Sociedad y Justicia
Ver día anteriorDomingo 17 de enero de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Mar de Historias

La obra del viento

A

l entrechocar, los prismas del candil proyectan su sombra movediza sobre la computadora y emiten un tintineo muy suave. Como siempre que escucha ese sonido, Ofelia recuerda aquel jueves trágico de l985. Suspende su trabajo y alza los ojos para calibrar el movimiento de los cristales. Si arrecian correrá a la calle. No quiere que un temblor vuelva a sorprenderla cuando está sola. Consulta el reloj. Es la una y cuarto de la tarde y ya está oscuro. Falta mucho para que Guillermo regrese de la escuela en donde da clases. Necesita llamarlo.

Atenta a los rumores del candil, Ofelia toma el teléfono. Lo deja caer cuando ve que las persianas se balancean y se escucha el estruendo de la puerta al cerrase de golpe. Mira hacia la calle. Las ramas de los fresnos que se agitan justifican el desorden inquietante: el viento. Para comprobarlo se acerca a la ventana.

Un gorrión salta por entre el follaje de los árboles. El padre de Ofelia los sembró cuando ella era niña. Puede estar segura de que están bien enraizados y no caerán. Su inquietud resurge cuando ve el espectacular que apareció por arte de magia en la azotea del edificio próximo. Prefiere no imaginarse lo que sucedería si el adefesio cayera movido por las violentas ráfagas de viento.

El gorrión sigue revoloteando entre las ramas. Ofelia piensa en cómo era esa calle cuando sus padres la llevaron a vivir allí. Entonces la hilera de casas de una sola planta dejaba libre la vista hacia el Ajusco, no había laberintos de cables y en las azoteas sólo se agitaba la ropa puesta en los tendederos.

Eso le recuerda que la computadora sigue encendida y su traducción quedó inconclusa. No importa. La retomará después de enviarle un correo a su hermano Jacinto, que está becado en Londres. Sin proponérselo mira el reloj: faltan minutos para las dos de la tarde y ella aún no tiene la comida lista. Bendice el microondas, la licuadora y el asador eléctrico que le facilitarán el trabajo. Piensa en su madre y en su abuela. Se pregunta cómo se las habrán arreglado para hacer todas las tareas domésticas sin ningún apoyo. No encuentra más respuesta que la ola de admiración y ternura que la envuelven.

II

Ofelia se acomoda frente a su escritorio y ve que lo cubre una capa de polvo. Piensa que el resto de los muebles estará en las mismas condiciones porque hace dos semanas que no aspira. Lo hará hoy en unos minutitos que tenga libres.

Abre su correo y oprime la tecla para escribir un nuevo mensaje. Asunto. Saludos y porras. Se queda pensando en lo que le dirá a Jacinto para animarlo. El frío de Londres siempre lo pone melancólico. No le dirá que aquí también hay mal tiempo. Le hablará del cielo azul y de cosas bonitas. Queri.. Antes de que termine la expresión cariñosa la pantalla se oscurece. Su lámpara de halógeno también está apagada y ya no le llega desde el baño el traqueteo de la secadora. ¡Los fusibles otra vez! Corre al garaje para cambiarlos, pero desiste cuando ve el medidor inmóvil. Si la luz se interrumpió nada más en su casa llamará a un técnico para que la reinstale; pero si se fue en toda la cuadra será un desastre.

En la radio escuchó que desde hace varios días en algunas colonias falta la luz porque aún no han podido reparar los desperfectos causados por las fuertes ráfagas de viento. Confía en que el daño no sea generalizado y sale a la calle para comprobarlo. Las ventanas sombrías no son suficiente respuesta. Atraviesa al edificio de enfrente. Antes de que se lo pregunte, el portero, hundido en un chaquetón a cuadros, le explica: Se nos fue la luz y quién sabe cuándo vuelva. A lo mejor se quemó un transformador. Acuérdese de que componerlo lleva tiempo.

Al borde de las lágrimas, Ofelia le cuenta los problemas que tendrá por falta de energía eléctrica. El portero la ve a los ojos: mejor no se queje. Piense en que esto no es nada en comparación a lo que están sufriendo aquella pobre gente de Haití. Lo perdieron todo. ¿Se imagina lo que será caminar entre miles de cadáveres y reconocer entre ellos a alguno de su familia? ¡Esa sí es desgracia y no un simple apagoncito!

