Opinión
Ver día anteriorJueves 12 de marzo de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Desdémona
C

asi pared con pared, en dos teatros contiguos universitarios conviven Otelo de William Shakespeare y Desdémona, la historia de un pañuelo de la dramaturga estadunidense Paula Vogel, según la excelente idea de Enrique Singer de que ya he hablado en el artículo dedicado a la tragedia shakespereana. De Paula Vogel conocimos hace algunos años Cómo aprendí a manejar dirigida por Otto Minera y con esta obra nos remite sin remedio a Tom Stoppard con Rosencrantz y Guildenstern han muerto y a la teoría del personaje prestado de Macedonio Fernández, aunque en el programa de mano el traductor y adaptador Alfredo Michel ofrece algunas líneas en donde la estadunidense refuta a su modelo británico. Vogel propone a las tres mujeres que aparecen en Otelo, cada una con sus razones y sinrazones, a lo largo del día que desembocará en la tragedia, pero sin destacar excesivamente a ninguna de ellas, antes bien rescatando a Bianca del rincón en que la mantiene Shakespeare y dándole un peso específico en su nuevo drama.

Son tres las posibilidades de lo femenino, en tres clases muy distanciadas, en una época en que el destino mujeril se cifraba en el matrimonio. Emilia, no la doncella de corte sino la lenguaraz lavandera y criada para todo, aparece como resignada a un matrimonio sin mayores dichas con un infiel Yago, en parte por costumbre y en parte por el recuerdo del mozo enamorado con quien se desposara, como tantas otras mujeres. Desdémona –muy alejada de la inocente sin mácula, un tanto irreal, que la tradición conoce– aburrida y sintiéndose prisionera en Chipre, a la espera de dejar al marido al que teme y ya no ama, y regresar a Venecia con su primo Ludovico, ha hecho una extraña y peligrosa amistad con Bianca de quien envidia su libertad sin trabas, mientras que para la prostituta el anhelo máximo es contraer matrimonio con Casio y vivir en una pequeña casita de playa. Ninguna de las tres se satisface con lo que tiene, aun la en apariencia conforme Emilia sueña con el puesto de femme de chambre que su patrona, burlona y traicioneramente, le ha ofrecido en este rejuego de lealtades y deslealtades cuyo vértice es posiblemente el aburrimiento de Desdémona.

Es un texto que requiere la intimidad de un cuarto para todo en el castillo de Chipre en donde las mujeres puedan estar lejos de miradas masculinas e indiscretas. Es decir que se trata de una obra cuyas posibilidades realistas le deben conferir mayor verosimilitud a contrapelo de lo relatado por Shakespeare para seguir los vericuetos interiores de las confidencias mujeriles. La lectura del director Benjamín Cann y el escenógrafo Sergio Villegas es muy otra, aunque la iluminación de Juliana Faesler destaque ciertos momentos. Si bien conserva un espacio único, éste poco tiene de realista, con ese ojo de agua (que ni siquiera sirve cuando Emilia simula lavar) y trampilla en el suelo de donde salen ropa y sábanas, las dos grandes escaleras de jardinero, una al frente y otra a un costado y la silla volcada durante largo tiempo sin más sentido que dar un movimiento de Desdémona y Emilia. El vestuario de Jerildy Bosch, de época para ama y criada y contemporáneo para Bianca ayuda un tanto al desconcierto y hace pensar al espectador –o por lo menos a la espectadora que esto escribe– si esta obra no hubiera tenido mayor subversión si se hubiera representado según los cánones, contrastando lo conocido y reconocible visualmente de la tragedia original como suele representarse, con el humor, la violencia de algunos momentos como la escena sadomasoquista entre Bianca y Desdémona, o las confidencias a contrapelo del clásico de las tres mujeres que propone Paula Vogel.

Estoy consciente de que cada director tiene el derecho de hacer la propuesta que elija para cada texto que escenifique, pero pienso que aquí se desvirtúa la intención de la autora, máxime que se cuenta con tres buenas actrices, la espléndida Emilia que incorpora Zaide Silvia Gutiérrez con todos sus matices, la caprichosa aunque no libre de ingenuidad Desdémona de Marina de Tavira y la vulgar pero de algún modo despojada Bianca de Mariannela Cataño.