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The New York Times resalta cómo la fotógrafa recién fallecida descubrió el sureste de México

Marcey Jacobson documentó la identidad indígena en Chiapas

Con su cámara captó la marginación y la pobreza antes de la insurrección zapatista de 1994

La pureza de su visión le daba un sentido sin tiempo a sus imágenes, dice Antonio Turok

Foto
Monos, San Juan Chamula, 1968, imagen tomada del suplemento Ojarasca correspondiente a marzo de 2003Foto Marcey Jacobson
 
Periódico La Jornada
Viernes 14 de agosto de 2009, p. 3

La fotógrafa estadunidense Marcey Jacobson, una de las creadoras que mejor documentó la vida cotidiana, las festividades y la identidad de los pueblos indios de Chiapas, falleció el pasado 26 de julio de un ataque cardiaco, a los 97 años de edad, informó su amiga Janet Schwartz.

En su edición electrónica de ayer, The New York Times reseñó la vida de Jacobson y la manera en que descubrió, a mediados de los años 50 del siglo pasado, los paisajes y la gente del sureste mexicano, una tierra que nunca abandonaría.

Luego de varios años de vida común y corriente en Nueva York, donde nació en 1911, decidió viajar a San Cristóbal de las Casas en 1956, para una visita de pocos días, como al principio pensó.

Sin embargo, quedó cautivada por un sitio que ella consideraba la solución a todo, y decidió establecerse ahí para siempre, junto con su compañera, la pintora Janet Marren.

Retratos inolvidables

Según la reseña del periódico neoyorquino, Jacobson comenzó a tomar fotografías con una cámara Rolleiflex prestada, con la que exploró pacientemente la colorida ciudad, el mercado central de los indios mayas de la región, y se ganó la confianza de los lugareños, normalmente tímidos ante la lente.

De esta forma, captó retratos inolvidables en blanco y negro de las calles de San Cristóbal, las veredas de pequeñas comunidades del resto del estado e incluso imágenes de desastres naturales, pero sobre todo de los rostros de sus habitantes.

Sus andanzas por Chiapas se tradujeron en más de 14 mil negativos, tomados en su mayoría entre las décadas de los 60 y 80, que dejan ver la vida cotidiana de los indígenas y sus ritos familiares y religiosos, los cuales serán donados al museo y asociación cultural Na Bolom, de San Cristóbal, anunció Schwartz, donde se le renidirá un homenaje póstumo este septiembre.

La mayor parte del trabajo de Jacobson, destacó el rotativo neoyorquino, se realizó antes de que estallara la insurrección zapatista de 1994, es decir, en tiempos en que las condiciones de vida inhumanas de los pueblos originarios de Chiapas no eran tema de debate público.

Esta realidad dolorosa también fue mostrada por la cámara de la artista. Además de la belleza y colorido del lugar y su gente, sus tomas a menudo reflejan las tensiones y el dolor causado por la pobreza, la marginación y el conflicto entre los mundos rural y urbano, entre la tradición y la supuesta modernidad, entre la dignidad y la discriminación.

Una muestra elocuente de lo anterior es el libro The burden of time/ La carga del tiempo, publicado en edición bilingüe por la Stanford University Press, que incluye 75 fotos que plasman el dolor de las personas enfermas, sin hogar o sin esperanza.

Como definió alguna vez la propia autora, las cargas son a la vez difíciles y honorables, asumidas e impuestas, personales e históricas. Todo es, de alguna manera, una carga del tiempo.

En varias entrevistas, Jacobson gustaba de recordar cómo era San Cristóbal en la época en que ella llegó. Aunque el lugar cambió rápidamente, la artista nunca olvidó la forma en que los mayas seguían siendo maltratados.

Marcella Jacobson, Marcey, nació el 27 de septiembre de 1911 en el barrio neoyorquino del Bronx. Bohemia por naturaleza y socialista por convicción, pronto comenzó a tener inquietudes por conocer el mundo. Su primera visita a México –aunque no a Chiapas– fue en 1941, y desde entonces se refugió en el país, en cierto modo huyendo de la presión macartista por su condición de homosexual y militante de izquierda.

Hace apenas un par de meses, Jacobson preparaba una exposición con más de 100 imágenes, que representaba un increíble documento histórico y etnográfico de esta esquina bendita de la Tierra (Chiapas), afirmó Schwartz.

El mes entrante, el mismo día en que la fotógrafa cumpliría 98 años, sus cenizas serán esparcidas alrededor de un árbol que ella amaba, en su casa de San Cristóbal, para unirse a las de Janet Marren, fallecida en 1998.

Legado por explorar: Moya

La fotoperiodista y albacea de Jacobson, Janet Schwartz relata que la fotógrafa firmó más de cien obras de gran formato sobre la historia del sureste mexicano de los años 60 a los 90 del siglo pasado: Marcey dejo un legado etnográfico histórico para Chiapas y México muy importante. Captó la vida cotidiana, la naturaleza e hizo retratos del pueblo antes del movimiento zapatista. Ella no quiso salir a las calles en el levantamiento y sólo tomó las siluetas de las personas.

Con sus imágenes, Jacobson contribuyó para que se reconociera a los pueblos indígenas de Chiapas. Marcey apreciaba mucho la vida mestiza de San Cristóbal. Aprendió a revelar sola y en blanco y negro, agregó la albacea.

El fotógrafo Antonio Turok consideró que toda la obra de Jacobson es estéticamente muy clásica, porque nunca rompió las reglas y se apegó a los términos estéticos de la luz y la sombra. Era bastante tradicional.

Turok, quien conoció a la fotógrafa en 1973, explicó que Marcey retrató una forma de vida que desapareció de manera vertiginosa en las comunidades indígenas: La pureza de su visión le daba un sentido sin tiempo a sus imágenes.

A su vez, Rodrigo Moya dijo que Jacobson era uno de esos fotógrafos que fallecen sin haber difundido su trabajo y que lamentablemente se lo puede llevar el olvido.

“Chiapas tiene muy poco tratamiento fotográfico, excepto a partir del movimiento del EZLN. El archivo de Jacobson tiene que revisarlo alguien para que no se disperse y no sea víctima del tiempo.

Valdría mucho la pena que alguien investigara el trabajo y personalidad de esta fotógrafa veterana con obras poco conocidas, pues seguramente es un archivo lleno de hallazgos. En provincia existen archivos magníficos. Espero que el suyo no sea el caso de esos fotógrafos y acervos que se malogran, se mueren y desaparecen, explicó Moya.