Opinión
Ver día anteriorJueves 8 de octubre de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El eterno retorno
E

n mi memoria, sigo eternamente en Jaipur.

En los enormes patios del palacio del Marajá retirado, varios caballos con arreos lujosos defecan, un olor penetrante lacera el olfato; un hombre muy adornado lleva en la cabeza un turbante color cúrcuma como si portase una gran canasta de especias parecidas a las que se admiran con finura ordenadas en los bazares; de su cinturón cuelga una enorme cimitarra; se inclina y despliega un tapete rojo sobre el que se desplazará un oficial venido a menos tocado con su tradicional turbante de un color púrpura encendido como los labios de las mujeres en las canciones de Guty Cárdenas; prendidas a su chaleco de seda amarilla condecoraciones de pacotilla, el atuendo se completa con una especie de enagua rosa de organdí satinado semejante al que usaban las mujeres del pueblo en ¡Qué viva México!, la película de Sergei Eisenstein; sus pantalones son muy amplios y bombachos y tiene los pies calzados con zapatos coloreados y terminados en punta. Se contonea cuando camina y se retuerce el bigote, es tan ridículo como nuestro guía, medio jorobado, mandón e impertinente; los niños indios que visitan Jaipur no piensan como yo, es evidente y le ruegan al funcionario que se retrate con ellos, sus madres los miran con orgullo, es una réplica del pasado al servicio del turista, ya sea indio o extranjero. Un elefante duplica la imagen, el cuerpo entero decorado con arabescos de chirriantes colores y encima del lomo un palanquín suntuoso: lo miro con asombro y un poco de temor, alza la trompa y orina, el suelo queda inundado de agua amarillenta y reincide el penetrante olor. Afuera del recinto vacas flacas, cebúes y asnos.

Ayer, al salir del palacio una mujer pedía limosna, cargando a su hija para mostrar el tumor que le cubre casi toda la espalda: siento enorme repugnancia y rabia: la misericordia se vuelve una respuesta a la culpa que produce la exhibición de la miseria extrema. Los niños limosneros levantan las manos de manera automática como si fueran estatuas: el color de su piel, sus ojos y su ropa es como el de las fachadas de los barrios bajos de Bombay, viscoso, opaco, oscuro.

El Fuerte Dorado lo es de verdad, la arena del desierto se ha trasladado, luminosa, a sus paredes labradas primorosamente. Un templo jainita, pintado de verdes y blancos deslumbrantes con galerías flanqueadas de hileras de budas con la boca pintada de rojo. Luego caminamos por una calle que asciende, al lado de una enorme muralla color mamey; veo colgado un tapiz hecho con telas de distintos colores entramadas con espejos: se enardece mi pulsión consumista, pido el precio y empiezo a regatear de inmediato con el vendedor, el guía se interpone, me dice ‘no lo compre, es de muy mala calidad, los voy a llevar a una tienda donde las cosas son magníficas’. No le hago caso, regateo hasta cansarme, ajusto el precio, estoy segura de que he conseguido una ganga a pesar de que sigo oyendo, interminables, los consejos del guía que como mosca me persigue para que gaste en la tienda donde le darán su comisión. Prosigo mi viaje con un paquete perfecto y polvoriento: seguro llevaba colgado sobre el muro una eternidad.

De repente, un grupo de niños y niñas entre cuatro y siete años cantan y bailan, sus ojos muy negros y sus bellos dientes blancos, un alegre y hermoso espectáculo que me reconforta.

Más tarde, ya en el tren, ese palacio sobre ruedas que me conduce por el Rajastán, me siento a cenar en la mesa que me han asignado junto a una pareja de indios exilados en California y comento, ‘no sé porqué, pero en la India tengo la impresión de que todos me engañan’; Shanti me mira, asiente y dice, ‘a nosotros nos pasa lo mismo’. En silencio y un poco harta engullo mi curry –el curry eterno de todos los días, de todas las comidas, el olor sempiterno que me acompaña y satura a la India del mismo y repetitivo olor amarillo como la cúrcuma o la orina de los elefantes o las heces color ocre de los caballos.