Acteal, la historia visible

de un testigo verdadero

 

Juan Trujillo Limones, Acteal, Chiapas, 22 de agosto. “Estaba en Los Chorros, cuando ya supe que murieron hombres, mujeres, niños y ancianos, me contó entonces don Tomás Pérez Méndez, el que acaba de salir de la cárcel”, recuerda el tzotzil Toño mientras las nubes amenazan con bañar de lluvia la comunidad. El 13 de agosto fueron excarcelados 20 paramilitares que participaron en la masacre de Acteal, como resultado directo de la guerra contrainsurgente del gobierno de Ernesto Zedillo contra el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Los niños juegan futbol frente a la casa donde todavía delibera la mesa directiva. Toño contempla paciente la pelota, al tiempo que la música se apaga de las bocinas, terminada la conmemoración que cada día 22 se celebra en Acteal. Es originario del ejido Los Chorros y miembro de la Sociedad Civil Las Abejas desde 1992. A pesar de los años transcurridos, y que la historia “casi va borrando de mi mente”, se define como “testigo verdadero” de los hechos previos a la masacre del 22 de diciembre de 1997.

“Los perros lo que mandé en Acteal son bien chingones y cabrones, no le importaron la edad, hasta lo mataron a niños y ancianos. Qué crees, somos bien chingones”. Toño habla de lo que Tomás Pérez Méndez, entonces dirigente del PRI y señalado como “mandón” de los paramilitares en Los Chorros, le contó la tarde de ese 22 de diciembre.

El fallo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación otorgó la libertad a los señalados culpables por Las Abejas, y provocó que el gobierno de Chiapas pusiera en marcha planes para “dotarlos de nuevas tierras y proyectos de desarrollo”. Una vez liberado, el “mandón” don Tomás explicó a la prensa el pasado 14 de agosto: “Dios no quiere un pie allá y otro acá, salimos con una convicción pacifista y sin rencores. No creemos que exista más problemas pero si no quieren que regresemos, aunque nos entristece, no lo haremos”.

Desde temprano comenzó la ceremonia del caracol alrededor de la polémica columna de la Infamia de Jens Galschiot, así como la misa que cada mes recuerda a las víctimas en el auditorio de esta comunidad. La indignación es visible en el párroco tzotzil de Chenalhó, Marcelo Pérez, quien insiste en “recordar la verdadera historia y no permitir que el gobierno, sus instituciones y los medios de comunicación que lo sirven, traten de borrar nuestra palabra para crear su propia historia, sus propios hechos y su propia justicia”.

Durante la homilía, Toño escucha mientras clava la mirada en las verdes montañas. Antes de su actual condición de desplazado en X’oyep, vivió en Los Chorros. Era la tarde del 21 de diciembre de 1997 “cuando planearon en la mesa: ‘Vamos a salir las cuatro de la mañana’. Qué rumbo van a llevar, en las montañas, pa’ que no se vea. Cargado sus cuernos de chivo”.

Según Angélica Inda y Andrés Aubry en Los llamados de la memoria, Los Chorros fue parte de una vieja finca que desde 1804 condensó disputas y humillaciones entre los viejos dueños españoles, indígenas peones y familias ladinas como la de Manuel Larráinzar. “Todo se acarreaba a lomo de indios, mientras detrás de ellos y desde su caballo, don Manuel chicoteaba a los cargadores para acelerar el paso”. Así fue sembrada la historia de dominación y deshumanización. Pero lo novedoso fue que en dicho paraje de cinco mil personas se sustituyó la autoridad que hoy todavía transforma a las comunidades, antes depositada en el entramado hereditario de la costumbre indígena y el bastón de mando de los consejos, y ahora y desde la paramilitarización, en el cuerno de chivo.

Las Abejas se formaron de una mezcla ecuménica, con inconfundible raíz del movimiento impulsado por la pastoral católica de San Cristóbal de las Casas, inspirada en la teología de la liberación. “Nuestro testimonio es verdadero, conocemos muy bien a los paramilitares porque son nuestros vecinos, nuestros parientes y porque desde mucho antes de la masacre ya estaban amenazándonos porque no apoyamos sus ataques contra nuestros hermanos zapatistas”, explicó un miembro de la organización al término de la misa.

Para que un grupo paramilitar, como “pez bravo”, pueda vivir y reproducirse dentro de la comunidad para atacar al “pez rebelde”, es preciso hacerlo comer y quitarle el agua. Se trata de destruir esa economía moral arraigada al trabajo campesino, para imponer una economía de guerra. “Cuando se organizaron los paramilitares fue el 14 o 15 de septiembre de ese año. Cuando ya supieron los zapatistas que los priístas van en contra, entonces mejor salieron de la comunidad, ahí lo dejaron abandonado sus casas, cafetales, animales. Los paramilitares se trajeron caballos, puercos, gallinas, guajolotes. Llegaron a amontonarse a revender, para las personas que quieren comprar. ¿Para qué sirve ese dinero? Para comprar más cartuchos o armas”, señala Toño. A pesar del sol en el cielo, la lluvia refresca a los niños que siguen jugando.

Los paramilitares priístas se impusieron en 18 de 61 parajes del municipio de Chenalhó. Esa situación indujo el desplazamiento de 10 200 indígenas. “Ahí amenazaron toda la comunidad. Hay gente que sabe pensar, no es bueno matar. El que no quiere la guerra, lo matan. Así la gente aceptaron llevar las cosas, lo que robaban los paramilitares. Entonces cuando terminaron de sacar todas las cosas, todo lo que tienen los bases de apoyo zapatistas, empezaron a desclavar las tablas, puro barato”.

Toño habla del entrenamiento de este grupo paramilitar Máscara Roja: “Fueron entrenados con los ex militares, hay un señor que se llama Felipe Pérez Hernández o Hernández Pérez, sabe manejar armas de alto poder, entonces ahí donde fue a enseñar”.

Era la tarde del 20 de diciembre, cuando “ahí vive el mero mandón Antonio Sántiz López, lo entregó las armas a cada persona, y cartuchos de balas, ahí donde lo vi. Como 18 personas”.

Hace unos días, en Nueva Esperanza hubo fiesta para celebrar la excarcelación. Según este “testigo verdadero”, fue en ésta “donde se formaron de varias comunidades”, y donde llegaron desde Los Chorros el 21 de diciembre “a organizarse cómo entrar, a qué horas”. El día 22 “ahí llegaron por acá”. El saldo de muerte bien conocido y documentado es de 45 mujeres, niños, hombres y ancianos.

De pronto, los niños gritan porque un equipo anota gol. El tiempo de escuchar a Toño termina, como también la lluvia y el juego. No sin antes pedir que la palabra, aunque invisible, sea llevada para alcanzar algún destino incalculable. Este testigo renunció a sus tierras, cafetal y caballo, lo que le proveía de alimento a su familia. Pronto la Suprema Corte excarcelará a otro grupo de paramilitares y los intelectuales seguirán opinando y señalando caminos en la prensa.

Es preciso escuchar los testimonios verdaderos, condensarlos en un tribunal autónomo, evitar que se borre de la mente la historia, juzgar a los mandos militares y políticos que ordenaron el acto de guerra, y frenar el plan de reescritura de la historia que se impone como forma de dominación. Entonces, lo invisible de la verdad será visible.

 

Los cuatro magistrados. México. Foto: Pablo Ortíz Monasterio

regresa a portada