Opinión
Ver día anteriorMartes 16 de junio de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Epidemia de influencia
S

igan abaratando costos, no para hacer menos oneroso al gobierno, sino para que ustedes dispongan de márgenes mayores de utilidad en su negocio de gobernar. Sigan eficientando procesos, no para dar gusto a la población sino para que ustedes puedan ensamblar con más facilidad su triunfalismo en los informes de labores. Avancen en el recorte de propiedades, atribuciones y facultades del Estado, no para impulsar las libertades y la participación ciudadana –qué va– sino para empoderar a los consorcios nacionales y extranjeros más cercanos a su corazón y a su portafolio de inversiones. Y es que algún día ustedes, los influyentes, pasarán a retirarse y se merecerán, además de la mención imperecedera en los libros de historia, un estatuto tan digno como el del licenciado, el doctor o el esposo de la señora, quienes gracias a su sentido de previsión patrimonial hoy disponen del dinero y de los archivos confidenciales suficientes para seguir metiendo la garra o la pezuña en la vida política y, lo más importante, evadir la cárcel –privada o pública– por los siglos de los siglos.

Cualquier individuo capaz de ocupar una presidencia municipal, una gubernatura o algo más; cualquier influyente, en suma, debe contar, antes que con dotes, con una parentela lo suficientemente numerosa como para hacer rendir el cargo, y si se trata de vínculos familiares sin consanguinidad, mucho mejor, que así se puede eludir leyes y atenuar suspicacias. Todo sirve y con todos se vale: hermanos, concubinos o legítimas, hijos, hijastros, tías, primas y sobrinas de la cónyuge, compadres y comadres del alma, yernos (pueden ser estúpidos o no, pero deben ser leales), antiguos compañeros de aula, cubículo, plantación o cama, confesores, vecinos afortunados, entrañables amistades súbitas, de ésas que uno sabe al instante que serán para toda la vida, aunque ésta sea corta. Promiscuidad será gobernar con desconocidos; en la endogamia del círculo inmediato todo se puede y todo se debe, y cualquier lugar es bueno –un desarrollo habitacional de interés social, una gasolinera, una guardería– salvo, por supuesto, en la Casa de Dios; o también allí.

A veces, a ustedes, los influyentes, se les pasa la mano en el ahorro de insumos, en el cobro del alquiler de locales que son de ustedes, a concesionarios que son ustedes y concesionados por ustedes, en la indulgencia para con los procedimientos y las revisiones que debieran realizar ustedes, y como resultado se mueren unos tipos en el fondo de la mina, se ahogan unas decenas de trabajadores petroleros, se cae un avión mal mantenido, repleto de gente importante como ustedes (bueno, no todos), o se achicharran 40 niños y bebés en una guardería construida con sistemas de desidia máxima, y entonces toda la farsa de los negocios disfrazados de labor gubernamental parece venirse abajo, conforme emergen los cochineros de contratos torcidos, los intercambios de favores, las carencias de sus negocios en materia de escrúpulos, de salidas de emergencia y de extintores. Pero entonces ustedes extinguen la crisis usando a fondo sus influencias, que son, entre otras cosas, una tupida red de secretitos guardados, complicidades e intereses que trascienden partidos, regiones e ideologías, como debe ser en la convivencia de primos interpares, y la prensa (alguna) arma una alharaca que pasa rápido y sin consecuencias graves: el que les administra a ustedes el sacramento de la impunidad dejó claro hace unos días que nadie del clan irá a la cárcel por esa cuarentena de niños incinerados, entre los cuales, por supuesto, no había ni un solo cachorro de ustedes. Lo peor que puede pasar es que más y más gente caiga en la cuenta de que la epidemia más grave que ha enfrentado el país es la epidemia de influencia, es decir, que los vea a ustedes y a sus prácticas como plaga. Pero no vayan a desvelarse por esa nimiedad, aguanten el temporal, sigan durmiendo tranquilos y apuéstenle a la amnesia: en un par de meses, nadie –salvo los familiares y uno que otro conocido– se acordará del quemadero de niños.