Usted está aquí: martes 3 de febrero de 2009 Mundo Tiempo de confesiones

Pedro Miguel
[email protected] y http://navegaciones.blogspot.com

Tiempo de confesiones

Desde tiempos de Salinas, y acaso desde antes, los traficantes de vehículos robados solían recurrir a facturas falsas para amparar su mercancía. Es difícil determinar a ciencia cierta quién inspiró a quién: si los ladrones de autos a los ladrones de presidencias, o al revés, pero el hecho es que ahora usurpadores y ex usurpadores de la jefatura de Estado exhiben, en prueba de honradez, papelería y procesos electorales adulterados. La falsificación refuerza la impunidad y hace prácticamente imposible el esclarecimiento, porque para llevarlo a cabo se necesitaría un aparato de investigación al menos tan grande como las dependencias públicas que sirvieron de Plaza de Santo Domingo para fabricar documentos apócrifos.

Pero la verdad acaba por saberse y, a veces, por vías realmente insospechadas. Hace unos años Miguel de la Madrid Hurtado reconoció, frente a las cámaras (hay testimonio grabado), que el PRI había perdido la elección presidencial de 1988. No se sabe si fue un cobro de facturas a su sucesor en el cargo, impuesto por medio de un fraude electoral descarado, o una pérdida de control sobre el esfínter del verbo. En tiempos más recientes Vicente Fox ha venido propinando a Felipe Calderón, a plazos, un golpe semejante a ese que De la Madrid descerrajó de súbito sobre la cabeza monda de su pupilo amado: desde el paraíso de la oposición –espurio dixit–, el guanajuatense insta a las huestes que puedan quedarle a usar los cargos públicos para hacer proselitismo partidista y admite sin rubor ni escrúpulo que eso es lo que él hizo para dejar al propio Calderón pegado con Kola-loka en la silla que él se resignaba a desocupar: “No me permitieron que fuera Marta, pues tengan”.

En el confesionario de Davos, el heredero de Fox taponeó sus propias fugas (“Ave María Purísima, quién ha dicho que gobernar sea un infierno”), pero mantuvo intacto el mensaje central: su empatía manifiesta con la obra desgubernamental de Ernesto Zedillo es etiqueta implícita de identidad y ésta de continuismo. La alabanza de las tropelías cometidas por su abuelastro político indica que eran simuladas las muecas de asco que el joven Calderón ensayaba en 1997, cuando el partido que dirigía se alistaba para aprobar en las cámaras, junto con el PRI, la montaña de oro y mierda (ésta para la gran mayoría, y aquél para unos cuantos) del Fobaproa-IPAB. Qué muestra de liderazgo internacional: lo que hay que hacer, ante la actual catástrofe, es una montaña semejante, pero de dimensión planetaria.

En el encantador pueblo suizo en el que los responsables del desastre mundial se reunieron para charlar, Zedillo no tuvo empacho en reconocer que ese atraco promovido por él transfirió a manos privadas recursos públicos equivalentes a 20 por ciento del producto interno bruto. Implícitamente, el férreo defensor de la disciplina fiscal admitió la creación de un déficit capaz de destruir una economía nacional, bajo cuya sombra algunos vivales –como algunos del círculo de Fox Quesada– compraron a 20 mil pesos propiedades en las que muchos miles de mexicanos habían dejado décadas de esfuerzo. Agustín Carstens, por su parte, dio brinquitos de alegría –es un decir– al recordar los frutos podridos del Fobaproa: “Se hizo lo mejor que se pudo” y “no hay una crisis bancaria que se resuelva de manera sencilla”, dijo, como si ignorara que los defectos principales del rescate bancario zedillista y panista no fue su complejidad, sino su inocultable corrupción y sus efectos devastadores sobre y contra la inmensa mayoría de los mexicanos.

O sea que a pesar de los pleitos de familia, de los cambios de color y de etiqueta, de los episodios de cárcel para hermanos incómodos, de las insubordinaciones de hijos desobedientes y de puñaladas amistosas procedentes del rancho San Cristóbal, éstos quieren lo mismo y son lo mismo. Las más recientes confesiones dejan ver la continuidad de un proyecto político-económico que utiliza como medio el robo de presidencias para realizar su fin principal, que es el saqueo de la riqueza pública. El strip-tease ideológico efectuado en Davos tendría que bastar para esclarecer a algunos despistados que alertan sobre el supuesto peligro del regreso del viejo régimen y se niegan a darse cuenta de que éste nunca se ha ido.

¿Ton’s qué, Felipe? ¿Nos echamos otro Fobaproa?

 
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