Opinión
Ver día anteriorLunes 20 de septiembre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Dos hermanos
A

hora sí que como dijera Cioran, si me han avisado no nazco, iba diciendo Negro Nonato en su más último trote por el Centro, en esos días expropiados por la autoridad por algún nuevo pretexto o la combinación de varios. Había ido a visitar a su hermano Blanco Nonato (nada que ver con Cristóbal Nonato de Fuentes, esos son otros Nonato), que tiene su negocio en la calle de Guatemala.

Pero bien que nacimos, y venos, replicó Blanco a la exclamación de su gemelo.

Nadie pidió nuestra opinión, insistía Negro, no elegimos. A veces pienso con envidia en los fetos abortados, pienso: de la que se salvaron.

No entiendo de qué te quejas, de veras, dijo Blanco. El tiempo que llevas en esta Tierra no ha sido malo, como tampoco el mío. A pesar de las malas rachas, en las lelas y las tenebras la libramos.

Ni crean que por ser gemelos los Nonato se frecuentan. Como si vivieran en continentes distintos, siendo que es en la misma ciudad. Nunca se telefonean, no sabrían qué decirse. Pasan años, navidades, velorios y bodas sin cruzarse. Y cuando se ven, discuten. Horas. De todo, hasta del clima.

Negro vestía deportivo; la piel prieta por el sol. Viajaba mucho por entonces. Se las arreglaba para pasársela, si no en su casa campestre de Tlalpan, en algún destino de playa. Se supone que llevaba buena vida, más disipada que la de Blanco, y en apariencia, sólo en apariencia, más libre. Por distintas razones habían dejado atrás los tentáculos del poder y sus concupiscencias y hacían, aproximadamente, lo que les gustaba hacer, que en el caso de Negro no era muy claro.

El respetado taller litográfico de Blanco Nonato reportaba suficientes dividendos para irla pasando, con mucho encargo comercial y no pocos artistas plásticos que allí realizaban experimentos. Aunque medio rascuache, Blanco era una especie de mecenas, o al menos de facilitador, y eso lo regocijaba como no saben.

Carnal, la cosa está de la patada, iba insistiendo Negro mientras caminaban a comer al Salón Victoria, chica vueltesota que los hicieron dar porque se empeñaron en cruzar el Zócalo y cuál, estaban cercadas las calles hasta para los cristianos, con vallas, millones de policías y la milicia. A Blanco no pareció importarle, pero irritó a Negro. Además, las peloteras eran la salsa de Blanco que, como las matronas zapotecas de Ciudad Neza, podía pasar semanas y meses sin alejarse de su barrio.

Cabrito, dijo Negro con desagrado cuando ingresaron al bastante concurrido Salón Victoria. Era el plato favorito de Blanco. Te hubieras ido a vivir a Monterrey, bato. Blanco lo quiso consolar con un puedes pedir cualquier cosa, el menú es muy completo. No calculaba cuán vegetariano se había vuelto Negro, que a la hora de ordenar se demoró en las ensaladas y las guarniciones, poco convencido.

Tu cabrito huele a estiércol, le dijo a Blanco cuando trajeron sus platillos, siendo el suyo, además de verduras hervidas, un espagueti con ajo y aceite de oliva que tuvo que dictarle al mesero, que así como lo ven le tomó nota para ir a explicarle al cocinero, incluso le sugirió agregar perejil. Qué tolerantes, había dicho Negro, en lugares así siempre me mandan a la chingada.

Está delicioso, festejó parsimoniosamente Blanco después del segundo bocado de fiambre de chivo. Puso cara de éxtasis para fastidiar a su hermano. Resignado, Negro se dio contento a regañadientes con un vaso de un vino cualquiera. Cerveza y tequila Centenario había pedido Blanco, y Negro le había dicho, con toda razón: ese tequila es malísimo. Se enseñaron los dientes al brindar, sonriendo con fiereza. Uno puede imaginar las mismas miradas entrecruzadas entre dos niños, chistosito tú, cabrón. Desde temprana edad los Nonato aprendieron a meterse cuatros y birlar al otro, con una táctica parecida al ajedrez.

Los años los habían diferenciado, no parecían tan idénticos como cuando chicos. Blanco estaba pálido, peludo, cubierto por una especie de ligerísimo polvo. Y con su sempiterna bata de litógrafo parecía monje. Negro en cambio era atlético, no tenía canas o se las teñía, conservando ese look ligador que a Blanco siempre le cayó gordo, odiaba que los confundieran, le daba pena ajena (algo que entre cuates es complicado).

No sé de qué te quejas, repitió Blanco. Y Negro Nonato formuló la pregunta de la tarde, a ver, ¿qué estamos celebrando? Blanco levantó la frente, como para concentrarse. Nada le vino a la cabeza. Esperó. Nada. Dio otra tarascada al tierno cabrito con guacamole bañado en salsa mexicana. Masticó pensando. Mordió una tortilla. Alzó la servilleta hasta sus labios. La bajo despacio y terminó lo que quedaba del tequila para decir, tristemente sorprendido: no me acuerdo, no tengo la menor idea. Se le nubló la vista, como si lo aquejara una repentina demencia precoz.

Negro no esperaba esa reacción a su pregunta. Aprovechó para levantarse al baño. Era de las pocas ocasiones que hubiera preferido perder una discusión con su hermano.