Opinión
Ver día anteriorMiércoles 12 de agosto de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Ética pública y decadencia
L

a certeza de padecer una prolongada época de decadencia se ha afianzado entre una extensa capa de mexicanos, generalmente los más decididos y conscientes de sus padecimientos y frustraciones. No son unos cuantos, sino millones. Saben a la perfección que para encontrar remedio y salidas a tan dañino proceso, que afecta hasta las más profundas fibras de la personalidad y el entorno colectivos, tienen que trabajar con empeño, imaginación, organicidad y valentía. Pero lo novedoso del caso es que tal proceso decadente se ha extendido aun entre aquellos que se han beneficiado de tal estado de cosas.

Por estos tiempos de inseguridades notorias y angustias laborales es común oír, aun en círculos que se piensan selectos, educados y otrora protegidos de las adversidades y avatares comunes, que ya no hay remedio a tan entrampada situación. Una tupida red de intereses y ambiciones malsanas fuerzan tan negativa visión del ánimo, y las posibilidades del país para deshacer nudos y sacudir tales problemas se reducen. Se desemboca así en el imperio de un grave, hasta perverso grado de impunidad que impide el crecimiento, la justicia y el progreso de la comunidad. Se llega entonces al extravío de la esperanza, ingrediente crucial de una convivencia. La resignada consternación por el presente es la constante y se nubla lo que el futuro pueda proveer. La sensación de que la mejoría, el bien general, la convivencia pacífica, el reparto equitativo de los bienes se transmuta en una imagen difusa, elusiva, inalcanzable. Y, si hay alguna posibilidad de avance, tendrá que ser precedida por fenómenos inesperados. La mejoría, se afirma, no podrá generarse desde dentro del sistema establecido o provenir de las elites para desparramarse al resto de la sociedad.

La magia y los deseos sin fundamento entran en escena ante lo cerrado de los horizontes. El salto hacia adelante se ve como posible. La fuga del momento que aprisiona o la desesperación que aplasta se aparecen como un juego contiguo, cotidiano. Se espera y hasta desea un hecho fantástico, un movimiento sorpresivo que haga reaccionar el espíritu de grupos e individuos y desate el cambio apenas entrevisto.

Según este tipo de ánimo predictivo, algo se está cocinando dentro de la decadencia que la hará estallar. Unos piensan que esto puede tomar cauces violentos, desesperados al menos. Otros sospechan que lo venidero será un sismo, un temblor masivo, acicateado por miles, tal vez millones de voces y voluntades que se manifestarán por rutas moderadas, manejables y constructivas. Muchos se afanan en hallar al personaje idóneo, el salvador de entuertos o el guía de agallas que marque la senda y dé golpes certeros, demoledores y justicieros. Pero no se está seguro de nada de esto, sólo se agolpa la urgencia colectiva por modificar el oscuro panorama que se ofrece a la vista de todos.

En las entrañas de tal desamparo habitan, ya casi cualquiera lo sabe, las complicidades del dinero y el poder. Éstas forman un lazo indivisible, denso, compacto. Son tan extensas y relacionadas unas con otras, que han infectado el cuerpo nacional. Ninguna institución se salva de la contaminación. Hasta los mismos valores personales o familiares y la ética pública han sido trastocados en sus meros fundamentos. Ningún aspecto de la vida pública y privada o el accionar de organismos e instituciones del país se libran de sus nefastas consecuencias.

Basta nombrar algunos casos recientes para mostrar la descomposición del sistema de poder imperante, las causales efectivas de la decadencia. Trátese de los salarios de magistrados y jueces de rango o de las concesiones de guarderías, en sus trastiendas se descubren los rasgos distintivos de un sistema de privilegios. Pero también si se atisban los contratos petroleros surgirán, de inmediato, los trafiques de influencias, indisolublemente atadas a su retaguardia. En todos ellos se condensa el daño cierto que ocasiona la trabazón de relaciones malsanas y las ambiciones de riqueza instantánea. Los males derivados, convertidos en hechos normales, aceptados y legales. Frágiles montajes con escenografías ridículas, sendos obstáculos al avance creativo y la equidad. En el fondo de tal tinglado se descubren, en efecto, las crudas visiones poquiteras, las conductas cínicas que hacen indetenible la decadencia del México actual. ¿Cómo catalogar los abusos que hacen, a plena luz, aquellos que debían administrar, de manera escrupulosa, transparente, los bienes bajo su resguardo? En especial aquellos que deben impartir justicia en el país. Tribunales superiores, cortes enteras (con sus magistrados y burocracia de apoyo incluida) sirviéndose, indebida, ilegalmente, de la discrecionalidad que les ha sido otorgada para manejar los haberes presupuestales. ¿Cómo es posible que se haya llegado a tal grado de abuso salarial y de otras prerrogativas adicionales? Una rotunda afrenta al más elemental pudor republicano sin que haya consecuencias inmediatas de compostura y castigo. Ningún miembro del tribunal constitucional, menos aún de los electorales, ha dado una respuesta audible, contrita. Sólo se oye el más indigno silencio cómplice. Y todo, en apariencia, continúa dentro de la anormalidad que asfixia, disuelve y ataranta. Los negocios al amparo presupuestal se enraízan y agrandan en desmesura sin que se detengan o censuren. Y, mientras la postración masiva sigue su curso, la construcción de figuras de reposición y resguardo futuro del tinglado de poder parece introducirse sin sigilo, ajena a toda prudencia y decoro. Los afanes de continuidad se amparan, a todo color, en la penetrante pantalla televisiva reforzada por los apabullantes micrófonos de la radio y sus ruidosas voces usuales.