III

Ofelia vuelve a su casa. Sin luz le parece aún más fría. Se ajusta el cuello del suéter, mira con desaliento la computadora muerta y su lámpara apagada; extraña el sonsonete de la secadora y el rumor de la radio encendida en alguno de los departamentos vecinos. Lamenta no haber comprado un aparato de transistores para oír las noticias. El que tiene es viejísimo, quién sabe en dónde esté y para que funcione hay que apretarle las pilas con cinta adhesiva. ¡Un horror!

Por el momento es imposible escribirle a su hermano ni seguir con su traducción, pero no puede quedarse inactiva. Su aversión a perder el tiempo le da energía y optimismo. Quizá la luz llegue en una o dos horas. Invertirá los minutos de espera en hacer la comida.

Entra en la cocina bien equipada con estufa, refrigerador, lavadora de platos. Sin energía eléctrica esos aparatos carecen de sentido y sólo ocupan demasiado espacio. La licuadora de ocho velocidades, el horno de microondas programado, la procesadora de 14 cuchillas y el extractor le resultan simplemente decorativos. Son como una cuadrilla de trabajadores que se declara en huelga.

Quizá no sea por mucho tiempo. Es más: tal vez haya vuelto la luz y ella no se ha dado cuenta. Alarga la mano y oprime el interruptor. El foco sigue apagado. Ofelia vuelve a preguntarse cómo le habrán hecho su abuela y su madre para darse abasto con los trabajos de la casa sin tantos aparatos. El sentido común le da la respuesta.

Busca cerillos para encender la estufa. Del quemador sale una corona de fuego azul. Podrá hacer el menú que había planeado: arroz a la mexicana (precocido), ensalada verde y unos bisteces de cazuela. A Guillermo le fascina la salsa de jitomate condimentada con pimientos que ella prepara como nadie… cuando tiene licuadora.

No se da por vencida. En alguna parte de la cocina guarda un molcajete domado por su abuela. ¡Toda una joya! Mientras lo busca trata de recordar cómo se utiliza el tejolote –la piedrita redonda con que se muelen los alimentos y que siempre la ha hecho reír: tejolote. Ofelia se golpea la frente. No tiene batidora para bañar de crema las zarzamoras. Habrá que batirla con un tenedor durante cinco o 10 minutos, como lo hacía su madre.

Ofelia coloca una sartén de aluminio sobre la estufa. Mientras hierve el agua puede quitar el polvo acumulado en su pequeño estudio. ¿Sin aspiradora? Se resigna a trabajar con el plumero. Lo compró en el mercado de Sonora como una simple curiosidad. Nunca imaginó que iba a necesitarlo y lo guardó en el cuarto de los tiliches.

De camino a la azotea pasa por su estudio. Recuerda el mensaje que iba a escribirle a su hermano. Para hacerlo tendrá que esperar a que vuelva la luz. Recuerda lo que le dijo el portero: Si fue el transformador estamos amolados, porque eso tarda. En su último correo Jacinto le habló de su depresión. La atribuyó al mal tiempo, pero ella sospecha otro motivo: la soledad.

Existe la alternativa de llamarlo por teléfono, pero Ofelia la descarta. En tres minutos no podría decirle todo lo que quiere. Necesita más espacio, más intimidad. ¡Una carta! Hace años que no escribe ninguna. Si lo hace no tendrá que especificar el asunto ni ser breve. Podrá alargarse cuanto quiera, como lo hacía su abuela en aquellas cartas que terminaban con la misma frase: Te mando todo mi amor y una ola del mar de Veracruz.

IV

Ofelia abre la puerta del cuarto. Está repleto de los muebles que ella desechó al remodelar su cocina. Se alegra de no haber cumplido la promesa de regalarlos. Si lo hubiera hecho hoy no podría recurrir al plumero. Lo metió en un gabinete viejo. Allí sigue, con su penacho de colores vivos. Lo agita en el aire sin que se le desprenda una sola pluma.

Mira en su derredor para ver si algo más de lo que hay acumulado allí puede servirle. Descubre en el techo una gotera. La mancha le recuerda que dejó la cacerola en la hornilla. Baja corriendo a la cocina. Se tranquiliza al ver que una mínima cantidad de agua bulle en el recipiente.

Posterga la limpieza de su estudio. Deja el plumero y el viejo radio de transistores sobre la mesa en donde quedó el molcajete. Nunca pensó que a su cocina ultramoderna llegarían objetos tan sencillos y olvidados; mucho menos que pudieran servirle en medio de un apagón. Mirándolos piensa otra vez en su abuela y en su madre.