Sociedad y Justicia
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La última odalisca

Mar de Historias
E

l coche de mi papá era pequeño. Aún no logro explicarme cómo pudimos caber en él cinco viajeros con maletas, dos bancos plegables, una hornilla para asar carne y los disfraces de odalisca que mi hermana y yo habíamos usado en el festival de la primaria en donde bailamos En un mercado persa.

Estábamos a punto de subirnos al automóvil cuando, una vez más, Lila –es nuestra tía, pero nos pide que sólo la llamemos por su nombre– regresó al departamento para asegurarse de que en su equipaje no faltara nada. Aunque fingía indiferencia, todos notábamos su interés por conocer a Toño Ricalde.

Para mi hermana y para mí era motivo de burla que una viuda cuarentona anduviese ilusionada como una jovencita. Mi madre veía en ese renacimiento una bendición porque, según ella, después de cuatro años de viudez, Lila debía rehacer su vida.

II

A pesar de que nunca lo habíamos visto, para nosotros Ricalde era una persona muy familiar porque mi padre lo mencionaba con frecuencia. De jovencitos habían sido aprendices en un taller de orfebres y luego obreros en la fábrica de paraguas donde seguía trabajando mi padre. Su amistad se interrumpió cuando Toño se fue a Estados Unidos orillado por las constantes desavenencias con su familia.

Recién viuda, Lila se mudó a nuestra casa. Todo el tiempo lloraba por Renato –su marido, cinco años más joven– y por los dolores de muelas que la habían martirizado desde chica. Por las noches, cuando sus padecimientos eran intolerables, marcaba con un lápiz-tinta los sitios de la encía más adoloridos. Este recurso la ayudaba para guiar al dentista. A la hora del desayuno, cuando Lila se sentaba a la mesa con los labios manchados de violeta, Isaura y yo apenas podíamos contener la risa.

Lila consultó a infinidad de odontólogos sin que ninguno lograra darle alivio. Al fin encontró un cirujano que prometió liberarla de las torturas poniendo en práctica un método infalible: extracción total.

Aunque mis padres le recomendaron que escuchara otras opiniones antes de someterse a la operación, Lila no dio paso atrás. No le importaba pagar un precio tan alto con tal de no seguir sufriendo y además, insistía, sin su Renato no le importaba verse desdentada. La situación era menos drástica de lo que ella imaginaba: en cuanto cicatrizaran las heridas el médico iba a ponerle dos placas que mejorarían su aspecto y la mayor de sus cualidades: su sonrisa.

Todo ocurrió según lo planeado, excepto que Lila se negó a usar la dentadura postiza porque le molestaba y le producía náuseas. Poco a poco nos acostumbramos a ver su rostro enjuto, arrugado como una fruta expuesta al sol durante mucho tiempo.

III

La operación fue en marzo. Un domingo de diciembre, a la hora de la comida, sonó el teléfono. Era Toño Ricalde. Radicaba en San Luis, había venido para comprar una máquina planchadora y le propuso a mi padre que cenaran juntos.

A su regreso nos puso al tanto de la situación de Ricalde: en Estados Unidos había logrado conseguir buenos trabajos, pero su vida sentimental no resultó tan exitosa. Su última pareja lo abandonó. Su decepción fue tan grande que decidió renunciar para siempre a las mujeres y volver a México.

Uno de los amigos con quienes compartía su departamento en San Diego le dijo que llevaba tiempo queriendo llevarse a sus padres a vivir con él. Ellos no habían aceptado porque no lograban traspasar su tintorería en San Luis. Toño se mostró interesado. Al poco tiempo dio sus ahorros como adelanto y firmó documentos por el resto de la deuda. Confiaba en saldarla antes de lo previsto, porque el negocio iba muy bien.

¿Y cómo dio contigo?, le preguntó mi madre. Sin demasiadas esperanzas, Toño había hablado a la fábrica de paraguas y allí le dieron nuestro número. En la conversación, mi padre le contó a Ricalde que llevaba 13 años de casado, tenía dos hijas –Isaura y yo–, ya era subgerente de la fábrica y proyectaba convertirse en socio.

Al despedirse, Toño le sugirió a mi padre que nos llevara unos días a su casa de San Luis. Era buen momento porque en el barrio donde él vivía antes de las posadas se organizaban fiestas muy divertidas y hasta bailes de disfraces. El plan era muy seductor y además Isaura y yo estábamos de vacaciones. Mi madre dijo que había un problema: Lila. Temerosa de que la despidieran del laboratorio, jamás faltaba a su trabajo. Por lo demás, ni pensar en dejarla sola en pleno diciembre.

Lila, en efecto, se negó a pedir vacaciones. Mi madre intentó convencerla: Dile a tu jefa que llevas años sin que te haya dado ni un día de descanso. Además, sólo nos iremos una semana.

Inútil. Nuestras vacaciones estaban en riesgo, pero las salvamos gracias a la habilidad de mi madre. A todas horas, viniera a cuento o no, mencionaba a Toño Ricalde: “Se fue muy joven a Estados Unidos. Él solito logró abrirse camino y ahora, mírenlo, hasta tiene su propio negocio… Ay Lila, siento lástima por él: le contó a Jorge que está muy desmoralizado y no piensa casarse. Lástima, porque se me figura que sería muy buen partido.”

