justamente en aquellos en los cuales la migración es importante.

Estados Unidos no escapa a esta ola de racismo y xenofobia contra los migrantes que resultan, como antes, muy buenos chivos expiatorios. Empieza a tener mucha presencia el llamado Tea Party, que agrupa un conjunto de sectores ultraconservadores, cuyas figuras más representativas son Sarah Palin y Newt Greenwich, y su más importante portavoz en los medios masivos de comunicación electrónica es la cadena Fox con personajes tales como Bill O’Reilly y el recién despedido de CNN Lou Dobbs.

La Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia ha sido muy clara en su informe anual al afirmar que ha habido un aumento general de la violencia racista en Europa y que se ha incrementado la percepción en las diferentes sociedades de que los migrantes son culpables de la degradación de las condiciones de seguridad, el desempleo y los déficits de los sistemas de salud. Todo ello producido por el reforzamiento de una nueva y peligrosa ultraderecha que obtiene posiciones. El problema, como señala el Informe Raxen, es que las acciones de los gobiernos para impedirlo no se hacen adecuadamente, a pesar de que están en juego la convivencia en las sociedades democráticas y yo diría la propia democracia.

Los países origen de estos migrantes no están haciendo mucho, más bien nada para proteger a sus connacionales ante una situación que día con día se agrava muy peligrosamente. Los están dejando en la absoluta indefensión, cuando gracias a ellos han recibido entradas de divisas que han sido, en casi todas las ocasiones, la tabla de salvación para sus economías.