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Ver día anteriorLunes 16 de agosto de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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American Curios

Una salida de emergencia para nuestras chambas

I

ra y hartazgo abruman a los trabajadores de este país, lo cual se manifestó en el acto de una sola persona esta semana, aunque hay por lo menos un sector donde continúa un auge sin precedente desde el 11 de septiembre de 2001.

Un nuevo héroe apareció en el escenario estadunidense este semana: un sobrecargo encabronado. El lunes pasado, un avión de la línea jetBlue aterrizó en el aeropuerto JFK de Nueva York procedente de Pittsburgh. Una pasajera se levantó apurada para sacar su maleta de arriba y al bajarla golpeó la cabeza de Steven Slater. Hubo un intercambio donde la pasajera le respondió de manera ruda, Slater se hartó y, tomando el micrófono del sistema de interfón, dijo algo así como a la chingada la cabrona que me dijo que me fuera a la chingada, han sido unos 28 buenos años. Ya me harté. Ahí muere. Acto seguido tomó un par de latas de cerveza y abrió una, activó la salida de emergencia desplegando la resbaladilla, echó sus dos maletas por adelante y bajó feliz.

Caminó hacia el tren del aeropuerto, tiró la corbata del uniforme, llegó a su auto en un estacionamiento. La policía lo encontró en cama con su novio en una casa frente al mar en Brooklyn. Slater, de 38 años, quien empezó a trabajar de sobrecargo hace 20 años, salió esposado y escoltado por la policía, pero con una sonrisa.

“Desearía que todos pudiéramos renunciar a nuestras chambas así. Parecía feliz, estaba así como ‘acabo de renunciar’”, contó un pasajero del vuelo al New York Daily News. Otra trabajadora de jetBlue dijo al rotativo: “todos tenemos la fantasía de hacer eso. Pero tenemos hijos y una hipoteca o somos demasiados miedosos –o cuerdos– como para hacerla realidad”. Sin embargo, consideró a Slater un héroe de la clase trabajadora.

Y por unos días el sobrecargo se transformó en héroe popular. Columnistas y comentaristas de todo tipo abordaron el tema, mientras Internet se inundó de reacciones de costa a costa, muchas con expresiones de admiración por lo que hizo Slater, lo que revela la ira masiva entre los trabajadores en este país por una situación económica en la que tienen que aguantar condiciones laborales cada vez más difíciles. Unos comentaron: todos deberíamos tener una resbaladilla de salida de emergencia de nuestras chambas.

Mientras tanto, Slater fue liberado después de depositar 2 mil 500 dólares de fianza y enfrenta cargos judiciales diversos y su patrón lo ha suspendido. De forma espontánea, una amplia comunidad anónima ha empezado a recaudar un fondo para su defensa legal a través de Facebook y otras redes sociales, donde ya estaban a la venta camisetas con la leyenda: Liberen a Steven Slater.

No son sólo las condiciones cada vez peores en el sector de la aviación comercial –donde los sobrecargos han padecido recortes constantes en salarios y prestaciones y jornadas más intensas de trabajo mientras enfrentan pasajeros cada vez más incómodos con menos servicios, más cargos por rubros como maletas y comida, y sujetos al fastidio de la seguridad en cada viaje–, sino que estas condiciones tienen sus paralelos en casi todos los demás sectores.

Foto
Harto de su trabajo de sobrecargo, Steven Slater, empleado de jetBlue, activó una salida de emergencia del avión en el que llegó a Nueva York y sin más saltó por la rampa y renunció. La imagen es del pasado día 10, cuando salió de una correccional en el Bronx tras depositar 2 mil 500 dólares de fianzaFoto Ap

Todos sufren una creciente inseguridad económica por la que nadie se atreve a renunciar ni a quejarse, ya que no hay opciones. Con una tasa de desempleo de 9.5 por ciento, uno de cada 6 estadunidenses sin empleo o subempleado, millones están perdiendo sus casas por no poder pagar hipotecas (los juicios hipotecarios se han incrementado en 75 por ciento de las zonas metropolitanas más importantes del país, reportó Reuters), junto con otros bienes como autos y posibilidades educativas por falta de dinero.

Pero no todo está en crisis. Hay algunos sectores que continúan en auge y ofrecen empleo, como la enorme industria de seguridad nacional.

En su sector público, siempre hay chamba en las fuerzas armadas si uno está dispuesto a ir a Afganistán o Irak. Además, aparentemente hay nuevas oportunidades de empleo en la frontera con México, ya que el gobierno está contratando mil 500 agentes más para vigilar esa zona.

Y hay oportunidades de oro en ser contratista militar. Por ejemplo está el caso de David H. Brooks, ejecutivo en jefe de DHB Industries, empresa que ha prosperado fabricando la armadura de cuerpo utilizada por los soldados en Irak y Afganistán. Acusado de fraude y otras cosas, los millones que ganó de sus contratos también le ofrecieron una vida extravagante revelada en su juicio, incluyendo más de 6 millones en gastos personales para comprar autos de lujo, libros de texto para su hija, videos pornográficos para su hijo, cirugía plástica para su esposa, prostitutas para sus empleados, un cinturón con broche incrustado con rubíes, zafiros y diamantes de valor de 100 mil dólares para él, y una fiesta para su hija para la cual contrató a los artistas 50 Cent y Aerosmith, reportó el New York Times. Uno de sus abogados afirmó en el juicio que Brooks representaba el logro del sueño americano, alguien que ganó dinero mientras ayudaba a su país cuando los militares lo necesitaban.

Desde 2001 el sector de seguridad nacional ha gozado un auge sin paralelo. En un extraordinario reportaje el Washington Post ofreció un panorama de esta industria, en gran parte privatizada, que incluye unas mil 271 organizaciones gubernamentales y mil 931 empresas privadas que trabajan en programas relacionados con antiterrorismo, seguridad interna e inteligencia desde unos 10 mil sitios a través de Estados Unidos. Agrega que en la región de Washington se ubican 33 complejos de edificios para trabajo secreto de inteligencia que ya operan o están bajo construcción desde septiembre de 2001, y que juntos son del tamaño de casi tres Pentágonos o 22 Capitolios. También calcula que unas 854 mil personas –casi 1.5 veces más gente que la población de Washington– cuentan con autorización para trabajar con secretos oficiales.

No se sabe si algunos de los empleados de este sector cuentan con resbaladillas de salida de emergencia cuando las cosas no funcionan, o se cometen errores de inteligencia, o simplemente se hartan.