Sociedad y Justicia
Ver día anteriorDomingo 14 de febrero de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Mar de Historias

La otra orilla

D

esde lejos se escucha el motor de los camiones que bajan por la cuesta cargados de escombros. Al entrar en la calle inundada levantan un oleaje fétido que golpea las paredes de las casas desiertas. Rústicas, desiguales, hundidas en el lodo, parecen barcas en un atracadero. Sus dueños les montan guardia para impedir que los ladrones se lleven alguna de las pertenencias que esperan rescatar cuando baje la corriente y el horror se convierta en un polvo irritante.

Las mujeres se detienen y miran la flotilla como si se tratara de un cortejo fúnebre que se dirige al panteón. Está un kilómetro adelante. Sus terrenos no fueron tocados por las aguas del río desbordado. Sobre las tumbas se yerguen las cruces intactas. En botellas y latas quedan mustias de lluvia las flores de papel. En las lápidas pueden leerse nombres y fechas: Paulina Santiago Juárez. 1970-2010. Te lloramos.

II

Hace apenas seis días que Samuel escribió esas dos palabras –Te lloramos– con los restos de la pintura verde que había utilizado para embellecer el trastero y las dos sillas antes de que Eduardo volviera de Los Ángeles. Con el remozamiento de los muebles Samuel esperaba demostrarle a su hijo que había invertido bien parte de la última remesa.

En unas cuantas horas la vida de Samuel había cambiado. La noche del miércoles 3, junto con Paulina, tuvo que abandonar la casa para impedir que las aguas del río los ahogaran. Tropezando, jadeantes, huyeron perseguidos por la corriente amenazadora y las advertencias de sus vecinos que también querían encontrar refugio. Lo hallaron en la iglesia a medias anegada. Allí esperaron el amanecer.

La luz del día fue implacable: les mostró con precisión la magnitud de los daños. Ante el espectáculo los damnificados llegaron a una conclusión: por lo pronto, y quién sabe hasta cuándo, no podrían habitar sus casas. Al cabo de un breve silencio se escuchó un coro de lamentaciones: Ay, mi tele. Ay, mi sala. Ay, mi herramienta. Paulina gimió: Ay, mi trastero y mis sillas recién pintadas.

Samuel se volvió a mirarla y le dijo que cesara en sus quejas.

A fin de cuentas habían conservado lo más valioso: la vida. Su mujer acató la orden pero en seguida se echó a andar por la calle con el agua hasta la cintura. Su esposo y todos sus vecinos la siguieron. También querían ver de cerca sus viviendas, asomarse por las ventanas y por las puertas que la corriente había abierto con la violencia de un ebrio que aparece enfurecido y a deshoras.

III

Aquel amanecer Samuel vio en el patio su bicicleta y su piedra de afilar hundidos en el agua. ¡Ya se chingaron! Se metió la mano en la bolsa del pantalón y encontró su caramillo. Se alegró de no habérselo vendido a un documentalista interesado en levantar un registro de los oficios olvidados como el de afilador.

Paulina miró el desorden en que flotaban sus cosas y sólo pensó en su hijo: Y ahora, ¿qué vamos a decirle a Eduardo? La respuesta de Samuel fue inmediata: Lo que sucedió, y que mejor se quede en Los Ángeles. Total, ya habrá tiempo de que venga a visitarnos. ¿Pero cuándo?

La pregunta quedó opacada por el llanto de un niño que les mostraba el cadáver de su conejo. Su madre, que iba tras él, se acercó a acariciarle la cabeza: “Chavita: te dije que nomás te quedaras con los gatos. A esos no les pasó nada. Si me hubieras hecho caso…” El niño se distrajo mirando el primer helicóptero que sobrevolaba la zona de desastre. Como náufragos, todos levantaron los brazos para atraer la atención del piloto: ¡Aquí, ayúdennos! La aeronave voló en círculos y desapareció con la agilidad de un colibrí.

Al cabo de unos minutos escucharon las sirenas de las patrullas y gritos lejanos: órdenes y malas noticias. Entre ellas sólo una buena: el agua no había llegado al cementerio. Los damnificados se sintieron contentos de saber que al menos sus abuelos, padres, hijos, amigos y vecinos enterrados allí se habían mantenido a salvo de las corrientes de aguas negras. ¿Cómo? ¿Por qué? La respuesta al misterio fue una palabra apenas murmurada: milagro.