Cuando mi madre se dio cuenta de que Lila no se interesaba por Ricalde, fue al grano: El tiempo pasa. Dentro de unos años no será fácil que encuentres una pareja. Sería bueno que conocieras a Toño. Si no congenian, bueno, pues ¡ni modo! Ándale, vente con nosotros a San Luis para que al menos salgas un poquito de la rutina.

Lila cambió de actitud: dijo que iba a pedir una semana de vacaciones. No porque tuviera interés en Ricalde, sino porque en verdad se sentía agotada y harta de haber hecho el mismo trabajo tantos años. Antes del viaje Lila se hizo rizado permanente, compró ropa y una guía turística de San Luis Potosí.

IV

Llegamos a un hotelito con piso de mosaico amarillo, jaulas con pájaros en los corredores y muy escasa luz en las habitaciones. Isaura, Lila y yo compartimos una. Apenas habíamos empezado a desempacar cuando apareció mi padre. Se alegró de ver nuestros trajes de odaliscas en la cama. Toño acababa de llamarlo por teléfono para decirle que iba a llevarnos a una kermés donde los niños, y también los adultos que lo desearan, podían ir disfrazados. Mi hermana y yo saltamos de felicidad. Ya no estén jugando. Apúrense porque Toño pasará a recogernos a las siete.

¿Por qué tanta prisa? Eran las cinco. Nos quedaban dos horas de descanso. Lila nos dijo que prefería arreglarse de una vez. Salió del baño perfumada y con vestido nuevo. Cuando mi mamá entró para avisarnos que Toño ya estaba en la recepción, se quedó sorprendida ante el aspecto de Lila. ¡Qué bonito te arreglaste el cabello! Y qué bueno que te pusiste tacones porque te favorecen mucho. Lila dijo que a su edad ya nadie se ve bien. Fue a tomar una pañoleta y la llave: Listo. ¡Vámonos! Mi madre la detuvo: espérate: no te has puesto los dientes. ¿En donde los tienes?

Revolvimos la ropa, pero no encontramos el estuche con la dentadura. Entre los nervios y la falta de costumbre de usarlos, Lila se había olvidado de ponerlos en su maleta. Por la forma en que dijo que renunciaba a salir chimuela, hasta mi hermana y yo nos dimos cuenta de lo mucho que Lila se había ilusionado con Toño.

V

Sonó otra vez el teléfono. Era mi padre, furioso porque no bajábamos. Ay Jorge, es que las niñas no han terminado de vestirse. Ahorita vamos. Remprendimos la búsqueda. Fue inútil. Lila se arrojó en la cama y se puso a llorar: por ningún motivo quería que Toño la conociera sin dientes. Con la mejor de las voluntades, mi hermana Isaura le propuso una solución: “¿por qué no te pones mi disfraz de odalisca? Bueno, los pantalones no te van a quedar, pero el turbante sí y como tiene un velo que cubre la mitad de la cara…” Los gemidos de Lila fueron desgarradores.

El teléfono volvió a sonar. De nuevo era mi padre. Toño ansiaba conocernos. ¡Váyanse ustedes! Yo no salgo, gritó Lila. Mi madre le aconsejó que aceptara la sugerencia de Isaura. “Está bien: me tapo la cara y Toño no se dará cuenta de que no tengo… sonrisa; pero cuando me hable tendré que contestarle. Entonces notará que no tengo dientes”.

Era urgente encontrar una solución. Se nos ocurrieron las más absurdas: que Lila fingiera tener cerrada la garganta. Que mi madre le informara a Toño que Lila había perdido temporalmente la voz a causa de un disgusto… Nuestra tía no aceptó ninguna de nuestras proposiciones, le entró una temblorina espantosa y volvió a llorar mientras nosotras remprendíamos la búsqueda. Al fin acabó por insistir en que nos fuéramos sin ella. ¿Y cuando mi esposo me pregunte por ti, ¿qué le digo? Lo que quieras: que me llamó un antiguo novio, me invitó a cenar y, después de tantos años de no vernos, quiere que pasemos todo el tiempo juntos. Mi madre siguió al pie de la letra las instrucciones. Toño dijo que ya habría tiempo de conocer a Lila y mi padre quedó convencido, por el momento, de que nuestra tía, madura y desdentada, llevaba una vida secreta.

VI

Fueron unas vacaciones inolvidables. Toño Ricalde terminó diciéndonos sobrinas a mi hermana y a mí. La última noche prometió ir a despedirse temprano. Por súplica de mi tía adelantamos la salida. En la recepción Toño encontró un recado lleno de agradecimiento y la promesa de que, la próxima vez que fuéramos a visitarlo, obligaríamos a Lila a reservar una tarde o una noche para pasarla con nosotros.

Durante el viaje de regreso casi no hablamos. Lila estaba avergonzada, triste de pensar que de no haber sido porque olvidó su dentadura a esas horas tal vez sería la novia de Toño Ricalde.