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¿La Fiesta en Paz?

Gaona y Arruza, grandeza

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Rodolfo Gaona (centro), temple y técnica extraordinariosFoto Manuel Vaquero (Archivo Rangel)
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l 20 de mayo es fecha significativa para la afición sana de México, esa que todavía tiene conciencia de que la fiesta de toros es, en el caso de España, Portugal y México, expresión genuina de un modo específico de sentir la vida y de estar en ella. Por su parte, los países taurinos sudamericanos han seguido como meros enclaves coloniales, sin alcanzar una tauromaquia y un espectáculo que reflejen su gran creatividad en otros terrenos.

Ese día, con una diferencia de nueve años, fallecieron dos de las figuras mexicanas más importantes de todos los tiempos: Rodolfo Gaona en 1975, a los 87 años, y Carlos Arruza en 1966, con sólo 46, dotados ambos de una fuerza de carácter más allá de lo imaginable y con algunas similitudes que vale la pena revisar, así sea someramente.

Gaona decide hacerse figura en España cuando ésta recién ha perdido (1898) sus últimas colonias: Cuba, Puerto Rico y Filipinas, por lo que en la península lo último que quieren es saber de indios descolonizados con pretensiones toreras. Sin embargo, el leonés de 20 años, convencido de su valía, alcanza pronto un primer nivel y a partir de 1913 alterna y triunfa al lado de Joselito y Belmonte.

Rodolfo aúna a su carácter, autoestima y sólida técnica, una personalidad y un arte extraordinarios al realizar todas las suertes, con un ingrediente más: el temple o tiempo moderado de éstas, que Joselito creía privativo de los gitanos. De ahí la guerra que el maestro de Gelves desataría contra aquel perturbador extranjero, a quien en 1922 la mafia taurina impide despedirse del público madrileño.

Carlos Arruza, nacido en el Distrito Federal de padres españoles y sobrino del poeta León Felipe, triunfa en la península desde su presentación en 1944. Aquí le llaman gachupín y allá le dicen azteca pero, al igual que Gaona, no verá pelo, color ni tamaño a la hora de conquistar aquellos públicos, que lo convierten en la pareja taurina de Manolete por lo contrastante y apasionante de sus estilos.

Antisolemne y lúdico, ágil y carismático, sin dudar jamás en la cara del toro, conocedor profundo de los tres tercios y con una contagiosa alegría por vivir y torear, el llamado Ciclón mexicano alternó con los mejores del mundo, superándolos muchas veces. Por torpes arreglos entre apoderados, en México nunca hizo el paseíllo con Manolete, circunstancia que el público no olvidaría, sino hasta que Arruza se transformó en magistral rejoneador.