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El arte del amor
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Guillaume de Machaut
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Madeleine Peyroux
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Brad Mehldau
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Milton Nascimento
Periódico La Jornada
Sábado 31 de octubre de 2009, p. a15

Vocalizaciones, ecos de otros mundos, otras eras, el viaje desde el inicio es tan terreno que se convierte en sideral.

Desde que empieza a sonar el disco una sensación de ensueño envuelve al escucha, como cuando se alejan los amantes pero queda el calor entrambos y los acaricia todo lo que su ausencia dure. La voz de Milton Nascimento, ese hacedor de paraísos instantáneos, arrulla, arropa, aúpa hacia una alfombra mágica sólo visible para los oídos, al alcance de las yemas de los dedos del corazón que arde.

Los versos de Guillaume de Machaut, su música, animan el álbum Art of Love: amo de una manera absoluta/ con un amor que nunca tendrá fin/ El fuego eterno del amor/ me abraza noche y día/ y arde de manera más brillante todavía.

De Machaut es para los iniciados uno de los capítulos más exquisitos, un apartado de elegancia, nobleza, inteligencia, arte todavía no superado con los siglos. Fue uno de los cultivadores máximos del ars nova, ese periodo durante el siglo XIV donde el trovador se volvió nómada y se sentó a escribir su música y sus versos.

No solamente surgió entonces la notación musical mejorada, sino una manera de cantar el mundo diferente. Y el amor: Cuando mi amado se ha marchado lejos/ de mí, su mujer/ no hay dolor ni palabras por decir/ solamente su calor que permanece en mí/ y me envuelve, me acaricia todo el tiempo de su ausencia.

El arte del amor. He aquí un descubrimiento feliz: el maestro Robert Sadin reunió a una pléyade de músicos sin importar su celebridad, sus agendas apretadas, sino su manera tan afortunada de cantar el amor: Milton Nascimento, ese arcángel negro; Madeleine Peyroux, esa cantante sublime que ha superado el mote y mito de imitar a Billie Holiday para poseer estilo propio y quien aquí declama versos en francés antiguo de una manera tan sensual y angelical que desarma el pabellón de la oreja del escucha y lo vuelve a armar con la forma de las alas de una mariposa; Natalie Merchant, esa vocalista singular; Brad Mehldau, maestro del piano en jazz, continuador del estilo Bill Evans; Cyro Baptista, ese maestro percutor, también brasileño, que arma selvas amazónicas por doquier donde percute y así hasta completar un equipo de ensueño.

El resultado, en principio, rememora Lambarena, esa conjunción afortunada de música africana con Bach, y también los otros proyectos de Hughes de Courson, con música árabe y de Mozart.

En este caso la conjunción de la música de Guillaume de Machaut dicha y hecha por los maestrísimos mencionados, es tan fascinante como los proyectos dichos en el párrafo anterior: música nueva en cuanto que sí, es Machaut lo que suena pero es en realidad una nueva sonoridad lo que se escucha. Una música sin tiempo, sideral de tan terrena.

Las danzas del siglo XIV, los aires antiguos, los cantus firmus y las melopeas se encuentran con los prodigios de que son capaces músicos de hoy, de nuestra era.

Hay pasajes instrumentales, sesiones de mera vocalización, canto sin palabras, y hay poemas dulcemente dichos, depositados con delicadeza en el lóbulo de quien detenta el amor, es decir, la belleza, es decir, la música:

El amor mueve el deseo tan locamente/ que no puedo esperar más, ni pensar, mucho menos imaginar/ que tu rostro tan radiante, que ilumina mis latidos por completo/ pueda algún día darme la felicidad.

El arte del amor.