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Centenaria

26 de enero de 1909

El Imparcial*

El Popocátepetl amenaza hacer erupción

No una sino muchísimas personas fueron las que ayer aseguraron persistentemente que el Popocátepetl estaba en vísperas de hacer erupción y que, en los contornos de la majestuosa montaña, se escuchaban sin cesar pavorosos ruidos subterráneos, capaces de amedrentar al espíritu más fuerte.

En vista de las muchas y semejantes versiones que á nuestras noticias llegaron, y pensando que algún fundamento habían de tener, desde el momento que se les daba un ropaje de completa veracidad, tratamos de indagar los orígenes, y supimos lo siguiente:

Un viajero alarmista

Procedente de Amecameca llegó ayer á esta ciudad en el tren matutino, un viajero llamado Pedro Díaz; venía á bordo de un carro de segunda clase y durante la travesía de Amecameca á México, sólo habló de la erupción del Popocatépetl y de ruidos que sin cesar se estaban escuchando en aquella población y sus cercanías.

Claro está que los demás viajeros se alarmaron al oír el relato, y sin confirmar lo divulgaron, asegurandolo como cosa cierta. Así que al llegar el tren á esta capital, no era sólo don Pedro Díaz quien contaba de la próxima erupción, sino todos los caminantes que los habían oído y se encargaban de corearlo.

Nada de rato tendría que lo dicho por Díaz y propalado por sus oyentes pudo haber sido verdadero; pero hasta la fecha no ha tenido comprobación, porque ni en Amecameca han llegado telegramas en tal ó cual sentido refiriéndose á los ruidos subterráneos, ni nadie, hasta estos momentos, ha oído lo que Díaz asegura que escuchó.

Gran alarma en México

Quince o veinte fueron las personas que del tren bajaron, y lo primero que hicieron fué contar á sus parientes ó amigos el poco tranquilizador relato del viajero de Amecameca. De boca en boca fué corriendo la noticia y, á semejanza de bola de nieve creció tan descomunalmente, que ayer, al mediodía, pocas eran las personas de México que no hablasen de una próxima y terrible erupción del nevado volcán.

Como era nuestro deber, acudimos á los observatorios, pero en ninguno de ellos se tenía noticias del asunto, y tanto en el Meteorológico como en el Geológico, se creyó desprovisto por completo de fundamento al alarmantísimo rumor.

*Se publicó de 1882 a 1883 y de 1897 a 1914

 
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