Amazonía, útero de la tierra

Gianni Proiettis, Lima, Perú. La matanza de la Curva del Diablo, perpetrada cerca de Bagua en la Amazonía peruana el pasado 5 de junio, muestra la fuerza y la madurez del movimiento indoamazónico y marca un antes y un después en la historia reciente de Perú.

La prensa ya creó un neologismo: baguazo, que de ahora en adelante  designará la represión homicida ejercida a traición por el Estado contra una protesta popular. Los awajún y wampis que mantenían bloqueada la carretera estatal Fernando Belaúnde, entre Bagua Grande y Bagua Chico, blandían una razón más que válida: detener el despojo y la devastación de sus tierras ancestrales, salvar la Amazonía de la voracidad del blanco, de sus empresas y de la sombra mortal de su “desarrollo”.

Con un nombre prestado por la mitología griega, selva primordial y terra incognita por excelencia, la Amazonía no sólo es el pulmón del planeta con siete millones de kilómetros cuadrados de vegetación, sino también el riñón —gigantesco filtro acuático— y el útero húmedo y fecundo de la máxima biodiversidad.

Partida entre siete países —Brasil, Guyana, Vene-zuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia— la Amazonía es una de las regiones lingüísticas más complejas del mundo: 300 lenguas, derivadas de 20 familias distintas, por menos de dos millones de hablantes. Tan sólo la Amazonía peruana cuenta con 44 pueblos indios diferentes con sus lenguas y cosmovisiones.

Más allá de la variedad cultural y étnica, el hombre indoamazónico presenta paradójicamente, en una sociedad considerada “sin escritura”, las capacidades poliédricas anheladas por el Renacimiento: arquitecto (y constructor), artista, astrónomo, botánico (y terapeuta), guerrero (y cazador), músico, naturalista, inventor. Y, sobre todo, guardián de la selva, escudo humano frente al “progreso” llevado por las empresas transnacionales, que no se detienen frente al ecocidio ni el etnocidio.

El ataque armado del gobierno contra miles de manifestantes en Bagua pretendía romper un exitoso paro de casi dos meses contra un conjunto de decretos inconstitucionales, impuestos por Alan García y su gobierno para abrir en fast track una región del tamaño de Sonora a las transnacionales, sobre todo extractivas y agroindustriales, ignorando la existencia y los derechos de los pueblos nativos.

Si el gobierno creyó que con el baguazo iba a doblegar al movimiento amazónico y su capacidad de bloquear el flujo de petróleo y gas, el tiro le salió por la culata al provocar un efecto dominó en la realidad nacional y despertar a nivel mundial una campaña en defensa de la Amazonía y sus pueblos.

 

En su artículo El síndrome del perro del hortelano, el presidente García acusaba a los pueblos de la Amazonía de obstaculizar el desarrollo nacional, como perro del hortelano que no come ni deja comer. El artículo, que contiene afirmaciones abiertamente racistas, se conoció en Ginebra, Suiza, en la 75 sesión del Comité para la Erradicación de la Discriminación Racial de la onu. Junto con otras evidencias presentadas por Miguel Palacín Quispe, de la Coordinadora Andina de Organizaciones Indígenas, el artículo ha probado la actitud discriminatoria y ofensiva del presidente.

El nuevo gabinete de gobierno, que asumió el 11 de julio y que alguien definió “de trinchera”, mandó claras señales: luego de la “pírrica” victoria del movimiento indígena (adjetivo de Mario Vargas Llosa), que se preparen los peruanos para una temporada de dura represión. Javier Velásquez Quesquén, actual jefe de gobierno, fue el mayor responsable, como presidente del Congreso, del retraso del debate sobre los decretos amazónicos. Ahora, la preocupación del nuevo gobierno es mantener el control frente a sacudidas venideras.

Todas las promesas he-chas antes de irse por el ex primer ministro Yehude Simon —renombrado Judas por la vox populi— se cumplen al revés: los presos quedan presos, las órdenes de aprehensión siguen vigentes para los militantes y los cinco principales líderes de la Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (Aidesep) que agrupa a 1 350 comunidades selváticas y coordina varias organizaciones regionales. El gobierno cree haber decapitado al movimiento, pero Alberto Pizango, el lúcido y combativo líder shawi asilado en Nicaragua, sigue participando en la dirección de Aidesep y convocando a-poyo y solidaridad a la causa indígena.

Los dirigentes hermanos Cervando y Saúl Puerta Peña han logrado alcanzar a Pizango en Managua. Teresita Antazú, presidenta de la Unión de Nacionalidades Asháninka-Yanesha, rechazó el asilo político y optó por quedarse en la clandestinidad en el Perú.

Desde allí otorga entrevistas de denuncia y subraya lo absurdo de imputarles los hechos de Bagua, justo mientras ella y los otros dirigentes estaban dialogando con el gobierno. Tampoco Santiago Manuín, líder histórico del movimiento indoamazónico, ha querido exilarse. Fue hospitalizado en Chiclayo, bajo custodia policial, luego de recibir ocho tiros de metralleta disparada por los agentes de la División Nacional de Operaciones Especiales el 5 de junio en la Curva del Diablo. Santiago se estaba acercando a los uniformados con las manos arriba, exhortándolos a que no dispararan.

Varias organizaciones de derechos humanos han demandado al presidente García y al poder judicial que las órdenes de aprehensión para Manuín y otros dirigentes sean conmutadas por órdenes de comparecencia, pero el ejecutivo trató de dividir a la Aidesep, utilizando a un ex-dirigente, separado del cargo por desfalcos financieros, para convocar a una reunión que eligiera una nueva dirección. Aunque apoyada por la prensa oficialista, la maniobra fracasó ante la firmeza de la actual presidenta y la cohesión de las bases. Los ocho apus, máximas autoridades indígenas de las respectivas regiones selváticas, viajaron a Lima para cortar la intentona separatista.

Con la popularidad por los suelos, el gobierno insiste en el golpeteo: van dos veces que el secretario de relaciones exteriores, José Antonio García Belaunde, protesta ante Nicaragua por la “actividad política” de Alberto Pizango que, según el secretario, traspasa los limites del derecho de asilo.

Alan García, definido como “el búfalo del hortelano” —manera sutil para “capataz de las transnacionales”— en su discurso del 28 de julio, día de las Fiestas Patrias e inicio del cuarto y penúltimo año de su mandato, no renunció a la cantaleta sobre un presunto “complot internacional” encabezado por Evo Morales y Hugo Chávez y ejecutado por algunas pérfidas ONG.

Hoy se sabe que en los mismos días de julio en que se derogaban los decretos amazónicos, la secretaria de Energía y Minas firmó un contrato de concesión con la empresa petrolera anglo-francesa Perenco, que invertirá dos mil millones de dólares en la perforación de cien pozos en el Bloque 67, cerca de Ecuador. Según las previsiones, se piensa llegar a extraer 100 mil barriles diarios de crudo. Parece no importar que los estudios de impacto ambiental hayan revelado la presencia de dos tribus no contactadas en la zona: el gobierno ya declaró la concesión como una “necesidad nacional”.

Gianni Proiettis, corresponsal de Il Manifesto en Latinoamérica

 

Predicadora Evangélica. Perú, 1991. Foto: Eusebio Quispe. Taller de fotografía social (Tafos)

regresa a portada