Hacia el mediodía apareció Heladio. En la garita desde donde montaba su guardia nocturna en la armadora, a través de la radio había oído la noticia de la inundación. Se volvió loco pensando en lo que hubiera podido sucederle a su familia. Ya en la madrugada, sin esperar a su relevo y con riesgo de perder el puesto de velador, tomó el primer camión hacia su colonia. Encontró intransitable la carretera. Hizo buena parte del camino a pie y pudo darse cuenta de que en El Arbolillo no había sucedido nada. La mejor prueba era que los Miranda estaban dando servicio en la talachera.

Samuel decidió ir a verlos para pedirles el teléfono y comunicarse con su hijo. Tal vez Eduardo hubiera escuchado las noticias de la inundación y quería tranquilizarlo diciéndole que él y Paula estaban con vida. Para realizar sus planes tuvo que esperarse dos días y dos noches de insomnio y temor a la furia del río y a la avidez de los ladrones.

Paula lo acompañó a la talachera. Quería contarle a su hijo que aún conservaban las esperanzas de rescatar algunas de sus cosas, sobre todo las sillas verdes –sus periquitos, como las llamaba cariñosamente– porque cuando él era niño se divertía montándose en ellas al grito de ¡Upa caballito, upa! El recuerdo de aquellos años la hizo llorar. Eduardo le pidió calma y su bendición. Ella cerró los ojos e hizo la señal de la cruz como si tuviera enfrente a su hijo.

De vuelta a su casa Paula se detuvo a media calle y se llevó la mano al pecho: “Tengo el presentimiento de que ya nunca veré a Lalo”. Ismael trató de animarla: ¿No conoces a tu hijo? Sabiendo cómo están las cosas, no dudes que cualquier día de estos se nos presente. Por mí. ¡qué bueno!, para que me eche una mano. Lástima que aquí no vaya a encontrar trabajo.

En aquella hora Samuel creía que las nulas perspectivas para Eduardo, la inundación, la pérdida de sus cosas y el deterioro de su piedra de afilar eran las mayores desgracias que podían sucederle. No imaginó que a la mañana siguiente Paula iba a fallecer víctima de un ataque cardiaco.

Los damnificados olvidaron durante algunas horas sus tragedias personales. Permanecieron junto al cadáver de Paula hasta el momento de llevarla al panteón. En el camino por las calles lodosas y encharcadas se turnaron para cargar el ataúd. A la hora del entierro se escucharon rezos, llantos, lamentaciones y el caramillo.

El sonido con que Samuel acostumbraba anunciar sus servicios en la colonia le sirvió para despedir a Paula.

IV

Pasa la última flotilla de camiones. El oleaje vuelve a golpear con la misma fuerza las paredes de las casas. Muchas se ven ladeadas, a punto de caer. En la última se oyen voces. Sus dueños decidieron entrar por la azotea sin importarles las advertencias de peligro. Desde las habitaciones inundadas, a gritos, dan cuenta de sus hallazgos: La cama quedó patas arriba. Mi altarcito se cayó y no veo a mis santos. La puerta del baño está atrancada. Ni un retrato quedó bueno. La corriente volteó el refrigerador. La ropa ya no sirve.

Los vecinos se arremolinan junto a la ventana para ver, por turnos, las maniobras de los hombres que chapalean en el agua estancada, amarillenta. Van a pescar una infección, dice la madre de Chava. El niño pretende atrapar a un gato pero no lo consigue. El animal escapa y cruza la calle, donde ya se han formado costurones de lodo.

¡Encontré mi herramienta!, grita un hombre desde el interior de la casa. Los curiosos le hacen bromas y aplauden su inútil proeza. En medio de la algarabía se escucha el caramillo de Samuel. Todos se vuelven a mirarlo. Lleva la misma ropa sucia y un globo en forma de corazón en la mano izquierda.

Se detiene, les sonríe a sus conocidos y sin que nadie se lo pregunte les explica que se dirige al panteón. Quiere llevarle a Paula un regalo porque va a ser Día de San Valentín. Se despide. Todos lo siguen con la mirada, como si quisieran evitar que caiga en el lodo resbaloso que él desafía con pasos firmes. Hay asombro, rumores.

Mientras Samuel avanza el sol abrillanta la tersura del globo y acentúa su color. ¿Me compras uno así?, pregunta Chava. Su madre le impone silencio. Al cabo de unos segundos vuelve a escucharse el sonido del caramillo. Antes de la inundación le servía a Samuel para ofrecer sus servicios de afilador en la colonia. Hoy lo utiliza para anunciarle a Paula su visita en el Día del Amor.